Busco un amor clasificado en (…) ¿Tinder?
En los años 90, el Potro Rodrigo, con su hit: “Amor Clasificado”, ni se imaginaba que estaba siendo pionero en el arte de conseguir citas a ciegas en Córdoba; en ese entonces era el diario, hoy son las novedosas apps que ofrece el mundo virtual de una generación completamente tecnologizada.
No creo que me lo vaya a olvidar jamás. Elegí para la ocasión un vestido blanco de verano que a veces se trasluce (aunque era mediados de otoño), combinado perfectamente con unas sandalias de plataforma de goma con tiras negras y mi campera vintage de jean. Llevaba una bandolera haciedo juego y en un papel escrito el número de celular de mi mejor amiga y de mi papá por las dudas. Era mi primera cita a ciegas, sin conocer quién iba a estar del otro lado esperándome sentado en un banco del Buen Pastor en Nueva Córdoba. ¿Quién me presentó el candidato? Tinder; la aplicación del fueguito trend topic del momento, la misma que originalmente fue diseñada para sexo casual basado en un sistema de geolocalización, pero que ahora mantiene un perfil más discreto e indirecto de encuentros menos comprometedores.
Todo el furor comenzó a la vuelta de un viaje de placer a Buenos Aires, la gran ciudad capital. Milagros, quien vendría a ser mi “primastra”, me descargó el icono en mi celular sin mi consentimiento y a escondidas. Escandalosamente le dije muchas palabrotas, intentando hacerla entender que no solo era una locura, sino que es una inconsciencia total presentarse ante extraños, quienes saben tu ubicación exacta e información suficiente como para encontrarte, secuestrarte, violarte y demases por el estilo.
Hacía menos de tres meses había leído un artículo de Infobae sobre un subcomisario de la Policía de Córdoba que drogaron y robaron su arma reglamentaria, dos celulares, 500 pesos y otros objetos de valor, después de haber dormido con una joven que había conocido en Tinder. Eso me dio un presentimiento como para saber de qué se trataba y qué clase de gente se podía encontrar; era total y completamente carente de confiabilidad. Hagamos cálculos: un policía (que vendría a ser una figura de seguridad y orden) seducido, engañado y saqueado por una delincuente (inofensiva a los ojos del interesado que ni se imaginaba lo que le esperaba) y que ambos formasen parte de la base de datos del programa, me dejó evidencia que alcanzaba para hacerme una idea bastante nítida de porqué lo consideraba un tabú en mi esfera socio-cultural.
A su asombro, me devolvió los insultos y me acusó de vieja anticuada y miedosa; con apenas 18 años recién cumplidos y un perfil de modelo rubia platinada que vive en Pilar, defendió con uñas y dientes la idea de relacionarse con personas vía esta red social que te obliga a presentarte con solo seis fotos y una breve auto-descripción; argumentando que ella lo venía haciendo desde ya hacía un año y nunca experimentó ninguno de los horrores que cité yo.
Me acuerdo haberme quedado muda, escuchándola decir barbaridades y contándome de punta a punta con quienes estuvo, qué hizo, de qué hablaron. Me mostró las fotos de cada chico, las conversaciones y largo rato estuvimos entretenidas, sentadas en el living de su casa-country con pileta, jugando a ver cómo funcionaba el sistema. Seguía sin entusiasmarme el plan de los corazones encendidos, pero lo que pensaba acerca de Tinder claramente ya no era peligro extremo.
Una parte de mí la entendía profundamente en el marco de una nueva generación digital del Siglo XXI; tanto su contexto socio-cultural como geográfico le tenían permitido hacer este tipo de cosas recontra aceptadas.
En el Gran Buenos Aires hay casi 17 millones de personas, de las cuales aproximadamente 14 millones viven en el aglomerado urbano sobre una superficie de solo 203.3 km² a la redonda. ¿Cómo no iba a comprender que atinar en semejante tamaño y tumulto podría rozar lo imposible? Las chances de volverte a encontrar con algún amor a primera vista son tan remotas como que te caiga un rayo en pleno día soleado. En un escenario así, funciona perfectamente y hasta es más eficiente que cualquier otro método para conocer personas. Según TN Noticias, Argentina se encuentra en el puesto número dos por debajo de Brasil, en cuentas activas de Tinder Latinoamérica (de un total de 50 millones alrededor del mundo) alcanzando un promedio de 2.5 millones de matches. Eso significa que estadísticamente los usuarios deben de usar la aplicación unas 11 veces por día gastando entre siete a nueve minutos mirando perfiles y diciendo quién les gusta y quién no; ¡un ejercicio de 90 minutos diarios! Con esas exitosas cifras, no puede ser tan malo.
