El Lesotho de Guillermo Barquero: todos los significados, todos los tiempos

En el África llano y desértico, colmado por el calor y el peso de la lentitud, yace Lesotho. Talvez es por eso que Derrame de Petróleo en Lesotho (2016) es una novela árida, llena de descripciones, lenta como vuelve el calor las impresiones y detallada como la arena del ambiente que la envuelve.

Su protagonista llega a Lesotho para trabajar con los enfermos de sida de esa población, llega cargando memorias sobre su infancia, su amada y su familia: memorias de desencanto, enfermedad y muerte, recuerdos como espectros o parábolas que a lo largo de la novela el lector intentará descifrar.

Con el tiempo, nos vamos pareciendo cada vez más a los sitios y a los seres que nos originaron. Me relaciono con los muertos, pensé, como si otro lo estuviera pensando con torpeza. Me relaciono con los muertos, lo sé ahora, en esta ciudad ocre. p. 31

Lesotho realmente debería ser un territorio sin nombre, pues es el lugar donde confluye todo aquello que conforma nuestro entendimiento: la realidad, las memorias y las alucinaciones. Todo lo que hemos vivido resulta fundamental cuando se trata de aprender el significado de lo que nos rodea, entendiéndolo como su esencia. “Todo acá, en cambio, propende a la horizontalidad: la noche y su calidez; el yacer sostenido por las amarras del final; las miradas que evitan el sol violento, arriba, que no cede” , dice el protagonista, y es verdad, porque la horizontalidad es ese trazo infinito que es a la vez el principio y el fin, la inmutable continuidad de la nada, que se encarna en este territorio.

A menudo, en esta novela se hace referencia al mapa de Lesotho, su forma recuerda al corazón de los animales, a ratos un bazo, o un hígado. ¿Por qué una forma grande como la de un país remite a las formas internas, subcutáneas? Lesotho invita a pensar en las cosas que se observan cenitalmente, mirándolas todas juntas, para así tratar de simplificarlas, de unirlas y entenderlas todas como una sola.

Al protagonista se le ha encargado la construcción de una máquina que lleve a los moribundos al movimiento perpetuo, es decir, a la vida. Se le ha encargado regenitalizar sus cuerpos, retabacalizar sus órganos. Sin embargo, las palabras no han sido el móvil principal de este encargo; sino que lo han sido las señales, las imágenes, los mensajes cifrados en los elementos lesothenses. Así, en Lesotho lo primordial es la representatividad del lenguaje, la cual, lejos de estar restringida a las palabras, se encuentra en el entorno, en el movimiento de los cuerpos, en las fotografías que, aunque exactas, revelan a su protagonista diferentes significados cada vez que las mira.

El protagonista de Lesotho lleva siempre consigo una cámara fotográfica; sin embargo, esta tiene un número limitado de cuadros para almacenar en ella. La cámara, al igual que la memoria, está regida por un mecanismo selectivo que alberga únicamente ciertas imágenes, las cuales condicionan nuestra interpretación del mundo y dan significado a nuestra existencia. En el caso del protagonista, su existencia tiene un sentido sombrío, cercano al desecho, como la palabra escoria, que lo acompaña de manera permanente durante toda su vida. Nuevamente, esta novela remite a las subjetividades que median los procesos de representatividad.

Derrame de Petróleo en Lesotho invita a pensar, ¿cómo era la vida al principio de los tiempos, cuando todos los lenguajes coincidían en uno solo, cuando todas las formas eran la misma forma?, ¿cómo sería el mundo, nuestro mundo, si pudiéramos observarlo cenitalmente, fundiendo todas las imágenes que hemos visto, todos los significados que hemos aprendido? ¿Cómo sería, cómo se sentiría ese gran todo, el cual, a la vez, quedaría resumido a nada?