El arquero incompleto

Recordaba lo que le pasó, pero hacía tiempo que no evocaba la secuencia. Transcurría 1992, de eso se acordaba bien, porque su viejo se había ido de su casa hacía poco. Ocho años tenía. Después de comunicarles a él y sus hermanos que iba a separarse de su mamá, su papá cambió el departamento de Belgrano por un moderno loft en la calle Darwin, a la vuelta del puente de Juan B. Justo y a metros de las vías del tren San Martín. Matías era el mayor de los tres hijos, seguido por Damián, que entonces tenía seis años, y Camila, de tres.

La primera preocupación era cómo iba a ser eso de ser hijo de padres separados en un ámbito como el colegio, algo inédito en el aula de cuarto grado B. Por lo pronto, el día después del domingo de recibir la noticia, zafó de dar una prueba de lengua. Como ningún compañero faltó ese lunes, él fue el único exceptuado, cosa que tomó con una sonrisa.

La nueva rutina se le fue convirtiendo en normalidad. Solamente dos semanas después de que su papá se fuera de su casa, los días se alteraron por un nuevo anuncio: los miércoles, sábados y domingos dormiría en el loft de Darwin.

Lo conoció un miércoles, de noche, después de que su papá llevara a los tres hijos a un restorán alemán, enfrente del botánico. Luego de comer, anduvieron unos minutos y entraron con el auto por una enorme reja. Matías lo recordaba muy bien. El auto dobló a la derecha y se metió en una cochera repleta de camionetas 4 x 4. A su hermano del medio, las Nissan Pathfinder, las Chevrolet Blazer y las Cherokee y Grand Cherokee lo fascinaban. Al bajarse, caminaron varios metros mientras su papá les explicaba que en ese edificio gigante, en 1989, había funcionado Casa FOA, sin obtener ninguna respuesta. Subieron unos pocos escalones, atravesaron una puerta negra y quedaron delante de un antiguo montacargas, también negro y reluciente, en el que además de su mamá podría haber cabido una familia y media más. En el segundo piso se bajaron, se adelantaron unos metros y giraron a la derecha, para avanzar otros tantos. Ahí, su papá les explicaba que estaban en el sector Castillo, que si sus amigos les preguntaban por su nueva casa, ellos debían decir que vivían, también, en el segundo D, pero de ese sector. Cruzaron la puerta y comprendieron lo que era un loft. No había paredes, ni habitaciones. Unos metros de piso de cemento alisado negro eran la antesala de, centímetros más arriba, una enorme superficie de parqué, sobre la que descansaban tres camas. Al lado de la puerta había un pequeño baño y una cocina con azulejos blancos y negros. Frente a la cocina, a buena distancia, dos grandes ventanas de vidrio quedaban enmarcadas entre los ladrillos. Esa noche no había cortinas, por lo que podían ver el puente de Juan B. Justo y la calle Darwin. Arriba, sobre la cocina, una escalera desembocaba en la puerta de un baño y en otra especie de ambiente, en el que había una cama grande, con un montón de ropa tirada arriba, y un placard espejado.

Hacía mucho tiempo que Matías no evocaba esas imágenes. No con ese detalle. Las recordó alterado, veinticinco años después. Se sobresaltó al ver la mano del empleado de la estación de servicio de Honduras y Juan B. Justo que le cargaba nafta a su coche. Al verle el meñique derecho, más precisamente. Se turbó al convencerse de que era el que a él le faltaba. Los pelos en la base, la disposición del falange, la falangina y la falangeta, la forma de la uña y el hecho de que fueran tan distintos a los otros cuatro dedos de esa mano del empleado de la Shell terminaron por convencerlo de que se trataba de una de esas certezas unívocas. Esa tarde, con su mano sin meñique, después de pagar, Matías puso primera y cruzó la avenida en rojo y casi le causa un tremendo choque al 166 que iba en dirección a la General Paz por el carril del metrobús.

