Para Valín
Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Eclesiastés 3:1

Valín va a morir y los sabemos. Hoy hace un año Valín dejó de caminar. Lo encontramos una mañana tendido con la lengua afuera y los ojos en trance bajo el sol punzante del medio día, su alma parecía esfumarse con el calor de aquella mañana de verano. — Es una crisis — dijo el doctor — , puede que un día no vuelva a caminar. No va a morir naturalmente — nos advirtió — , ustedes tendrán que decidir cuando dormirlo.
Pasó un año y hoy es el día que escogimos para dormir a Valin. La mañana nos sorprendió con un aguacero lento y poderoso, una mañana de lunes gris, singular como ninguna otra del año; la lluvia anunciaba el cambio.
Valín fue el último regalo que me dio mi papá; aún recuerdo el día en que lo conocimos, hace dieciséis años. Fuimos a la que entonces era su casa y ahí, entre un montón de perros recién nacidos, estaba Valín. Yo lo escogí a dedo por ser el único de cabeza negra, y entonces mi papá lo tomó entre sus dedos y con una sola mano lo cargó; aún recuerdo aquello como una foto: esa mano gigante y blanca cargando un ser tan pequeño que se retorcía tratando de escapar de ella. La madre de Valín pasó en ese momento cerca nuestro, la recuerdo vagamente como a un fantasma blanco de manchas negras, como un espectro cuya forma no termino de dilucidar.
Así pasaron los años y la presencia de Valin nos acompañó siempre, constante e inadvertida: me gradué de la escuela, del colegio y de la universidad; murió papá; mundo loco, quién hubiera pensado que aquel regalo me acompañaría por más de la mitad de mi vida, por más de lo que papá mismo pudo hacerlo. Murió Valín y ya soy una mujer, pero cuando recuerdo sus ojos y le hablo, sigo siendo la niña de diez años que no quería separarse de él.
Cuando ví a Valín por última vez no pude evitar que se conmoviera mi corazón, sus ojitos seguían abiertos; acomodado en posición fetal con sus orejas hacia atrás, se veía tan tierno como el día en que lo conocí, como ese ser inocente e incondicional que siempre fue, superior a las cosas insignificantes que conforman este mundo vacío y retorcido. Eso de que todo en este mundo es vanidad es totalmente cierto; nunca lo vi tan claro como hace unas horas, en el momento en que vi por última vez Valín.
Murió Valín, y con él una parte de mí; se me fue la infancia, la inocencia de pensar que las cosas en el mundo se hacen solas, la ilusión de que mi buena suerte responderá por mí. Se me fue lo que de por sí ya se me iba; el tiempo es una gran rueda que arrasa con todo sin tener piedad. Se me fue Valín y sólo me queda el vacío de no verle más, de no pensarle más. Me queda el vacío de la vida adulta que me envuelve y me sobrepasa, que cada día me abraza con su soledad.
Cuando Valín envejeció sentí que yo era la niña de sus ojos, cuando sus ojos transparentes de anciano me miraban supe que nunca maduré, que nunca entendí lo que era la vida y que su sabiduría me superaba en todos los sentidos.
Lo enterramos en nuestro patio, el que fue felizmente su hogar, para que desde la tierra siga llenando de energía ese que fue su territorio. Pensamos sembrar muchas flores.
