Escarabajos
Siendo muy niño, el tiempo para mí era cuestión de ser observado. Si las hojas de los árboles se desprendían con el viento que suele hacer silbiditos, significaba que el otoño había arribado y que pronto se adornarían las casas con altares de muertos y si el jardín de mi casa era invadido por un montón de pequeños escarabajos dorados, la primavera había llegado y eso significaba que mi mamá pasaría limpiando obsesivamente sus rosales, gardenias y ficus de los hambrientos insectos.
Aquellos pequeños bichos que brillaban como el oro me resultaban maravillosos, y con la crueldad involuntaria que tienen los niños de 6 y 7 años, pasaba capturándolos sólo por la curiosidad de mirar sus formas, sus patitas, sus antenas y colores.
En los años que siguieron, la cantidad de escarabajos que nos visitó fue disminuyendo. La zona circundante a mi casa, que alguna vez fuera un pequeño cafetal, sirvió de terreno para la construcción de casas, lo que seguramente tuvo efectos dramáticos sobre la vida de estos pequeños animalitos. Paulatinamente, año tras año, los escarabajos dejaron de venir hasta que un día ninguno regresó.
Hace unos momentos, de manera inesperada, uno de estos pequeños bichitos entró por mi ventana, lo que trajo a mi memoria lo que acabo de relatar. Me alegra saber que aún quedan algunos de ellos por ahí, revoloteando con sus colores dorados, resistiendo a la destrucción de sus hogares y acordándose de visitarnos de vez en cuando.

