La vida: un rompecabezas

Compraste aquel rompecabezas un invierno de tantos. Dudamos entre varias opciones: teníamos a Van Gogh, a Da Vinci y a Degas; teníamos también a los Beatles cruzando su famosa Abbey Road. Finalmente, nos decidimos por El Beso de Gustave Klimt: una hermosa imagen que veríamos colgada en la sala de la casa o en la biblioteca, una manera entretenida de compartir aquel invierno y la promesa de verlo colgado un día sobre la pared. Hiciste, pues, la pensada compra.

Esa noche llegaste a mi casa, 8 pm. Botella de vino en una mano; en la otra, el rompecabezas. Copas sobre la mesa. Abrimos la caja y saltaron ante nuestros ojos aquellas piezas desordenadas: piezas vivas, inquietas y dispersas, como nosotros. Era El Beso de Gustave Klimt revuelto y pulverizado en la licuadora: las bocas de los amantes torcidas con espirales incrustadas en los ojos; aquel beso nadando en una masa de cabellos revueltos entre dedos y flores. Hicimos, pues, las respectivas libaciones; sorbimos el vino, y tomando aquella lluvia torrencial por música, dimos inicio a la misión. Vos avanzabas rápido; yo, para no perder la costumbre, era más lenta. Habías avanzado bastante y mi mano, desde el otro lado de la mesa, cruzó hasta vos para desordenar frenéticamente todas tus piezas. Medio en broma, medio en serio; no soportaba que avanzaras antes que yo.

— Comete las piezas del rompecabezas — Y trataba de metértelas en la boca. — ¿Pero qué te pasa! ¡Estás loca! — Y nos moríamos de la risa.

Una pieza del rompecabezas era inencontrable. Y vos, con la chispa de una llama amenazante:

— Esa pieza… espero que no se haya perdido. ¿Entendés? Se vería feo.

Y yo, levantando los ojos con cara de perra que se huele el humo:

— No habré sido yo.

Y por dentro: “¿Habré sido?” El famoso “Y si…”, cuando el otro te hace dudar .

La dinámica se repitió un par de fines de semana más. Vino, rompecabezas, competencia y risa. Siempre la risa.

Pasó aquel invierno y del rompecabezas no se habló más. Llegaron aquellas tardes soleadas, las de fotografías, ocio y café; siguieron los conciertos y las fiestas; las largas charlas en que desarmábamos y reconstruíamos el universo entero. La ilusión de sentir la vida, cual balón, en nuestras manos; el placer de pasárnosla, hacerla girar y analizarla; el hermoso deporte que es divagar. Definitivamente, no había espacio para el silencio y la quietud requerida para la reconstrucción de aquel beso distorsionado. Somos jóvenes, somos movimiento; la vida nos espera, girando.

Pasaron , entonces, los meses; y el rompecabezas, desde el suelo y con sus ojos distorsionados, nos miraba incompleto.

Las piezas empezaron a llenarse de polvo, procedí, entonces, a limpiar el rompecabezas parte por parte. Era, sin duda, una tarea complicada: separar las piezas y limpiarlas por pequeños sectores, para, finalmente, volver a unirlas. Lo hice un par de veces y después me harté: semi armado como estaba, metí el rompecabezas en una bolsa de basura y lo escondí debajo de la cama. ¿Qué no habrá escuchado desde la oscuridad de aquel subsuelo ese rompecabezas? Nosotros agarrados del pelo, nosotros muertos de risa. Las preguntas, los silencios, las certezas y las mismas preguntas otra vez; todo se estaba yendo cabeza abajo, nuestras certezas deslizándose al vacío, rodando por las oscuras gargantas de aquel beso a medias de Gustave Klimt.

Un día caímos en cuenta de que yo no había nacido para los rompecabezas, había que aceptarlo. Te fue asignada a vos, entonces, la tarea de armar aquel armatoste. Te llevaste el rompecabezas a tu casa; te ocupaba la mitad de la mesa y casi la mitad del cuarto. La situación fue la misma: el rompecabezas estancado en el tiempo; los amantes nadando por partes, luchando por encontrarse entre la distorsión de las flores ajadas por el polvo.

Han pasado varios meses desde que terminamos y hoy venís a mi casa. Yo te estoy esperando con tus cosas listas sobre la cama. Es La devolución de los peluches: ese extraño e incierto momento que tarde o temprano a todos nos ha de llegar. Vos estás feliz, traés entre las manos cosas que había olvidado que eran mías y, para mi sorpresa, el mamotreto del rompecabezas.

— Esta cosa me estorbaba demasiado, tenía que traértelo — Me decís sonriendo. Yo me río también. Veo El Beso de Gustave Klimt perfectamente armado y te abro la puerta. Acomodamos todo y te invito a tomar un café; la respuesta, asumo, será negativa, pero tenía que intentarlo.

Primer taza de café, le acompaña un cigarro; había que amortiguar la tensión. Me contás qué es de tu vida y yo te cuento de la mía, nos reímos. Otro cigarro más. Nos decimos todo lo que ya sabíamos; lo que no hace falta decir lo sabemos también. Otro café. Bromeamos y reímos de nuevo. Ya nos fumamos todos los cigarros del paquete, también nos tomamos todo el pichel de café. Nos miramos infinitamente a los ojos sin decir nada, y sabemos que cada uno está bien. Finalmente, llegó la hora de despedirnos; no sé cuánto tiempo habrá transcurrido desde que llegaste; si serán horas, minutos o flores las que compusieron este hermoso y necesario paréntesis que la suerte nos regaló. Nos despedimos y te veo alejarte: te vas.

Hoy me siento en el sillón de mi biblioteca y me detengo a contemplar con el gusto del ocio el rompecabezas de Gustave Klimt; finalmente está terminado. Me detengo ante sus piezas diminutas y perfectas, armoniosamente ordenadas. Cada pieza una cuestión de suerte, cada engranaje una elección; la belleza de los eslabones cuando calzan, de lo que acontece en su preciso momento; no antes, no cuando quisimos, no después.