El mexicano campeón del mundo

Javier Leyva fue mucho más que el peluquero oficial del plantel argentino durante el Mundial de México 86. Fue una de sus cábalas. Afortunado, carismático y platicador, compartió la intimidad de aquel grupo dorado desde la concentración del América hasta el regreso a Buenos Aires. Y la recuerda, por primera vez en una entrevista, a 30 años de aquella gesta.

Por Mariano Vidal*


Foto de Javier Leyva (Crédito: YouTube)

Pararse frente a una mata de pelo, tomar sus tijeras y peines y ponerse a cortar fue la forma que siempre tuvo Javier Leyva para ganarse la vida. Era la forma que había heredado de su padre y la que lo puso detrás de varias de las cabezas más importantes que pasaron por México en los últimos cuarenta años. Alcaldes, modelos, actores y deportistas. Muchos deportistas. Entre las cientos de cabelleras que sus dedos acomodaron, quizás ninguna mas icónica que los rulos siempre rebeldes de Diego Armando Maradona. Y no cualquier Diego, el del ’86, el de esos meses mágicos en los que hizo historia. Javier podría haber solo sido un peluquero ocasional del astro, pero su carisma entrador y la buena estrella que tiene-una que lo acompaña desde hace años- le dio un papel secundario impensado en aquella historia, la del ‘peluquero cábala’.

Javier llegó a ese plantel de la mano de Héctor Zelada, tercer arquero del plantel e ídolo del América de México, el club donde la selección hizo base en el DF. Zelada era más que un suplente de lujo, era el baqueano local. Su intervención fue clave, por ejemplo, para conseguir de apuro las famosas camisetas azules que se usaron en el partido ante Inglaterra. Pocos días antes del comienzo del Mundial, Bilardo le pidió que le consiga un peluquero y Zelada tenía el nombre indicado.

Durante la década del 80, Javier Leyva se había vuelto uno de los estilistas mas importantes de México. Por su local pasaban deportistas, estrellas de televisión y políticos. Fue muy amigo de Julio César Chávez, entre otros. Además de su particular forma de cortar, Javier tenía el don de la charla, en tres minutos se hacía de un amigo nuevo. Se volvió el peluquero oficial del plantel del América en el 82 por la buena relación con algunos jugadores. Ese año, el club comenzó una racha de tres títulos campeonatos al hilo y forjó un equipo histórico para el fútbol mexicano, de esos cuyas formaciones se repiten de memoria y sin parar para respirar. Durante esa década, Javier además ganó el primer premio de la Lotería Nacional. Comenzaba su fama de ‘talismán’.

“Estaba (Roberto) Giordano con varias mujeres en la puerta y no lo dejaban pasar a la concentración, no dejaba entrar a nadie Bilardo. Por eso, cuando me pidió un peluquero, le pregunté si no lo iba a rebotar”, recuerda hoy Zelada, desde su casa en las costas de Cancún. Al parecer, cuando el arquero mencionó que habían ganado todo desde que Leyva les cortaba, el pedido se convirtió en una orden: “Tráigalo ya, ahora mismo”. Ni bien llegó a la concentración, el coiffeur cábala le estrechó la mano al doc y le dijo “Usted es un ganador”. Se lo compró. Lo suficiente como para que Bilardo lo recuerde en un pasaje de su autobiografía, Doctor y Campeón. Apenas un par de oraciones que dejan entrever una historia escondida.

Pero encontrarlo no es fácil. Su nombre no aparece en ningún otro registro y ni Google relaciona su nombre con México 86, solo con algunos tutoriales y cursos de estilismo. Nada de fútbol. Para colmo, Bilardo le trastoca el nombre en su biografía, cambiando la y de Leyva por una menos carismática i. De la nada, un tuit perdido de 2014 delata a una posible hija del peluquero y unas horas después, sentado detrás de una computadora aparece Javier Leyva, dispuesto a recordar treinta años después de aquellos días la intimidad del equipo campeón:

“Yo venía con mis cábalas muy arriba y Bilardo venía con una rachita negativa. Él fue al primero al que le corté, en ese momento se peinaba de ‘a prestadito’ porque tenía poco pelo y se le iba a caer. Me quiso dar una sugerencia y le dije ‘Acá el que manda soy yo, usted vaya a mandar adentro del césped’”.
Fragmento del libro Doctor y Campeón, donde aparece por primera vez el nombre de Leyva

Luego de ese primer encuentro, el equipo volvió a funcionar como quería el doc. No solo Bilardo, sino que todo el plantel y el cuerpo técnico se empezó a cortar el pelo con él. Rápidamente se hizo de un montón de amigos.

Con el buen rendimiento y el triunfo, Javier se volvió el peluquero oficial y una de las cábalas estables de ese plantel. Y en un equipo comandado por Bilardo, eso significa disposición full time y llamados a cualquier hora. Sin embargo, Javier jamás le corrió el pecho a su nueva tarea y se jacta orgulloso de haber estado siempre que lo solicitaron. Y sin cobrar un centavo. “Lo hacía por cábala, no por negocio. Me sentía parte”, afirma.

Así tuvo acceso a la intimidad de uno de los planteles mas históricos del fútbol mundial. Javier entraba a los entrenamientos, compartía cenas, estuvo en la cancha en varios partidos, incluyendo el día de los goles a Inglaterra y la final ante Alemania. El propio Maradona lo invitaba a sentarse a la mesa con ellos.

