“Te amo” me dijo.
Hace un tiempo que nos conocíamos, me agregó a Facebook porque le gustaba mi novio (eso lo supe después) y quería saber más de él, pero con el paso de los días terminó preguntando cada vez más sobre mí.
Conversábamos cada noche, su forma de platicar era ingeniosa, divertida y cautivante. Me emocionaba leerlo, saber lo que cada noche diría, sin embargo, tenía claro dos cosas: él no me gustaba y yo estaba enamorado de alguien más.
Con el paso de los días las platicas se tornaron más íntimas y comencé a sentir un fuerte cariño. Su trato era tierno y parecía leerme a la distancia, siempre sabía qué decir, cómo animarme, lograba despojarme de la tristeza con mucha facilidad y debo admitir que tenía la extraordinaria habilidad de seducirme a pesar de no sentirme atraído físicamente por él. Sus elogios eran importantes para mí, primero porque no los recibía a menudo y segundo porque mi autoestima era una flor marchita que buscaba desesperadamente quien la regara.
Una noche escribió sobre mis ojos, mi boca, mi cabello, habló de mi cuerpo desnudo como si lo conociera, también escribió sobre mi intelecto, mi sentido del humor, mi tristeza y mi trabajo para terminar todo con un “te amo”. Lo primero que sentí fue una culpa difícil de manejar, siempre he vivido con culpa por mucho de lo que hago, pero esta vez la culpa venía por algo que no podía hacer y eso era contestar.
Al día siguiente, de camino a mi casa, me encontré este pequeñito cadáver:

Y le escribí lo siguiente: Te regalo esta foto, es una mariposa abriendo las alas para mostrar el corazón que no tiene. Así me sentí yo, cuando no tuve respuesta para un “te amo”.