Un año después de la separación de sus viejos, la Selección la pasaba mal para clasificarse al Mundial de Estados Unidos. Tanto que Maradona tuvo que volver a jugar al fútbol para encauzar las cosas. Por esos días, en el loft de su papá, Matías era feliz viendo los partidos de las Eliminatorias con sus tíos y primos, que iban a comer. Además de bajar a jugar a la pelota con los pibes del barrio había otra diversión: apoyar monedas de cincuenta centavos sobre las vías y recogerlas deformadas después del paso del tren. El día que Colombia goleó 5 a 0 a Argentina, apurado por su tío Agustín para retirarse de la vía antes del inminente paso del tren, Matías dejó sobre los rieles algo más que cincuenta centavos. Cuando su tío lo levantó con fuerza del cuello del buzo, su mano derecha estaba entre un riel y el pasto, por lo que el meñique, en un golpe seco, se le desprendió.

A diferencia del divorcio de sus padres, la amputación sí modificó de manera marcada su vida escolar. La lástima que sus compañeros le tuvieron los primeros días no tardó en mutar en crueldad. Le pellizcaban el muñoncito, no le perdonaban no ser más el arquero titular en los intercolegiales y llorar a diario durante meses. Arquero y con un dedo menos, en el aula le tiraban bollitos de papel al grito de “dale, Pumpido, agarrala”. Con la amputación, además, perdió status. Ni hablar de hacer programa y pasar horas jugando al Nintendo, la computadora o el Family Game. Incluso, el mote de muñoncito de dulce de leche archivó al de Mati. La ausencia del dedo le significó una inmensa soledad en los años que le quedaban por terminar el colegio.

Después de salir a las corridas de la estación de servicio, a Matías le costó horrores calmarse. Estaba convencido de que, a menos de un kilómetro de donde hacía tantos años había perdido su meñique, ahora lo había encontrado. El detalle de que estuviera en otra mano no lo disuadía en lo más mínimo. Las características y que fuera tan disímil de los otros cuatro dedos de su portador, además de sus recuerdos, lo dejaban convencido. La cena de negocios que tenía esa noche con los directivos de Techint ya ni la recordaba. Con las pulsaciones algo más bajas, al llegar a su casa de Saavedra, llamó a su tío Agustín.

- Hola.

- Tío, escuchame bien. ¿Te acordás de que vos siempre me dijiste que el meñique iba a aparecer?

- ¿Qué?, ¿qué te pasa, estás bien, Mati?

- Lo vi, tío, lo vi. Lo tiene un empleado en una estación de servicio.

Media hora después, Agustín buscó a su sobrino para desplazarse hacia la Shell. En el camino, Matías, con los argumentos que tenía para confirmar que había visto el dedo, no demoró en convencer también a su tío de que ese meñique era suyo.

- ¡Yo sabía que lo íbamos a recuperar!

Llegando a Juan B. Justo, decidieron estacionar el auto sin llamar la atención y aguardar que el portador del dedo finalizara su turno en la estación de servicio. En esos cuarentaicinco minutos, la charla devino en sollozos con los recuerdos de penales atajados, piñas entre primos e historias deformadas por el paso de los años.

- Con el dedo se me fue todo, tío. Vos debés saberlo, casi que me morí con la amputación. Yo nunca se lo dije a nadie, pero los días en el colegio me hicieron mierda. Me quedé solo. Solo por un meñique. Siempre pensé en matar a todos esos pendejos y a sus familias, entendés, pero antes debía recuperar mi dedo. Sé donde viven, de qué trabajan, a qué hora mean, con quién cagan a sus mujeres y a qué colegio llevan a sus hijos. No te imaginás las noches que pasé soñando que los ahorcaba con mis diez dedos, mirándolos a los ojos y viendo las ganas de pedirme perdón pero sin el aire para hacerlo.

El estremecimiento de Matías contagiaba a su tío. Durante mucho tiempo, Agustín se había sentido culpable del accidente por sacar tarde a su sobrino de la vía, por ser un adulto jugando a poner monedas sobre los rieles del tren y, fundamentalmente, por tironearlo del cuello y no alcanzar a rescatar su cuerpo entero. El sufrimiento que Matías acababa de manifestar le parecía de lo más consecuente. Mientras su sobrino describía uno a uno cómo mataría a los siete tipos que le habían cagado la vida, Agustín con su mano derecha, eludía el freno de mano, giraba un poco su cuerpo y empuñaba una vieja tenaza oxidada. Comenzaba a imaginar cómo, después de la reimplantación, lavaría las culpas al convertirse en cómplice de un asesino serial. El empleado de la Shell ya estaba a pocos metros del auto.

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