Pero la otra parte conservadora de mi moralidad precavida insistía en que el riesgo no valía la pena en intentar. Arriesgar la salud íntegra de una persona con el fin de encontrarse con chicos/as para (…) ¿salir?. Estaba convencida que no era para mí, no necesitaba ni necesito una aplicación en mi smartphone que me seleccione posibles candidatos en base a (…) la cercanía de nuestra ubicación. Hasta el sistema de filtrado de personas es absurdo; el fichero de caras anónimas se mezcla al azar y brotan las propuestas sin hilo de coherencia, más que que tan próximo está el sujeto de donde vos estas parado. No se toman en cuenta ni gustos, ni intereses, ni lugares a los que frecuentás, absolutamente nada que se comparta como interés común, eso ya es un trabajo que corre por cuenta propia.
A mi regreso, una vez aterrizada en la ciudad del fernet, el color rojo del fuego caricaturizado en la mitad de la pantalla de mi teléfono despertaba poderosa intriga, así que en un acto espontáneo y casi automático rellené el formulario para ser parte del círculo de chicas buscadas en Tinder.
Me limité a sincronizarlo con Facebook que hacía la mayoría del trabajo por mí, cargando algunas fotos viejas del año pasado de mi perfil en las cuales todavía mantenía el pelo oscuro y largo. Me rehusé a escribir una auto-descripción y solo plasmé un par de iconos divertidos. La ubicación es algo esencial para ser una futura promesa en la red, así que Cerro de las Rosas se dibujó en grande en el mapa virtual del programita.
Leí por ahí para ayudarme a entrar en tema múltiples artículos y notas titulados: “Cinco claves básicas que te ayudarán a tener éxito en Tinder” (entre otros); que entre líneas podías encontrar frases como: “En cualquier sitio, red social o aplicación para conocer personas, decir quiénes somos es el paso más importante (…) Lo real es que, para tener éxito en Tinder, debemos estar conscientes de nuestro ‘marketing personal’, es decir, de cómo queremos que nos perciban y qué vamos a ofrecer si pasamos de lo virtual a estar frente a frente.”
En resumen, se trata de tener en cuenta tres cuestiones cruciales para salir victorioso según Andrea Iorio, el director de negocios de Tinder:
1) La imagen, cuidar la “primera impresión” que es definitiva, son esos primeros segundos que pueden hacer la diferencia antes de que te descarten. Según un estudio que realizó la Universidad de Iowa, EEUU, mientras más natural y menos editadas sean tus fotos, más socialmente atractivo aparentarías;
2) Cómo nos describimos, poner la mayor cantidad de información personal posible en un texto agradable para que las personas sientan empatía con nosotros, con confianza para motivarlos a darnos un ‘like’, describiendo a nuestro “yo” real y no uno idealizado como recomienda el mismo estudio citado, y por último;
3) La conversación, ser siempre claros y decir qué es lo que queremos y qué es lo que no al chatear, de manera original y divertida para generar más interés, ser honestos y discretos con el lenguaje. Además se registró un 30% más de posibilidades de recibir una respuesta positiva y conversaciones el doble de largas si se usaban GIFS (formato de imágenes animadas) disponibles en la mensajería de la aplicación.
Me quedé con esta frase que me convenció de lo ridícula que me vería en acción: “No hay una receta para entrar en Tinder y encontrar, a la primera, a un ‘príncipe azul’ o a una mujer perfecta, sólo es tener la certeza de saber quiénes somos y qué buscamos.” Me dio risa pensar en el extenso análisis a nivel psicosocial que se puede llegar a formular con este tipo de situaciones; es más, una investigación publicada por Jessica Taubert de la Universidad de Sídney concluyó que: “El amor o el deseo a primera vista es un cliché que se ha mantenido por años. Nuestra investigación da peso a una nueva teoría: las personas tienen más probabilidades de hallar el amor en el segundo golpe de click”. El estudio demuestra cómo usuarios de las aplicaciones de citas tienden a calificar un rostro de atractivo si la fotografía del anterior lo era; ¡completamente injusto!¿Será cuestión de suerte entonces?
Sólo me quedaba comenzar a jugar el juego del prejuicio y selección.
