Hinchar en contra
(Apuntes sobre los anti copa desde Botafogo)
Cuando arrastrando el portuñol le preguntamos al hombre en el quiosco por quién hinsharia (torcería, corregimos) na copa, la respuesta se demoró más de la décima de segundo que normalmente se tarda en chapear con el equipo que uno ama. Más del segundo que se tarda cuando la pregunta se hace en un clima de visitante y la propia integridad física corre riesgo. Más de tres. Más de cinco segundo. “Por Brasil no”, dijo el brasileño en pleno corazón de Botafogo, y no se le movió ningún anillo. El escudo del fogao estampado sobre su local confirmaba que era un hombre de fútbol, pero que este Mundial -que se juega a cinco kilómetros de su negocio- no le interesaba. Iba a hinchar en contra de su selección. Y no será el único.
Las manifestaciones anti Mundial ya fueron noticia, tuvieron su highlight con la protesta donde repelieron a la policía con arcos y flechas, y ahora están perdiendo terreno con la carrera de mascotas adivinas que quieren ser el nuevo Pulpo Paul. Pero detrás de los carteles y aquellos que salen a la calle a gritar ‘FIFA go home’, hay una multitud que rechaza el mundial en silencio, en sus taxis o como nuestro amigo, desde su ferretería. “Se gastó mucho dinero en hacer estadios, y los hospitales se caen a pedazos”, comenta Franco, justificando su postura. “Las obras no se tradujeron en beneficios para el pueblo”. Según la revista Placar, Brasil gastó 1,2 mil millones de Reales (600 millones de USD Aprox) en remodelar el Maracaná, otros mil millones en levantar la Arena Corinthians (donde se juega el partido inaugural) y 1,56 mil millones en el estadio Mané Garrincha, de Brasilia. Así, el estadio más caro de la copa se levantó en una ciudad donde no hay equipos multitudinarios (Brasileiense y Sociedade Esportiva juegan en el ascenso), y lleva el nombre de Garrincha, un ídolo del título del ‘58 que hizo dupla con Pelé y que murió en la más absoluta pobreza.
Esta semana un blog del New York Times difundió una encuesta propia donde preguntaban a hinchas de los 32 países que participaban del Mundial algunas cuestiones sobre preferencias entre los equipos. Amén de que la Argentina resultaba ser uno de los países más detestados (Junto con EEUU e Irán), la encuesta mostraba cuánto influía la política y las rivalidades históricas a la hora de elegir un equipo ‘a quién hincharle en contra’. Mientras que los argentinos tenían a Inglaterra primero (19%) y a Brasil después (13%) , los brasileños se tiraban contra los albicelestes (34%, epa) y luego contra la propia selección canaria con un considerable 6 por ciento. “Brasil es el país del futuro. Pero nunca llega”, comenta Eduardo, dueño de un local de alfombras a unas cuadras de lo de Franco. Aunque piensa torcer por la selección, no quiere el Mundial en su país. No solo por el gasto. Este año, Brasil tiene elecciones presidenciales, y no son pocos los que opinan que un hexacampeonato de la canarinha podría desembocar en un clima de festejo y alegría que termine en la reelección de Dilma Rousseff. Lo mismo que quienes creen que una derrota aumentaría el descontento y complicaría las chances políticas de la presi. Son rumores, runrunes de la calles que no tienen ninguna validez empírica pero que para otros son las piedras basales de la propia subjetividad. De lo que llaman la realidad, digamos.
Imaginemos que el Mundial 2014 se jugaba en Argentina. Que con el Kirchnerismo ya en ejercicio en 2006 ganábamos la sede. Que se destinó todos estos años la plata de los jubilados a reacondicionar el Único de La Plata, el Kempes, el Malvinas Argentinas y alguno de los tres estadios de Santa Fe. Pero que también se mandaron partidas presupuestarias enormes para convertir en mundialistas el Estadio del Bicentenario de San Juan (Gobernación Gioja), el Padre Martearena de Salta (Urtubey), el Centenario de Resistencia en Chaco (Capitanich) y hasta se levantaba un Estadio Mundialista Presidente Néstor Carlos Kirchner. Que el coste proyectado de todos los estadios se duplique, triplique. Que las obras de infraestructura no sirvan, no sean prácticas o no se hagan. Que encima se mueran trabajadores en las canchas. Que no se llame a licitación. Que no se consigan entradas. Que los escándalos de sobreprecios salgan todos las semanas en La Nación y en Clarín (Boudou, menos complicado). Que tengas a un tipo como Blatter quejándose de que no se está avanzando lo suficiente, mientras la FIFA estima va a ganar un 66 por ciento más que el Mundial anterior (4 mil millones de USD proyectados para esta edición). Que se prometa que la Copa de todos y todas va a traer el país del futuro, y que a horas del partido inaugural nada haya pasado. ¿No imaginan una legión de rabiosos indignados, de extremistas anti K enojados o simplemente tipos cansados queriendo que el Mundial se vaya a la puta que lo parió? Pienso en amigos, conocidos, el tipo que canta la posta a los gritos en la mesa de atrás de algún bar, comentaristas de La Nación, tuiteros que tuitean con cuentas con huevitos y más de un periodista. Los veo queriendo que al Mundial no lo gane Argentina, que se lo lleve una Alemania, un Brasil, una Francia, alguno de esos países que hacen las cosas bien y se vive sin sobresaltos, a ver si nos sirve de lección y aprendemos cómo hacer las cosas, que vergüenza. Escribo y los veo.
Paseando por las calles de Copacabana comentábamos con un grupo de amigos que había camisetas de todos los países menos de Brasil. Tiene sentido. El Mundial es lindo para ir a hacer la pata ancha, a jugar de visitante y colgar la bandera de un brazo de Cristo Redentor. Como en una fiesta, el bardo es limpiar al otro día. Quizás es que ellos tienen Mundiales para tirar al techo y nosotros seguimos buscando cada cuatro años coincidencias azarosas con elochentaisei’. O quizás mañana le ganan a Croacia y se suben todos de nuevo al carro del triunfalismo. Re Argentinos.