La pasión del cautivo

“Yo quería saber qué sintió en aquel instante de vértigo” 
El cautivo, Jorge Luis Borges

Sucedió a fines de los setenta, en una de las calles más al sur del barrio de Boedo. Un operativo de un Grupo de Tareas de la dictadura, además de matar a una pareja de militantes montoneros que vivían en el primer departamento de un PH, secuestró a un chico. Ya no era un bebé, tenía casi tres años. En el único dormitorio de la vivienda había una cama grande donde dormían los tres, un mueble de tres estantes con libros desordenados, y algunas cosas más colgadas de las paredes.

Sus abuelas lo buscaron inútilmente durante varios años. Casi dos décadas después, una llamada anónima a la organización les habló de un joven que debía ser su nieto. Lo fueron a buscar y creyeron reconocerlo. El muchacho, criado con disciplina castrense, escuchó con fingida atención y ocultando su desprecio lo que esas viejas le contaban sobre la militancia de sus hijos. Con más curiosidad que dudas, lo único que aceptó a regañadientes fue acompañarlas a la casa de Boedo, que estaba ya deteriorada porque no la había habitado nadie desde el operativo.

Cuando entraron, recorrió los libros apilados en los estantes y confirmó sus prejuicios: peronistas y marxistas. Levantó la vista y vio la camiseta de San Lorenzo colgada de dos pares de clavos que resistían sobre la cabecera de la cama. Se llevó una mano temblorosa al pecho y la hizo puño estrujando la cadena con el escudito de plata que de ella pendía. Los ojos se le llenaron de lágrimas.