Sostengo que mi mamá, divorciada con cinco chicos a cargo, hizo un buen trabajo enseñándome a defenderme ante el mundo y cuidarme ante todo: no hablar con extraños, no andar a deshoras afuera de casa, estar atenta en la calle, etc. Lo típico para concientizar a una adolescente en pleno proceso de independencia. Claramente exponerme de esa forma en una red social que busca personas para encuentros casuales y tener citas casi a ciegas era un acto de rebelión desde el punto de vista de mi seno familiar que atentaba con mi perfil de nena zona norte de clase media alta, discreta y digna.
Puede sonar algo exagerado, pero en mi círculo de amigos de colegios y universidades privadas no existe la posibilidad de plasmar tu cara en una base de datos para ser una propuesta elegible a tales fines. No hay necesidad y quedas mal, el rumor popular es que detrás de esos usuarios virtuales se encuentran gordos cuarentones, fracasados, “villeros”, gente muy poco atractiva, antisociales, secuestradores y violadores.
Lo mantuve en secreto porque ya sabía la opinión de mis amigas al respecto: — es patético, tenés que estar muy desesperado, espantoso conocer a alguien por Tinder, no los conoces, ¿si te pasa algo? — , y más de las mismas respuestas a tono, pero la adrenalina de saber que había detrás de la tendencia era incontenible. No voy a mentir que me temblaron un par de veces los dedos y mi Ello me susurraba en el oído que no debía pero tenía que arriesgarme a vivirlo para cortar con tanta acusación prejuiciosa.
Fue una hora intensa que redujo mi batería de 75% a 10% solo usando la aplicación, que se explicaría por un fenómeno que Ivana Franekova, la coordinadora online de citas de Tinder, llama “hunting season” (temporada de caza) que se da durante la primavera y el otoño.
Era adictivo y hasta divertido decidir quién podía tener el privilegio de tener entre sus manos la posibilidad de abrir un chat conmigo y quien sabe, hasta conocerme, y a mi sorpresa en ese corto plazo ya había juntado más de 25 matches (¡hacía solo unos cuantos minutos que era parte del juego! Ahí es cuando comprobé los números y me di cuenta que el flujo de la actividad era brutal.)
Teniendo en cuenta que filtre a mi interés hombres de entre 20 a 24 años, podía encontrar de todo (cada personaje), no solo lo que se rumoreaba sino, aún mejor, pibes atrayentes, facheros y hasta conocidos e íntimos amigos míos. El repertorio se ponía cada vez más interesante y a medida que pasaba el tiempo, juntaba más y más candidatos.
Lo realmente fascinante era el momento de la conversación. Me costaba muchísimo acordarme de lo que hablaba con cada uno, aunque lo hayan dicho tres renglones más arriba; me confundía entre ellos y a veces repetía la poca información que daba. Se me estaba saliendo de control asique decidí usar las estrategias que recomendaban los sitios que visité en Internet; deje de hablar con la mayoría y reduje el número a cuatro chicos por vez.
No se debería malinterpretar mi posición como una egocéntrica, pero al cabo de un rato descifré la estrategia de mis oponentes: ellos (algunos, la mayoría) tiraba “likes” a cualquiera y después veían qué pescaban, se entiende que la tenían mucho más clara que yo, que amateurmente dedicaba largos minutos para analizar el perfil de cada uno.
Para ser sincera, me atormentaba la idea de tener a mi media naranja al frente de mi nariz y haberlo descartado por falta de interés, porque al fin y al cabo, de eso se trata: seleccionar fugazmente quién es un potencial candidato y quién no. Me daba culpa y me taladraba la idea de pensar que del otro lado, al no recibir un corazón de vuelta de mi parte, era decepcionante y hasta narcisista. ¿Quién me creía que era? Agradezco que todo es anónimo y nunca se sabrá cuando dije que sí y cuando negué la oportunidad.
Se fue desvaneciendo la actitud que se daba y después de cuatro días en la misma rutina de abrir el catálogo virtual, experimenté algo que se relaciona con estudios de la neurociencia; aparecían signos de desmotivación, me faltaban razones para seguir guiando mi comportamiento de selección, perdí un poco el entusiasmo y la energía para seguir eligiendo perfiles; cuando te pasas más de una hora viendo caras aleatoriamente, y el match ya no te genera ni sorpresa ni adrenalina, todos los hombres te parecen similares y hasta capaz, iguales. Hubo momentos en que me hablaban y decía: ¿En serio yo le puse me gusta a este individuo? ¡Ni siquiera es mi tipo! Te das cuenta que vas perdiendo el criterio mientras sobre-estimulas tu cartilla del sexo masculino y concluís por ponerle “like” a cualquiera “por las dudas” cuando se va tornando aburrido. En resumen, perdés el eje y acabas gastando tiempo y confundiéndote más entre la culpa y la arrogancia.
