Instalación

Cuando vibró el celular, yo estaba tirado en mi cama. Creo que no dormía, pero tampoco estaba muy despierto. Era de tarde. No en mi habitación, donde estaba bastante oscuro por las persianas cerradas y el día nublado. La tele prendida funcionaba más como una radio, desde la que salieron primero los relatos de Rafaela-Olimpo y luego los de Gimnasia-Crucero del Norte. La vibración del teléfono me sacudió. Abrí los ojos y abrí el watsapp.

- Deberíamos dejar de ser tan histéricos y pelotudos. La pasé mal anoche. No me respondiste ni un puto mensaje. — Hola. No sé qué responder. — Ok. — Es una mierda. — No es una mierda, Joaquín. No me parece. En absoluto. Puede que tenga mucho miedo, pero vos valés la pena. — Bueno. Me refería a que no me salga nada. Estoy nada, así. — Ah. Ok, ok. — No quiero compartir. Es feo. — Me manifiesto yo, unilateralmente, entonces. Cuando quieras, decí algo. O no, no pasa nada. No me parece tan grave, ni me parecés complicado. — Pero no me siento bien así. No funciona bien así. No me sale ninguna constancia. — No quiero una constancia. ¡¿Constancia de qué?!, ¡¿por qué seguís con eso?! Para mí también es difícil. Me extraña. — Ya sé. Yo no puedo. Ni veo cómo. — Entiendo. No querés que nos veamos ya, ¿no? ¿Ni ahora, un ratito, para despedirme? — Prefiero que no. — ¿Un último beso y listo, así no me quedo tan triste? — No quiero verte hoy. A nadie quiero ver. — Dale, voy. — No. En serio. — Dos segundos y merajo. Promesa. — No quiero. — No vuelvo a escribirte más, te lo prometo. Hacelo por mí, para que no me quede tan mal. — Hoy no puedo. — Son dos segundos. — No, en serio. — Voy igual, porque no es justo. Voy y te dejo todo el tiempo que quieras. — Como quieras. — Te abrazo y vuelvo. — Bueno. — Un abrazo y ya. — No más, por favor. — Dale, Joaquín. — Ok. Solamente quiero dormir. — Estoy en nada. Te abrazo y listo. Dejé mi bici atada en Villa Crespo. Voy algo chivada. Estoy saliendo de crossfit. — Te espero. — Dos segundos, eh.

Cuando sonó el timbre, miraba fijo el reloj del celular. Esperaba que se cumplieran los cinco minutos del anuncio de Luli, de que en cinco llegaría. Fueron cuatro. No atendí el portero eléctrico. Me puse un short, ojotas y una musculosa y atravesé el pasillo hasta la calle mientras el sonido del timbre persistía pero iba disminuyendo con cada paso. Afuera no había oscurecido del todo.

- Pensé que te habías ido. O que no ibas a venir a abrirme.

- Acá estoy.

- ¿No vamos a pasar?

- Prefiero que no. No estás tan chivada.

- Es injusto.

- ¿Qué cosa?

- Que no quieras verme más y que no me veas más.

- Es.

- Sí, injusto es. No quería llorar. Abrazame, boludo.

- Bueno.

- Te quiero abrazar y te quiero pegar. No puede ser que decidas algo de repente y te borres de mi vida. No es así. No.

- No es tan de repente. ¿Querés un pañuelo?

- No importa. ¿Cómo es, entonces?, ¿no querés verme más y no me vas a ver más?

- Sí. No la hagas tan complicada, ni dos meses salimos.

- Ay, no puedo parar de llorar. Me siento una boluda.

- Sentate. No sos boluda.

- Entremos, dale.

- No.

- Entonces no voy a llorar más. No te la voy a hacer tan fácil.

- ¿Qué cosa?

- No podés decidir que no me vas a ver más así como así. Me cansé de que todos los tipos me borren de su vida porque ellos deciden. Me instalo acá afuera.

- ¿Para qué?

- Para que te acuerdes de esto. Para que en una semana me acuerde yo también y me cague de risa.

- Lo voy a recordar, quedate tranquila.

- Acá, me siento en el escalón y me quedo.

  • Acompañame a comprar puchos y entremos.

___________________________________________________________________

¿Te vas a quedar sentado ahí en la cocina todo el tiempo?

- ¿Qué querés que haga? No quiero que estés acá.

- Dame un beso.

- ¿Para qué? No quiero verte, ni hablar con vos. Besarte tampoco.

- Dale, dame un beso.

- Bueno, uno.

- Ay, estoy llorando de nuevo. Vos sabés lo difícil que es todo esto para mí. Más de lo que fue suspender mi casamiento con Jordi el año pasado.

- Yo no estoy particularmente cómodo. No quería que entres, ni quiero que estés acá.

- Ya te dije: es iun-jus-to. Si para mí es difícil, para vos también tiene que serlo. ¿Por qué no llorás? ¿Lloraste con ese documental de mierda de los nenes soldados de Àfrica la semana pasada y por mí ni derramás una lágrima?

- ¿Vos también querés whisky?

- No. Traje la botellita con agua de crossfit.

- En un rato voy a hacer algo para comer. Tengo arroz yamaní, verduras y unas pechugas y voy a saltear todo. ¿Querés?

- ¿Por qué tan temprano?

- Son casi las nueve de la noche ya y mañana tengo que ser presidente de mesa.

- Cierto, las PASO de la ciudad. No, comé vos.

Me puse un buzo y fui al chino a comprar salsa de soja. No paraba de preguntarme para qué querría Luli que recuerde esa noche. En el chino lamenté no tener que hacer cola. Con la botellita de salsa en la mano, una lata de medio litro de Heineken y un paquete de papas fritas, crucé la calle para volver. No me llamó la atención ver un camión de mudanza de Verga hermanos estacionado a metros de casa. Suspiré de nuevo antes de abrir la puerta. La abrí. Apenas puse un pie en el pasillo para ir hasta mi departamento, me interceptó Ernesto, mi vecino que también es el administrador y que habla pero no escucha.

- Hola nene. ¿Te parece hacer este ruido un sábado? Sabés que los fines de semana no se puede hacer obra.

- ¿Qué?

- Sí, suspendeme el ruido. Y acordate de que todavía me debés una copia de la escritura. Hace como año y medio ya.

Lo saludé con media sonrisa, di unos pasos más, crucé una puerta interna y, efectivamente había ruido de obra. Y polvo y obreros. Todos estaban en el jardín de casa. No eran más de las nueve y cuarto.

- No te preocupes, Joaquín. Ponen el techo y ya terminan.

- ¿De qué?

- De armarme el cuarto.

- ¿Cómo?

- Son rapidísimos. Son los que hicieron mi casa. ¿Te había dicho que antes era un baldío? El pasto que levantaron vas a poder replantarlo en unos meses. Pero hacelo en primavera mejor.

- ¿Qué es lo que están haciendo? ¿Y esa cama?

- Fumate un cigarrillo y no jodas. Ya no lloro, ¿viste?

Menos de una hora después, pasadas las diez, la obra estaba terminada. Mi casa ya no tenía jardín.

- Mañana van a venir a instalarme el aire acondicionado. No hagas ruido temprano, llorar me deja agotada. Ah, para el domingo hay, pero el lunes vamos a necesitar para el desayuno, así que cuando termines de contar los votos, traete unas botellas leche de soja.

Like what you read? Give Martín a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.