Inmundo olor a mandarina

Faltan cinco días para que la primavera cachetee todos los noticieros y diarios con titulares para nada ingeniosos. Seguramente la lluvia que no quiere irse desde la semana pasada será la inspiración de muchos redactores llenos de ideas sobrebalsadas de perspicacia y podré leer oraciones tales como “21 DE SEPTIEMBRE, FESTEJO BAJO LA LLUVIA” o “¡FELIZ DÍA DEL OTOÑO!”

Para no hacerme mal con cuestionamientos que no tienen mejor solución que la de irme a vivir al campo con mis libros y gatos, no me puse a pensar en dónde están los ilustres, futuros escritores que pasan su tiempo dentro de periódicos y medios de comunicación. Y me puse a filosofar sobre lo lindo que sería festejar el glorioso otoño.

Yo soy de las pocas personas -quizás, son muchas más de las que quiero creer para sentirme especial- que prefiere el color, la temperatura, el olor del otoño-invierno al primaveral. La alegría me desborda cuando debo buscar botas, sombrerito, bufandas, guantes, medias, calzas, medibachas, polainas, poleras, camperotas, piloto, paraguas antes de salir de mi casa. Pasear bajo la lluvia es más musical para mí que para el tipo ese que además canta bajo la lluvia. Así y todo, no soy de pasear bajo ella. No tanto como usted, lector, empieza a sospechar de mi personalidad oscura. Yo quiero a la lluvia para verla desde dentro de mi ventana mientras me empacho de películas y cosas que hay para ver en la tele. Y si me pongo todo ese guardarropas que mencioné, es porque tengo que cumplir obligaciones como el trabajo o comprar piedritas de gato, o los puchos de la que mi adicción me hace esclava. En fin, no es la lluvia lo que hace tan especial al otoño y al invierno. ¿Es la poca gente en la calle? Tal vez. ¿Es que no hay hormonas adolescentes (y de gente más grande también) supurando por cada antro de la ciudad, golpeándose con el hedor del asfalto cuando la transpiración veraniega los impulsa al contacto constante en los boliches de cada barrio? Ojalá eso fuera lo único, pero no. Los olores hormonales invaden las narices en casi todas las estaciones del año. Yo puedo decir que en esa bisagra de clima, otoño — invierno, está a la venta y con increíbles ofertas la fruta más deliciosa del mundo: La mandarina.

¡Cómo me gusta comer mandarina cuando hace frío y está húmedo! La ropa no se seca pero qué bien se siente pelar mandarinas. Debo admitir que me gusta tanto que puedo olvidarme de todas las demás comidas del día si tan solo tuviera mandarinas. Y siempre vienen bien. Incluso, diría de forma dictatorial, que nunca se rechaza una mandarina, un gajo que te pasen. El mate es más rechazado que la mandarina. El porro es más negado que la mandarina.

¿Me emocioné? Un poco pero no hay con qué darle a la mandarina, excepto un grupo de gente que puede llegar a decir con nariz fruncida:”Hay un olor a man-da-ri-na.” Y mientras lo dicen, buscan con aceleración de pupilas las manos que tienen algún gajo jugoso y oloroso. La oficina o la escuela no es un lugar para comer mandarina, dicen. Hay una regla que los trabajadores en blanco, bajo el convenio de trabajador de comercio, firma en el contrato sin pasar por ninguna capacitación. Y esa regla es la del pescado en hora de almuerzo, pero ¿la de mandarina? Yo nunca me enteré.

Yo como mandarina en el almuerzo en la oficina, en la cama de mi casa, en la parada del colectivo, dentro del colectivo y/o subte, antes de la cena, después de la cena, con mate, con pan, con café, con novio, soltera, con agua, con ensalada de fruta, con asado…

Y las manos tienen ese olor típico a mandarina. “¡Inmundo olor a mandarina!” No es raro que se sienta el desprecio de la gente que no disfruta de la fruta invernal, ¿será la misma gente que disfruta del calor y del sol? Realmente no lo sé y no quiero juzgar a nadie, solo hago mi oda al olor a mandarina y a la fruta en general.

Estaba muy feliz con mi pancarta de “Aguante la Mandarina” hasta que escuché que una niña desde muy chica no paraba de comer mandarina. Con esto quiero decir que respiraba y comía mandarina. Imaginen cuánta mandarina habrá comido que su madre notó cómo las manos de esta niña habían pasado a verse de amarillentas a naranjas. Sin importar cuando las lavara, seguían de ese color. Y la madre ya muy preocupada la llevó al médico para que la examinen. ¡No era normal que tuviera las manos tan amarillas! ¡Podría ser hepatitis! y el agregado colombiano-venezolano de novela ¡Por dios, qué será! Exclamaciones que fueron calladas cuando el diagnóstico fue sobredosis de mandarinas. La niña comía tanta mandarina que la pigmentación de esta fruta había traspasado tantas capas de piel que ni todo el jabón usado o detergente lograba quitarlo.

Esta es una de las historias que puede contarme mi abuela antes de dormir o podría escucharse en una oficina con gente que siente a la mandarina como comida de pobre, no sé. Lo cierto es que mi madre tiene las palmas naranjas como son las mías y a ella también le encanta comer mandarinas.


Originally published at anestesiadaeinsomne.blogspot.com.ar.

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