Sangre

Tiemble ya el general Urquiza, que el puñal de los asesinos se prepara para descargarlo sobre su cuello; allí, en San José, en medio de los halagos de su familia, su sangre ha de enrojecer los salones tan frecuentados por el partido Unitario

Al fuego y la sangre los emparentan las marcas. Se marca a fuego. Se marca a sangre. El lenguaje se ha encargado de emparentarlos y los ha vinculado, mimetizados con otro término: el recuerdo. Del fuego quedan cenizas; de la sangre, manchas.

En esa época, Celina ganaba buena guita. Tenía treintaicinco años y llevaba diecisiete laburando en publicidad. A los trece, sabía que estudiaría Ciencias de la Comunicación en la UBA. A los dieciocho, que su vida transcurriría de agencia en agencia. A los veintitrés, cuando llevaba dos siendo la que mejor ganaba de su grupo de amigas, sabía que cada vez que pudiera volaría a Nueva York. A los veinticinco afirmaba que jamás volvería a esa meca en invierno, cuando ningún par de botas podía siquiera entibiarle los pies. No perdía tiempo en noviazgos. Eventualmente cogía, aunque solamente acababa tocándose ella. Invertía algo de dinero en el mercado de valores, aconsejada por su mejor amigo, un bolsero que le recomendaba rehuirle al dólar planchado y hacer algo más que ganarle a la inflación. De sus seguridades se ufanaba delante de su madre, una jubilada con la que vivía en la vieja casa familiar de la calle Machaín, a metros de la General Paz. Su papá, muerto, tenía mucha más presencia que su mamá. Protagonista casi absoluto de sus sueños, no necesitaba llegar al segundo Campari con agua tónica para pensar en él. Todos sus amigos, compañeros y ex compañeros de trabajo sabían de memoria que Celina y su viejo se entendían solamente con mirarse, o que un mimo de sus manos gigantes frenaba la traslación de la Tierra.

Un veinticuatro de marzo, accedió a ver a un flaco con el que venía calentándose vía mensaje directo de Twitter. Sin que se lo pidiera, durante tres semanas le atiborró el celular con fotos en ropa interior, con sus manos sobre sus tetas apenas tapadas por corpiños mentirosos, dentro de su bombacha y con los dedos entre los dientes. Lo citó cerca de su agencia, en un bar de esos que proliferaron por el bajo Belgrano cuando a Palermo no le quedaba Palermo para extenderse. De jeans, ojotas y musculosa blanca, lo esperó en la terraza, con una jarra de cerveza de dos litros y un cigarrillo prendido en la mano derecha. Lo saludó y le pidió que se le siente al lado.

– No escucho si te sentás en frente.

Él no le gustaba particularmente, pero ella seguía caliente por el juego previo de celular.

– Viniste vestida-, soltó él después del primer trago.

Se fueron juntos. Se besaron antes, aún sentados. Pagaron a medias. A ella le sorprendió que él le diera la mano al caminar por Miñones, para esperar el taxi. Al PH de Triunvirato entraron con las caras lamidas. En el living, cada uno se desvistió solo. Celina, sin preguntar dónde estaba, pasó al baño. Él la esperó en la puerta. Al salir, la dio vuelta, la apoyó contra la pared, se arrodilló, le abrió los labios de la concha con la delicadeza de quien tomó de más pero no está borracho y le chupó el clítoris con una intensidad que crecía con la fuerza con la que ella, a tirones, le alisaba los rulos de la cabeza. Lo levantó de un tirón más fuerte que los anteriores. Él la arrojó sobre la cama y cogieron. Después de un rato de estar debajo de su contrincante, Celina giró.

- Metémela en el culo.

Acabó tocándose mientras se la metían. Le chupó la pija y sintió cómo el orgasmo golpeó su cuello. La agitación de los cuerpos cedió ante el silencio, que se quebró rápido, cuando ella puso los pies sobre el piso de pinotea ajada para ir al baño. Se lavó y volvió en tetas, con el jean y las ojotas puestas.

– ¿Me abrís que me espera un remís afuera?

Mientras cruzaba el pasillo que la devolvía a la calle, pensaba que jamás volvería a pisar ese lugar. Besó sin ruido al dueño de casa en el cachete y se fue.

- Hablamos.