Juan Astocóndor Masgo, docente experto en estrategias metodológicas, nos explica qué es lo que nos falla después de ser expuestos a tanta estimulación visual: “La capacidad de percibir, observar, es ser consciente de algo a través de los sentidos, nos permite iniciar el proceso de la información. La observación, nos ayuda a adquirir mayor conciencia de las características especiales de los objetos que percibimos. Al exceder el tiempo al cual sometemos los sentidos a la sobre-estimulación inicia un proceso en el cual la discriminación, que es ser capaz de reconocer una diferencia o de separar las partes o los aspectos de un todo, es casi nula.”
Así es como terminé acumulando más de 125 candidatos anónimos en mi álbum tindero y nublada entre tanta información junta.
En ese sábado otoñal, la temperatura pasaba de los 18 grados. Braian estaba escuchando música metálica y se le descubrían tatuajes en los brazos de la camisa batik arremangada. Me había contado que era técnico electromecánico, tenía su propia empresa que arreglaba lavarropas y vivía solo con su perra junta pulga, Luna. Se dedicaba al trial (un género del bici-cross) y tenía un indoor de marihuana “de consumo personal”. Tenía un tono de hablar muy intelectual y bastante formal, sabía elegir las palabras aunque a veces sonaba un poco freaky; sinceramente era atractivo, era un distinto.
Sentados en una pirca desgastada de Parque las Tejas, me ofreció algo de tomar, y entre sorbos de una Gatorade azul, fue el primero en confesarme algunos secretos de las citas por Tinder.
- ¿Siempre lo haces? Me imagino que no soy tu primera …-
-No, me lo descargué hace como un año y medio, y desde entonces consigo minitas así. No salgo nunca y esto me simplifica las cosas. Tener Tinder es otra cosa, tengo una agenda laboral complicada y pretendo salir a andar en bici a la tarde. Es más fácil así. ¿Qué haces de tu vida, sonreís mucho?-
-(me reí) bueno, explicame un poquito vos entonces qué es tener Tinder-
-Puede ser lo más copado o lo más cara de verga que hay, porque por ahí tenés diálogos copados y por ahí es como seguir una guía estúpida del: ¿De donde sos; qué estudias; trabajas? Onda currículum vitae. Para mí eso es a veces engorroso. Busco reírme y no caer en el típico: uh qué linda sos, me re simpatizas ¿Qué opinás vos?-
-Me molestan las preguntas tontas igual, es como: dejame vivir en paz en el anonimato plis. No quiero que me rapten.-
-Y bueno, por ahí pegás una onda celestial y pinta verse … Es un mundo esto. A mí no me interesa donde vivas, mientras no seas aburrida para hablar. Imaginate raptar a alguien que te aburra, para eso le pones la cinta en la boca. (Suelo ser oscuro con mis comentarios). Algunos lo usamos para pegar onda con otras personas fracasadas, es como el Uber de los taxis para ahorrar guita (…) Es para dialogar y soñar tener algo íntimo (…) yo no sueño con eso, con dialogar me basta.-
-(me reí de nuevo) La gente es rara man, ¡salí a un bar y encarate a alguien y fue! ¿Qué tanto?-
-Lo sé, tenés razón, pero no soy el que va al bar, no salgo de joda casi. Así es como deliro en viajar y ahorro para eso. -
De este estilo de conversación, tuve varias con personas distintas en las cuales en todas preguntaba más o menos lo mismo, haciéndome una idea más completa de cómo funcionaba la nueva era del chamuyo masculino. Algunos más reservados y otros completamente sinceros. De mi investigación encubierta llegué a recopilar información como que: Predeciblemente no se estancan en una sola opción, siguen buscando ambiciosamente algo mejor que enganchar (aunque no lo consigan, son sorpresivamente pacientes); entre amigos, compiten a ver quién tiene los match más hot, y ni hablar de aquellos que llegaron a algo más que un chat. Es fácil demostrarlo con una captura de pantalla y pasar la data de a quien cautivaron con su perfil tindero. La mayoría argumenta que la “labia” que tienen es la razón de sus conquistas más que las fotos que muestran, otros niegan rotundamente eso y confirman a ciencia cierta que sus imágenes hacen toda la magia. Algunos juegan con la ilusión del “potencial futuro novio perfecto” sin importarles desaparecer cuando la cosa se pone seria, y otros prefieren el proceso lento de conocerse y “ver qué pasa” pautando límites claros; En muy pocos, el pseudo anonimato les da confianza suficiente como para decir cochinadas