Eduardo Galeano: El camino de la (des)esperanza

Aquí Galeano con Onetti, su mentor y amigo.
Nos refugiamos en la nostalgia cuando nos abandona la esperanza, porque la esperanza exige audacia y la nostalgia no exige nada.

Así sentenciaba Galeano en una metáfora pensada en el balompié, pero aplicable a la vida misma.

Eduardo Germán María Hughes Galeano hizo camino y carrera al escribir con la sangre que manó de las venas de todo un continente, las injusticias de un nuevo mundo que, a su entender, siempre estuvo al revés. Le tocó ver y vivir en una época llena de incoherencias repetidas, de respuestas a preguntas sin aún formularse, de ilusos de antaño y cínicos de ahora. Fue su espada y su cruz el adjetivo de comprometido, embanderarse hasta en la carne de las historias que cazó y contó; en las causas y en las consecuencias, algo especialmente incomodo en las frondosas carpas del acomodo intelectual que últimamente pueblan el cielo del continente.

Uno de los valores más brillantes de la llamada Generación del 45’ posiblemente la camada de literatos más prolíficos que haya tenido el Uruguay, y por qué no, Latinoamérica en conjunto. Esa misma Latinoamérica que logró reconciliar, con sus palabras.

Decía antes que Galeano fue un escritor comprometido. Y lo fue en toda la acepción de la palabra. Este último adjetivo le granjeó popularidad y respeto, en especial en la contradictoria y romántica izquierda, pero así también una animadversión casi enfermiza. Es que el compromiso es, en ciertos círculos, mal visto. Pero no debe confundirse compromiso con ceguera. No era ningún bobo. No es posible argumentar que esa militancia (otro término demonizado) haya ido en desmedro — parafraseado a Sartre, otro comprometido — de la calidad de su obra, sino todo lo contrario.

Y no es que Eduardo — y me permito tutearlo en honor a la cercanía unilateral que ejerció en mi su obra — haya sido impoluto o libre de equívocos. Sin ir más lejos, incluso reconociendo él los yerros de su considerada obra cumbre y más reconocida, Las Venas Abiertas de América Latina en teoría económica pura y dura.

Su mayor pecado y osadía, y al mismo tiempo acierto literario, fue el de bajar la realidades complejas, fechas y datos y números macroeconómicos a un relato de aventuras, sin caer en la banalidad. Y es que descontando las falencias como ensayo económico, donde sin duda muchas variables se escapan a su escrutinio, Las Venas sigue ofreciendo un acervo bibliográfico importantísimo en materia de hechos históricos — no en las interpretaciones del autor — que lo convierten en un libro primordial para comprender las asimetrías de nuestro continente, aún 40 años después de su publicación original.

Galeano también fue una rara mezcla de periodista y poeta. Alguien que reinventaba la realidad sin dejar de ser fiel a ella, un cazador de historias con olfato y tacto infalible. Ese don para ilustrar hasta el dolor con ternura fue lo que me abrió las puertas al delicado mundo de las palabras cuando tenía 9 o 10 años. Sin Eduardo, yo no sería capaz de escribir éstas líneas. Yo no sería capaz quizás de escribir ni una sola línea.

Así recuerdo, un año después, aún descubriendo en cada línea suya una llamita más de una mar de fueguitos, al que justamente logró anudar, de Tierra del Fuego al Río Bravo, las épocas y tiempos distintos, los ríos y montañas y mesetas; mostrándonos que calendarios y accidentes geográficos de por medio, al final, muy diferentes nuestras esperanzas y desventuras no son.