Sueño con depilación

El lugar es tan blanco que encandila. Yo camino tranquila, sé dónde estoy, sé donde estoy yendo, sé a qué estoy yendo ahí. Cuando me saluda la china la saludo con un abrazo, es simpática y habla sonriendo, rapidito y como si estuviera siempre por quedarse sin aire. Vení, pasá, qué te vas a hacer. Yo le contesto que pelvis completa y cuando llegamos a nuestro cubículo me dice sacate todo. Para mi todo es rutina: sacarme la ropa, doblarla prolijamente, dejarla sobre los zapatos, todo apoyado en el piso. Las paredes del nuestro box son de vidrio pero lo que se ve del otro lado son más vidrios, tantos que parecen uno solo atomizado en un millón y por eso se ve así: por momentos con reflejos azules, por momentos con reflejos verdes. Cuando voy a acostarme en la camilla -mi china se fue y todavía no volvió-, miro a los costados y veo gente. Gente que está llegando al bar que funciona en el mismo espacio. Me saludan, los saludo. Cuando mi china vuelve tiene en la mano una red negra y me dice ponete esto y yo le hago caso rápido pero no sé qué es lo que me estoy poniendo ni cómo me lo tengo que poner. Miro la red de un lado y del otro, la china espera paciente, la gente también. Intuyo que se coloca como una bombacha y empiezo. Cuando llego a la cintura la dejo así, mal acomodada, es como una bolsa que pica, un plástico incómodo. Mi china me dice no, pero ponétela bien, bien hasta arriba me dice y me señala casi a la altura de sus tetas entonces yo me subo la red y caigo: ¡ah! ¡como si fuera un luchador de sumo! Todos -mi china, la gente, yo- nos reímos como en cámara lenta, con las bocas abiertas y un sonido amplificado pero atontado, unas risotadas bobas. Cuando estoy lista le digo estoy lista y mi china me dice sentate. Cuando me siento ya no soy yo la que me siento. Eso que está sentado con la red casi hasta las tetas es otra persona aunque soy yo: me miro a mi misma, sentada, esperando que mi china me depile. Mi china viene con unos hilos y dice es una técnica nueva. Yo -la que espera la depilación- asiento y digo buenísimo y yo -la que mira la espalda peluda- me impresiono: ¿de dónde salieron todos esos pelos? Mi espalda es un manto negro, lleno de pelos duros, oscuros, horribles, gruesos, olorosos, enrulados. Mi china enrieda su piola entre mis pelos de la espalda y hace un movimiento tan rápido como eficaz que va dejando mi espalda libre de pelos. Yo -la que mira la espalda ahora semipeluda- siento asco pero no puedo dejar de mirar cómo esa espalda que parece un jardín con un pasto fuerte y perfecto pero negro y asqueroso empieza a blanquearse, no puedo dejar de mirar cómo la piel empieza a brotar detrás de esa mata peluda. Yo -la que se está depilando- no sé en qué estoy pensando mientras la china pasa la piola y convierte mi piel peluda y negra en una piel lisa, como de bebé. Alrededor nuestro la gente señala y mira de reojo mi espalda y a mi mirando la depilación y todos comentan mirá qué bien esta nueva técnica. Cuando terminamos -supongo que terminamos porque ya estoy vestida y co-mo-nue-va- llega el dueño del bar: es alto canoso y reventado. Parece un inglés en los setenta, un punk con ropas elegantes. Nos sentamos alrededor suyo, el habla de algo que no recuerdo, nos divertimos mucho.

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