De amigos y la calle

Andaba buscando una mascota en la calle cuando me topé con Luis. Era simpático, Luis. Me miraba confuso mientras yo me asomaba en cada esquina y decía un nombre aleatorio de mascota. ¡Vení, Quijote!

-¿Quijote?, me dijo.

Así empezamos a hablar sobre cómo la gente quiere sonar muy intelectual poniéndoles nombres de personajes a sus mascotas. Luis tenía una opinión sobre todo.

Le seguí la corriente y fuimos por helado. Me contó que quería tener un circo y yo le dije que ni pensara en tener animales. Me respondió que igual los animales son aburridos en el circo.

A mí me da igual el circo. Le conté que estaba triste por esto y por aquello y me dio una de las bolas de su helado. Me puse feliz. Pensé en cómo Luis le estaba aportando helado a mi vida, y eso siempre es una buena razón para aceptar a alguien como amigo. “Si no me das de tu helado no quiero ser tu amiga”, pensé en decirle a cualquier persona nueva que conociera de ahora en adelante.

Igual yo no le daría helado a nadie, porque a veces soy egoísta y me gusta mucho el helado. En fin, Luis me dijo que hace mucho tiempo no hacía amigos nuevos y que si yo quería él me ayudaba a buscar una mascota en la calle.

Saliendo de la heladería nos topamos con un perro oliendo una bolsa de basura. No estaba ni gordo, ni flaco, pero tenía hambre y yo le podía ayudar. Le puse de nombre Rakatá por una canción a la que mejor no hago referencia que estaba sonando en una tienda cercana y se me había quedado en la cabeza. Luis me hizo bullying. Le compré un muslo de pollo a Rakatá y caminó con nosotros unas cuadras.

Pensé en todo lo que Rakatá y yo podíamos hacer juntos mientras Luis me hablaba sobre su trabajo. Luis es arquitecto y le gusta pasear por San José. Su pasatiempo es analizar cada edificio, pero también le gusta analizar a la gente porque cree que la esencia de cada establecimiento, tienda u oficina la forman las personas más allá del diseño urbano planificado.

Rakatá nos seguía y yo cada vez le agarraba más cariño. Luis se detuvo a analizar una joyería al otro lado de la calle, mientras yo me agachaba y le hacía cariño al perro. De pronto, mi amigo canino cruzó la calle corriendo casi siendo atropechado por 15 carros (los conté porque casi me da un infarto). Sin querer -¿o queriendo?- Luis me sostuvo del brazo.

Del otro lado, un señor que revisaba bolsas de basura abrazó a Rakatá mientras este movía la cola. Rakatá ya tenía dueño. Saludé al señor desde el otro lado con cara de decepción porque iba a extrañar a Rakatá. El señor me devolvió una sonrisa grande, lo traduje en “gracias por no llevarse a mi amigo”.

Luis me soltó el brazo. -Vamos-, me dijo.

A veces uno debería salir a la calle a buscar amigos. Al final, ese día hice uno bueno.