En Pavón, Urquiza termina, prácticamente, su vida militar e inicia el eclipse de su carrera política. (…) Su sacrificio al retirarse del campo de batalla no obstante el triunfo de su caballería, no logra pacificar los espíritus ni conciliar los viejos enconos entre unitarios y federales, porteños y provincianos, que el resultado de la acción, lejos de apaciguar, ha exacerbado a ambos bandos.

Los días siguientes fueron de trabajo, algún trago después la agencia y escuetas cenas con su mamá. Siempre cocinaba Celina, aunque cada vez comía menos. Su mamá no la inquiría sobre escaso apetito. El fantasma del padre la despertaba seguido en plena noche y le impedía volver a dormirse. Le contagiaba a su única hija la condición de espectro. Sensibilizada, Celina empezó a sentir dolores inéditos: sentía que le oprimían las tetas. En principio, se quejó del dolor con alguna compañera de trabajo y se lo adjudicaba a su descanso interrumpido. El dos de abril, cuando la aplicación del celular se lo notificó, se percató de que llevaba más de un mes sin menstruar. Borracha, se hizo un Evatest que dio positivo.

– Puta madre, voy a tener que hablar otra vez con el boludo del PH de Villa Urquiza-, mensajeó a una amiga.

Le escribió al boludo. Le explicó que su menstruación es muy regular, que no se asuste, pero que estaba embarazada de él. La respuesta demoró nada:

- Si te acabé en el cuello, como vos me pediste.

Celina sabía que sería mamá a los cuarenta, pero por primera vez en muchos años, sus planes se alteraban. Su guión truncado y la novedad confluían en una pulsión de la que aún no podía dar cuenta. Del flaco, además de que cumplía años por esos días, no supo más. Se sensibilizó un poco y esa nueva sensibilidad fue muy bien recibida por sus compañeras de trabajo, todas entre cinco y diez años menores, a las que siempre había tratado como hermanitas.

– Puede ser un falso positivo, eh-, le escribió el nueve de abril.

– Ajá. Teneme al tanto.

De falso no tuvo nada. Abril corría y el silencio del flaco le chupaba un huevo. Mientras, la idea de tener una panza con un hijo adentro le ocupaba toda la libido.

La revolución que culminará en la tragedia del 11 de abril comienza a gestarse entonces como la única solución posible. (…) La idea del asesinato de Urquiza flotaba en la atmósfera, como una obsesión latente, alimentada por el rencor de sus adversarios. La incitación de Sarmiento en su famosa carta a Mitre: “No deje cicatrizar la herida de Pavón. Urquiza debe desaparecer de la escena, cueste lo que cueste. Southampton o la horca” gravitaba, como consigna siniestra, sobre la vida del prócer, a quien llegaban continuamente prevenciones más o menos fundadas de sus amigos.

En la madrugada del treinta de abril volvió a despertarse de repente. No tenía a su papá en la cabeza. Al apoyarse las manos sobre la panza, apenas cubierta por un camisón blanco de algodón, sintió cuchillos clavados en el vientre. Vio las sábanas originalmente blancas pintadas de rojo y comprendió el cuadro. Escribió un mensaje de watsapp y se fue. Cuando bajó del taxi en la clínica, Nacho ya estaba ahí. No lo veía hacía cinco años, cuando se habían separado después de convivir seis. Sin hablarle, la subió a una silla de ruedas y la metió en el Cemic de al lado de Parque Sarmiento. Los asientos quedaron rojos y el camino del taxi a la silla de ruedas quedó marcado por el diluvio de sangre. De la mano de Nacho, rodeada de tipos todos iguales, vestidos de blanco, a los que les vio la cara de su papá, Celina recuperó el conocimiento. Vestía una bata inmaculada. Tragó lágrimas amargas cuando no vio nada rojo. Vio la boca de un médico moverse pero no escuchaba. Pensaba en que le era imposible recordar la voz de su papá. Con un gesto, le pidió a Nacho la cartera y agarró su celular. Tampoco vio la cara de su ex, desfigurada de ver cómo Celina casi muere desangrada en una silla de ruedas.

– Perdón por no saludarte por tu cumpleaños. Fue un falso positivo. Beso-, escribió.

La sangre de Justo José de Urquiza, asesinado el once de abril de 1870, descansa enmarcada sobre un lienzo en una de las paredes del Palacio San José, en Concepción del Uruguay, Entre Ríos.

.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.