y proponer fantasías sexuales a aquellas señoritas que no les interesan mucho, pero capaz, consiguen tachar algo de su lista de deseos a quien se prenda en la aventura. Al parecer, solo una minoría mantiene una relación entre el tiempo en el que tardan en responder un mensaje y cuánto les importa o interesa la chica. El resto no muestra importancia. Un estimado de tres chicos sobre diez, están en más redes sociales de citas además de Tinder. Ninguno confesó que engañaría a su novia con alguien de la aplicación. Todos solteros sin compromisos y en general nunca se pondrían de novios con alguien que conocieron en esos términos. Estos cordobeses admiten ser “chapados a la antigua” de tipo “old school”. Mantienen una imagen de la mujer que deben respetarla y valorarla, aunque internamente quisieran saltarse el rol de caballero, pero socialmente y por una cuestión de integridad moral, no pueden; Las preguntas protocolares que NUNCA faltan en una conversación son: ¿De dónde sos; Cuantos años tenes; Qué estudias; Trabajas, y de qué?; el 75% de los encuestados consigue el número para derivar la conversación a Whatsapp (que vendría a ser el 2do paso para encontrarse) y solo el 30% logra concretar la reunión.
Tinder desapareció de mi iPhone a las dos semanas de uso, me sigue pareciendo repulsiva la idea de “enganchar minitas” para lo que es bastante obvio entre los jóvenes, pero me dio un golpe a la realidad relacionado a las distancias conceptuales y cómo la sociedad va mutando y adaptándose al avance tecnológico en lo más banal y básico como el acto de conocer gente: de algo tan selectivo e imaginario como una red social, se puede llegar a concretar cualquier cosa.
La columnista Nancy Jo Sales de la revista NeoYorkina Vanity Fair explicó de qué se trata este fenómeno que se está dando con más frecuencia y a una velocidad increíble, no solo en mi ciudad natal, sino a nivel mundial. El artículo que publicó en el 2015 titulado Tinder and the Dawn of the “Dating Apocalypse” (Tinder y el apocalipsis de las citas online) cuenta cómo la cultura de los encuentros sexuales que ha estado mutando durante más de 100 años, hoy está fundida en aplicaciones de citas en smartphones.
Las personas solían conocer a su pareja por la proximidad, a través de amigos y familiares, pero ahora conocerse por Internet está superando todas las otras formas. “En febrero, un estudio reportó que había cerca de 100 millones de personas — tal vez 50 millones solo en Tinder — usando sus teléfonos como una fuente diaria y constante de cacería de solteros/as, que pueden encontrar pareja sexual igual de fácil que encontrar un pasaje de avión en oferta. Es como hacer un pedido de delivery de comida online pero estas pidiendo a una persona; y a esta actividad se lo describe como gratificante y adictiva.
El debate de qué se gana y qué se pierde para las mujeres con el sexo casual ha ido creciendo y mutando particularmente entre ellas mismas. Es raro que una mujer de nuestra generación conozca a un hombre que la trate como a una prioridad en lugar de una opción. Es tal la abundancia de posibilidades que ofrecen las aplicaciones de citas online que dan la impresión de que hay miles o millones de potenciales parejas por ahí, y que eso genera que los hombres se comporten de esa manera, entre la opción y no la prioridad. Cuando esto sucede, todo el sistema de cortejo se reduce a parejas de corto plazo, los matrimonios son inestables y los divorcios aumentan. Los hombres no tienen que comprometerse, asique utilizan la estrategia de relaciones efímeras. Los hombres están haciendo ese cambio, y las mujeres se ven obligadas a ir junto a ellos para conseguir pareja”. Aunque parece funcionar muy bien para ellas también; algunas no quieren comprometerse en una relación estable tampoco, sobretodo aquellas en sus 20 años que se están centrando en su educación y carreras emergentes. Para las mujeres jóvenes el problema está en la navegación de la sexualidad y las relaciones que siguen fluyendo bajo la desigualdad de género; “Ella es una chica para estar de novio o solo para tener sexo.”… ese tipo de comentarios de parte de los hombres confirma que todavía hay un doble estándar generalizado (…)”.
Y al igual que Rodrigo, me quedé sin el amor que nunca encontré, pero (quién dice) lo seguiré buscando (…) capaz en Happn, Sway, Tickr, OkCupid, Hinge o Zoosk.