Insomnio I: Terror Nocturno

Maw
Maw
Aug 28, 2017 · 3 min read

Aquella noche el miedo me invadió por completo, desde el cabello empapado en sudor hasta los dedos fríos de mis pies. Dormir jamás volvería a ser lo mismo.

Tenía nueve o diez años, no lo recuerdo bien, tampoco recuerdo con exactitud el día en que sucedió. Yo estaba sentado en la mesa de la sala, hacía mi tarea cuando mi papá llamó para avisar que llegaría a la mañana siguiente con la promesa de comprarme uno de los videojuegos más populares de ese momento, el Super Smash Bros para el Nintendo 64. La idea de tener en mis manos dichoso juego me tuvo todo el día saltando de felicidad, con aquella energía infantil y desbordada que teníamos los niños de los 90s. Pensaba obsesivamente en los personajes que elegiría, en los ataques que aprendería a usar, en historias fantaseosas y en los amigos que vendrían a la casa a jugar. Aquella noche fue difícil concebir el sueño pero lograr soñar sería el menor de mis problemas.

Eran más de la una de la madrugada y ya había contado las ovejas de todos los rebaños que pude imaginar pero el cansancio y el sueño parecían no estar dispuestos a venir a mí. Contar era lo único que conocía para combatir el insomnio, un insomnio que por cierto jamás había experimentado. Se me ocurrió otra cosa, me acosté boca arriba, puse mis manos a los lados, trate de relajarme lo más que pude, evitando todo movimiento, controlé el ritmo de mi respiración y traté de poner mi mente en blanco, fue ahí donde sucedió una de las experiencias más extrañas que he vivido.

Llevaba unos minutos en esa posición cuando de pronto dejé de sentir por completo todo mi cuerpo. Una sensación de vació, de no sentir absolutamente mis brazos, piernas, torso, ni el rostro, una sensación de no poseer un cuerpo con limitaciones y una serie de alucinaciones que ni siquiera logro recordar, me hicieron bruscamente saltar de la cama y dar un grito que hasta el día de hoy recuerdo. Me levanté de la cama con la frente empapada en sudor y corrí a la habitación de mi madre que se había despertado, la abracé y empecé a llorar. No pude relatarle lo que me había sucedido, no encontraba las palabras, no las poseía, fue hasta mucho tiempo después que pude darle forma a este recuerdo.

Aquel terror nocturno no terminó aquella noche, sólo empezaba. Noche tras noche era lo mismo, la cama se había convertido en sinónimo de martirio. Dormir era el peor de mis miedos.

Mis desvelos forzados sólo se habían vuelto el inicio de otros problemas, después de aquella noche perdí el apetito, lloraba por las tardes y por primera vez experimenté la sensación de soledad y tristeza. Mi madre, atemorizada por mi salud, me llevó con un médico general, que nos remitió a un nutriólogo, posteriormente a un psiquiatra y por último con una psicóloga. Ningún tratamiento funcionó contra el terror que experimentaba cada noche.

Me convertí en un pequeñito nocturno que conciliaba el sueño hasta que amanecía, el insomnio había llegado para quedarse, se convirtió en mi relación más estable y duradera.

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Yo le puse putishores a la tristeza.

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