La naturaleza de mi país

  • Hay momentos en los cuales me adentro en la naturaleza y me agrada

Temprano por la mañana salimos rumbo al volcán Ilamatepec. Ya, desde hace unos días, mi hermano y yo estábamos emocionados por caminar hasta la laguna turquesa que se encuentra en su cráter cuando escuchamos acerca de un tour guiado hasta ahí. Así que, aun conscientes de nuestra condición física, decidimos apuntarnos a la aventura (pocas cosas me hacen más feliz que divertirme al aire libre). En el camino pasamos por el lago, que ya se está volviendo también turquesa, y nos detuvimos en El Congo para observarlo desde lo alto y sacar la respectiva fotografía. Cinco minutos, luego retomamos la carretera hacia nuestro destino.

Tuve la sensación de llegar rápido a las faldas del volcán y escuchar al guía, Roberto, comenzar a llamarnos para darnos las recomendaciones necesarias: viajar ligero, tomar agua, protegernos del sol y, por supuesto, pasarla muy bien. A cada integrante del grupo se le entregó su equipo y poco a poco comenzamos a caminar hacia la entrada del sendero que nos encamina hasta el tercer punto más alto del país. Al principio el policía nos llevaba el paso, al frente, pero luego (¡menos mal para mí!) fue el guía quien se puso a la cabeza para marcar un paso que pudiésemos llevar todos.

Caminamos quizá un kilómetro hasta hacer nuestra primera parada en Madreselva donde nos aseguramos de saber cuántos subiríamos juntos y, a la vez, comprar agua o churritos el que quisiera. Hasta ese momento, nos habían asegurado varias veces que la dificultad de subir hasta el cráter era de nivel medio, pero yo, en mi cabeza, aún tenía mis dudas acerca de mis pulmones.

Vamos a llegar hasta arriba, ¿verdad?, me decía mi hermano cada vez que podía.

Sí, le contesté cada vez.

Nos adentramos entonces en el verde volcán. Cada uno de nosotros con la mochila en la espalda, comenzamos a ascender en fila india por el caminito de tierra. Cada cual a nuestro ritmo, a veces en silencio, a veces charlando y a veces animándonos entre nosotros en los puntos más dificultosos.

¡Vamos _ _ _ _ _ _ ! ¡Pensá en cuando ya estemos allá arriba! ¡Pensá en las pupusas de la tarde!

Así, un grupo de salvadoreños de distintas edades y quizá cada uno diferente en su individualidad, caminaba por el camino rocoso después de una hora y media de camino, ya en el último tramo, donde la cantidad de vegetación disminuye y el oxígeno parece ser más escaso. Animándose los unos a los otros. A la expectativa de la belleza que la cima del volcán les promete todos: el lago de Coatepeque observándonos desde abajo, con sus penínsulas y turistas, su ardiente laguna acompañada de fumarolas a 300 metros bajando desde la orilla del cráter y, al lado, el volcán de Izalco sumergido en el gigantesco abrazo de las nubes.

Y tal cual lo encontramos. Después de casi dos horas de camino logramos llegar. Los sandwiches que me comí al lado del cráter me supieron a gloria. El viento y la altura compensaban los rayos del sol, así que los 45 minutos que estuvimos allá arriba resultaron ser bastante frescos, hasta fríos quizá, contrastando con la vista árida de la piedra rojiza y la idea de estar en la boca del volcán. Desde ahí podés apreciar con detenimiento los 25 km por los que se estira el lago, los campos verdes que esperan tranquilos y pacientes al lado del potente volcán y los cerros al rededor. De no tener nombre ese lugar, cualquiera podría llamarle paraíso.

Me encantó.

Con las selfies en el bolsillo y luego de haber degustado el panorama comenzamos el descenso. Mucho menos complicado y en menos tiempo que el camino de subida, pasamos las plantas de maguey desperdigadas entre las rocas y volvimos al bosque enano, el punto inicial de nuestro viaje. Fatigados pero satisfechos, descansamos como profesionales y nos subimos al microbus para regresar a casa.

***

Hay días en los que me adentro en la naturaleza y me agrada, me brinda esperanza respecto a muchos aspectos de la sociedad y de mi país, respecto a temas que a veces son tan punzantes y que parecen romper poco a poco el frágil tejido social del que formamos parte. Poder disfrutar de la riqueza natural que inunda estos 21 mil kilómetros cuadrados me recuerda, aunque sea por un momento, el potencial que guarda este país y cada uno de los que lo habitamos. Creo que es responsabilidad de todos y cada uno desvelarlo y cuidarlo día a día.

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