El Autorretrato (1)
Extracto de cuento Parte I
En un alejado pueblo de Piamonte, norte de Italia, vivía un pintor que no podía pintar su autorretrato.
Esto no sería del todo un problema para el pintor, salvo un golpe bajo a su ego artístico. No sería siquiera digno de contarse de no ser por un detalle importante que fuera considerado una habilidad única, sobrenatural, un don divino para algunos o una maldición para otros. Cuando Paolo, que así se llamaba nuestro pintor, retrataba a alguna persona, el sujeto del retrato dejaba inmediatamente de envejecer y en su lugar el tiempo se iba reflejando en el cuadro conforme pasaban los años. La pintura en el cuadro envejece, el retratado no. Así de simple y mágico.
Una versión personificada de la fuente de la juventud, a manos de un pobre pintor que vivía lejos de todo el mundo y de sí mismo. Especialmente ahora que estaba por cometer los peores crímenes imaginables en aras de enderezar un pasado que nunca debió ser y del cual no había nadie responsable más que él mismo.
Pero la historia comienza muchos años antes. Paolo nació en Brindisi, ciudad de la provincia sureña de Apulia. En lo que visualmente veríamos en los mapas como el tacón de esa bota geográfica que es Italia. Brindisi es un puerto que da al mar Adriático, por ende cuenta con una larga tradición de familias de pescadores y artes relacionadas. Su padre, Adriano, pescador de oficio toda su vida y su madre, Angélica, se dedicaba a labores de tejido de redes de pesca y reparación de las mismas; profesión no solamente útil para el negocio familiar sino bastante rentable en el pueblo, al punto que su trabajo era encargado desde ciudades lejanas.
El oficio de Angélica tenía una particularidad que sería muy importante en el desarrollo artístico de Paolo. Ella pasaba casi todo su tiempo en su casa, la número 24 de Via Materdomini. Una casa sencilla pero amplia, con dos plantas de madera y puerta pintada de añil como casi todas las de su época, con un balcón que daba al mar desde el cual se tenía una vista directa sobre el Castelo Aragonese que fungía tanto de faro, indicando la entrada al Porto de Brindisi, como de fortín armado usado en otras épocas más convulsas.
Doña Angélica por tanto se dedicó a dar a su hijo algo que otras familias pobres del pueblo no podían, una educación. Ella poseía una voluntad férrea y paciencia de santa, dos virtudes que si bien cada una por separado es muy poderosa, juntas son capaces de vencer cualquier obstáculo en la vida. Sin ellas jamás habría podido fabricar las intrincadas redes de pesca y mucho menos desenredar los nudos inimaginables de las mismas. Se propuso desde que nació el pequeño Paolo a educarle en las artes y las letras, aprovechando muchos de los escritos que llegaban a manos de los mercaderes que comerciaban en el puerto. Ella misma era asidua de la pintura renacentista, sobre todo de los cuadros de Leonardo Da Vinci, desde que quedó hechizada por la magia de un mural pintado por él en el convento de Santa María della Grazie en Milán, en uno de sus infrecuentes viajes al norte para conseguir materiales y clientes para sus redes.
Una constante queja de don Adriano en esa época, era el sinfín de lienzos, pinceles, tarros de pintura, libros, plumas, papel y demás parafernalia con la que jugaban a aprender madre e hijo. El padre de Paolo era del criterio que uno en la vida debe aprender un oficio, y sólo uno, con el que ganarse el sustento y el de su familia. Eso de pintar, leer y escribir era cosa de ricos y totalmente inútil en la vida. Mucho mejor aprender a preparar el trasmayo, reparar botes, descamar pescado y tomar vino en cantidades peligrosas. En Brindisi la vida es el mar.
Para los diez años de edad, Paolo podía leer y escribir relativamente bien gracias a la guía inquebrantable de su madre; se sabía tres o cuatro tonadas populares en mandolina con las que divertía a vecinos y amigos que pasaban por su casa, obligado por sus padres por supuesto ya que él detestaba ser el centro de atracción. Pintar era otro universo; no se le daba bien para nada el manejo de relaciones de tamaño, formas, combinaciones de colores y diferentes usos de los pinceles.
-Quiero que Paolo sea pintor, pero le ha costado más de lo que creí. Decía Angélica a su marido
-Pues mejor, eso es de maricas. Contestaba secamente Adriano
-No sé, es algo con lo que pudiera ganarse la vida, una profesión respetable. Replicaba ella
-Pero mujer, ¿has visto alguna vez un pintor salido de una familia de pescadores? Le iría mejor ayudándome a pescar, aunque este muchacho se marea con solo ver las olas. Además, los artistas siempre andan en casas de putas. Ríe estrepitosamente y toma un sorbo grande de vino.
-Su mujer lo mira con cariño y sonríe al decirle: ¡Ya veremos!
-No lo dudo, mujer, no lo dudo. ¿Qué hay de comer?
Cinco años después, la vida transcurría normalmente. Las habilidades literarias de Paolo crecían pero su habilidad manual todavía era reprochable. Estaban en ese momento concentrados en naturalezas muertas y paisajes. Cualquier cosa que no se moviera ayudaba a que Paolo se concentrara y pintara mejor. Pero todavía no era ningún Da Vinci, como quería Angélica. Ya al menos algunos trazos en carbón y apuntes de cuaderno salían algo parecidos al sujeto en la realidad, aunque el “sujeto” en este caso fuera un aburrido tazón de frutas o una silla. A Paolo no le hacía mucha gracia pintar, pero amaba profundamente a su madre y se esforzaba por complacerla.
Fue para esta época que Paolo se enamoró por primera vez. Su madre lo había mandado al mercado a comprar algunas verduras para la cena y él como siempre, se tomaba su tiempo zigzagueando aquí y allá, disfrutando del cálido día y la brisa estival. Cuando pasó al lado de la tienda de telas, miró por casualidad hacia adentro y allí, en medio del océano de telas estampadas y colores la vio. Más o menos de su edad, cabello peinado en bucles que caían por sus hombros, tez blanca que contrastaba con dos profundos ojos azules como el Adriático y una nariz delicada que daba un toque final magistral al concierto que componía su rostro.
Paolo no podía quitar la vista de encima, estaba helado y no podía moverse, solo miraba fijamente a esa niña cautivadora. Ella lo notó y después de estudiarlo un rato, simplemente sonrió. La fila ordenada de dientes blancos tras esos labios carnosos y rosados terminaron de llevárselo a otro mundo. El daría lo que fuera por ser capaz de quitar la cara de bobo que debía tener en ese momento y devolver la sonrisa, pero sus músculos faciales no respondieron. Su madre llegó por ella y la tomó de la mano a la vez que hablaba animadamente con la vendedora sobre unos diseños nuevos de Florencia que había en la trastienda. Ambas desaparecieron tras los rollos de telas.