Los hilos de Samanta Schweblin: vértigo y desequilibrio

Mientras agoniza en una sala de emergencias, Amanda reconstruye para David el episodio más significativo de su vida. Al tiempo que Amanda relata sus recuerdos, las intervenciones de David se insertan en su vívido pasado, con la intención de ayudarle a recordar los detalles fundamentales para la reconstrucción de su historia, detalles que David necesita conocer.

Distancia de rescate es una historia que transcurre en línea recta, pero no por ello unidireccional: casi sin darse cuenta, el lector se desplaza al mismo tiempo hacia adelante y hacia atrás: mediante un único diálogo, Schweblin lleva al lector por diferentes espacios, por diferentes conversaciones, y le hace saltar del presente al pasado en cuestión de una línea.

Insertas en la historia de Amanda, las voces de los distintos personajes ubican (y desubican) al lector en un orden cronológico distinto: las intervenciones de David lo mantienen en el presente; la historia que cuenta Amanda, en el pasado; y dentro del pasado mismo, la historia de Carla lo transporta a un pasado aún más lejano. A manera de muñecas rusas que jugaran con el tiempo, el lector escucha una voz que va de la mano de otra; la cual, asimismo, va de la mano de otra. Así, la novela de Schweblin nos recuerda que los diferentes aspectos del tiempo no son más que una línea consecutiva de acontecimientos en esa constante que es el presente.

Amanda no narra, sino que revive, como quien sueña, cada uno de sus recuerdos, lo que causa la sensación de que estos ocurren en el presente; debe apresurar la reconstrucción de sus memorias, pues le quedan pocas horas de vida; no debe detenerse en nimiedades, pero tampoco puede dejar pasar los detalles, porque cualquiera de ellos podría ser el detalle clave, el elemento que David está buscando. El tiempo es vital en esta novela; los detalles, también.

Amanda y su hija Nina están de visita en el campo y entablan una amistad con Carla y con su hijo David. Una tarde, David prueba el agua del río y resulta intoxicado. Desesperada, Carla recurre a una curandera que le propone algo insólito: mudar el espíritu de David a otro cuerpo para salvarlo de la muerte: pero no toda el alma del niño abandonará su cuerpo, sino solo la mitad de ella. Una mitad del alma de David se mudará a un cuerpo desconocido mientras la otra quedará viviendo dentro del mismo. ¿A dónde irá el alma de David una vez que abandone este cuerpo?, ¿qué pasaría si tuviéramos la oportunidad de salvar la vida de un ser querido, con la condición de que su espíritu more en otro lugar? La mirada perdida de David, las manchas en sus manos y en su rostro; los pantalones de Nina, mojados con rocío o veneno quizás; así como las deformidades de los demás niños del pueblo, todas son señales de una intoxicación devenidas en elementos incomprensibles y siniestros que acompañan la migración de un alma.

La novela de Schweblin se lee de una sentada; esto no es una metáfora, es un hecho. Se trata de 95 páginas hechas para leerlas sin detenerse, con la inmediatez de lo que ocurre en el presente, pero que al mismo tiempo, ya no se puede cambiar; el lector, al igual que Amanda, no tiene tiempo para distraerse. No me atrevería a determinar en dónde está su clímax, pues la novela constituye un clímax en sí misma. Hacia el final del texto se dibuja un desenlace, pero este es apenas un esbozo, un bosquejo que no termina de dibujarse sino en la mente del lector; bien podría tratarse de una alucinación, de un sueño o de una ficción que ocurre en la mente de Amanda; y bien parece que, finalmente, esto no es lo importante.

Distancia de rescate transcurre en un hilo que podría reventarse en cualquier momento, se trata del hilo frágil que es la vida misma; tal como sucedería en una sala de emergencias, este texto se desarrolla en clave de alerta, en la que cada instante es vital.

Es por eso que de esta novela me quedan los hilos: el hilo de tensión que la atraviesa y del cual pende el lector cuando la lee; el hilo que puede medir una distancia de rescate, el que se corta cuando perdemos el control de lo que sucede con nuestros seres queridos; los hilos con los que David juega en su casa. Me quedan el pasado y el futuro, que no son más que hebras constitutivas de ese hilo constante que es el presente, el mismo del que cuelgan la ansiedad y la incertidumbre. Y finalmente, me queda el perder el equilibrio sobre ese hilo delgado, casi imperceptible, el que separa y corta fino cuando se sirven en un mismo plato la realidad y la ficción.