Contra el miedo — Reflexión

Ya no tengo miedo porque no temo equivocarme. Porque me reconozco y me acepto, por eso no hay dolor. En los pliegues y cicatrices de la piel que son testigos del tiempo que me trajo acá, son los mismos que dan cuentas de mis noches de paz y de melancolía, de mis días de ayuno y las sombras del infierno. Mi vida es lo que fue y sobre ella me levanto orgulloso, no arrogante ni presuntuoso, sino siendo verdaderamente el que soy, con mis luces y con mis oscuridades.

Por eso no temo aceptar mis errores ni mis vicios, ni mis debilidades, ni mis faltas. Ante ellas se levantan mis virtudes y mis grandezas, mis fortalezas y mis bondades, mis gracias y mis dones, fruto único de Dios, de quien tomo mi fuerza y sin él nada soy. Graciosa pompa de jabón flotando en un universo infinito durante el instante mismo en el que termina su vuelo.

Por eso no temo decirte que te amo, ni temo decirte que nuestro proyecto es un desastre, ni temo que el fracaso nos alcance, ni que el triunfo se manifieste. Estoy certero que lo que es habrá de ser aunque me oponga o me resista. Soy lo que soy, limitado y bondadoso. Soy lo que soy, lleno de amor y de perdón. Soy lo que soy con mis cicatrices y mis dolores. Soy lo que soy con mis victorias y mis felicidades. Soy lo que soy, un cúmulo de recuerdos que se despliegan en mi presente dándome vida.

Por eso te digo te amo y que deseo estar contigo. Que me conmueve la curva de tu sonrisa y el movimiento de tus labios, el brillo de tus ojos y tu pelo al amanecer. Aunque lo nuestro esté condenado no me importa lanzarme a un precipicio si voy de tu mano. No porque sea ciego en el punto de nuestro encuentro, luz de nuestros días venideros, alegrías sin fin, sino porque los nuevos caminos son obra de nuestra esperanza y fe.