Me bajaron del metro, eramos más de cuarenta personas esperando para abordar por esa misma puerta. El andén parecía un campo de concentración en la época del viejo matón de Hitler. Llevaba dos trenes esperando por subir y cada vez me sentía más lejos de conseguir mi meta. Me bajaron del metro.
Pero ahí no comienza mi historia…
Me desperté a las 7:18 si, cuarenta y ocho minutos más tarde de lo ideal. No me bañé, me moje el cabello aplacando las heridas de sueño de la noche anterior.
Me vestí lo más rápido que pude y salí a lo que muchos llaman “corretear la chuleta.”
Después de mi experiencia en el Sistema de Transporte Colectivo (el Metro de México)caminé dos largas cuadras hasta tomar un autobús para llegar a mi destino. Apenas llevaba una hora despierto y ya me sudaban las axilas, los pies y la parte detrás de los oídos.
Me quedé dormido y cuando desperté llegábamos a la estación “Zapata” me bajé tan de prisa como cuando los ladrones se escapan después de un atraco.
Caminando en sentido contrario y bajo la mirada reprobatoria de todos los oficinistas, de nuevo me metí al metro a empujones. Mi camisa estaba arrugada y mi almuerzo tenía igual o más calor que el que yo sentía ahí dentro.
Llegué al cambio de líneas y francamente me sentí aliviado, de este lado siempre hay chicas guapas que laboran en el barrio judío.
Mi frustración se avivó cuando el tren tardó más de quince minutos en hacer su aparición. Ya me había resignado, me quedaban 5 minutos para mi tiempo de tolerancia y me faltaban siete estaciones para lograr la hazaña.
Me decidí a admirar la punta de mis zapatos y a jugar con las monedas en mi bolsillo.
Bajé del tren y subí 82 escalones divididos en dos partes. Me faltaban un par de cuadras para llegar a la agencia. Entre tanto apuro, se me olvidó comprar el periódico, pisé un charco de agua puerca y estuve a punto de perder mi pequeño bolso con mi almuerzo. El cuello de mi camisa pedía a gritos un poco de calma entre la tempestad de la transpiración. Por fin, tras 45 minutos de retraso doblé la esquina y me metí desesperado buscando mi estación de trabajo. Dejé mis cosas en un pequeño rincón y me di cuenta que después del estrepitoso y caluroso viaje en metro, los fideos que preparó mamá se habían echado a perder.
Cuando llegué, prendí mi ordenador y dije muy apenado “buenos días” todos me ignoraron y siguieron trabajando.
Después de mi odisea le prometí a mis zapatos una semana de descanso, mientras tanto espero llegar a casa pensando en repetir la dura misión de levantarme a tiempo lo que resta de la semana.
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