“Yo estaba rolando con ellos pa’ cortarles el cabello, cotorrear, vacilar. Y a medida que pasaban los partidos pues iba yo siendo más imprescindible, menos podía faltar. Yo me sentí de maravilla, era una parte importante. Me llevaba muy bien con (Héctor) Enrique, que era un tipo bien de barrio. (Jorge) Burruchaga era buena persona, (Julio) Olarticoechea también. (Jorge) Valdano era muy serio, se sentía algo más elite. Había alguno que otro medio dificilón, como (Luis) Islas, pero también de maravilla. Incluso con los que no aparecían mucho, como (Marcelo) Trobbiani, o con el Bocho (N.de.R: por Ricardo Bochini), aunque a ese ya se le había ‘piantado’ el pelo”, recuerda Javier.

De todos ellos, al único jugador al que no le pudo poner las manos en la cabeza fue a Daniel Pasarella. Creer o reventar, una gastroenteritis a días del debut y una posterior lesión lo dejaron sin jugar un solo partido. “Era un perrito sin dueño en la concentración. Y bueno, se la pierde, ya ves cómo se enfermó”, recuerda Leyva.

Pero a quien más quería meterle tijera era al que aún considera ‘el mejor futbolista de todo los tiempos’. “Diego era muy diferente a lo que se hablaba en la prensa. Conmigo nunca fue grosero ni antipático”, dice. A Maradona lo veía en los entrenamientos después de hora pateando tiros libres y en las cenas. Aún así, ni el Diez le pudo decir a Javier como quería cortarse. “Prácticamente a nadie le hice caso”, se ríe.


Leyva estuvo en la cancha para el debut de la selección ante Corea del Sur y con Bulgaria. Ante Inglaterra, consiguió un palco sobre el mítico sector derecho por el que arrancó el genio del fútbol mundial, un momento imborrable que recuerda por la electricidad que sacudió al Estadio Azteca. “Sabías que eso era algo que no lo ibas a volver a ver nunca en tu vida”. Una semana después, repitió la cita para ver a ‘su’ equipo salir campeón del mundo. Para esa altura -y eso le quedaría como un orgullo para el resto de su vida- él también sentía que era uno de los campeones.

Allí no terminó la historia. Porque el plantel quiso que esté en ese famoso avión que volvió de México con la Copa, y aunque por cupo no pudo subirse, al otro día estuvo en Buenos Aires para meterse en alguna que otra fiesta posterior “en la casa de la Graciela Alfano”. Cuando el grupo se dispersó, hizo algo de turismo. Fue a conocer la Basílica de Luján y viajó unos días con Zelada a Maciel, el pueblo santafecino de donde era oriundo el arquero. Unos días después se volvía al DF el único mexicano que se considera ‘campeón del mundo’.

A pesar de la buena relación con varios planteles del fútbol, Javier nunca fue adoptado por la selección de su país. Fue muy amigo de Cuauhtémoc Blanco y compadre de Germán Villa, pero dice que el TRI históricamente tuvo siempre demasiados jugadores creídos. “Vi gente muy rara, muy gritona. A Bilardo jamás lo vi así”.

Javier, cantando el himno mexicano previo a una pelea de su ‘compadre’ Juan Manuel Márquez

Con quienes siempre tuvo buena relación fue con los boxeadores. Por sus tijeras pasaron, entre otros, Julio César Chávez padre, Jorge ‘Maromero’ Páez (a quien le hizo varios de sus peinados más característicos) y Juan Manuel ‘dinamita’ Márquez, autor de este tremendo knock out a Manny Pacquiao. De todos ellos, es con Márquez con el que mejor relación tuvo. Leyva cantó el himno mexicano en la previa de su última pelea ante Mike Alvarado y está comprometido a repetir si finalmente se concreta la pelea con Miguel Cotto, que marcaría el retiro de ‘dinamita’.

Para eso, antes tiene su propia pelea. Es que desde hace algunos años Javier viene batallando con un feroz cáncer de vejiga que se le ramificó en otras partes del cuerpo, consumiendo mucho de su energía pero nada de su buen humor. “Es una lucha medio fuerte, pero Dios sabe hasta cuándo y dónde. Le pido no sufrir, no quiero más nada. Si me tengo que ir, me tengo que ir”, dice.

Pero no se va a ir sin pelear. Repite que quisiera volver a la Argentina ‘cuando se recupere’ y que le gustaría cortarle el pelo a Messi cuando ‘salga de esta’, para ver si le puede transmitir algo de esa suerte que tuvo Diego. Casi una hora y media de charla después, las hijas de Javier se ríen de fondo y lo gastan por charlatán, por no querer largar el micrófono ni terminar la charla. Es que es muy fácil hablar y hablar con él. Lo difícil con el peluquero campeón del mundo es, valga la paradoja, cortarle.


*N.de R.: Soy periodista freelance. Durante el primer semestre de 2016, rastree a Leyva como parte de una nota para la revista VIVA de Clarín por los 30 años del Mundial 86. Recién pude hacer la entrevista dos días después de entregado el texto. Sin medio fijo donde publicar la historia (y siendo demasiado linda para dejarla pasar) decidí contarla en este espacio.