El adiós del Maestro de las Palabras

El Maestro de las Palabras se reclinó en el asiento del bar mientras jugaba con el resplandor que los hielos de su vaso de whisky mostraban a la luz de los viejos focos amarillentos.

Su humor era algo melancólico. El sabor de la bebida alcohólica le sabía a la nada misma al pasar por su garganta, quemándola en cada trago. Miró los apuntes que tenia sobre la mesa. Los manuscritos se le amontonaban uno tras otro, como si los vomitase. Todos los retazos de historias estaban increíblemente escritos. Los adjetivos combinaban con los sustantivos de forma exquisita, los verbos contaban las historias de forma efectiva y las metáforas unían mundos distantes con relaciones ingeniosas.

Escribir ya le aburría. Le aburría sentarse en aquel bar, le hastiaba imaginarse nuevos mundos y dibujar a sus personajes con cada letra. Las crisis existenciales con la escritura -que tenía cerca de tres veces al mes- también lo estaban cansando.

Se había divorciado de las musas y de cualquier ser humano que se creyera imprescindible en su vida. Las mujeres le parecían un mal necesario supeditado a una necesidad biológica. El amor, un cliché sin sentido construido por miles de cínicos como él que se esmeraban en venderlo cual auto nuevo.

Las miraba, no podía negarlo. Al fin y al cabo era un humano. Deseaba también divorciarse de la parte baja de su cuerpo y poder aislarse finalmente de todo tipo de contacto con cualquier cosa que se asemejara a una persona.

Por la ventana de siempre miraba a una rubia sentada en el bar de en frente -ninguna rubia entraba jamás al bar donde él se encontraba, excepto que estuviera acompañada por alguien que no quería ser visto-. La chica conversaba animadamente con su amiga, pelirroja. Reían mientras se fotografiaban a sí mismas, a sus jugos con propiedades antioxidantes y bajos en calorías, a la cartelería del bar y a cuanta cosa les pareciera relevante mostrar al mundo. Hacían caras estúpidas, envueltas en el intoxicante ritual de armar la vidriera de la vida.

No las escuchaba, pero no necesitaba hacerlo para entender de qué hablaban. Las conocía a todas, de principio a fin. Es más, sabía que para que cualquiera de esas mujeres lo amara le harían falta solo cinco minutos y un pedazo de papel donde pudiera escribir tres metáforas baratas sobre sus ojos, piel y cabello. Y esto no era para nada un mérito de su gran habilidad para escribir, así habían hecho carrera millones de pelmazos con una guitarra al hombro.

La vida se le había vuelto tan predecible, que incluso el suicido le parecía un final demasiado cliché.

Miró la mesa garabateada por generaciones completas de adolescentes enamorados, miró los papeles que se extendían a su alrededor. Algunos manchados de cafe, otros mojados por usarlos de apoya vasos. Abrió su maletín gastado sobre la mesa y dejó caer allí el resto de su obra.

Se desajustó la corbata, dejó su chaleco de vestir a un costado. Se desabotonó la camisa y recordó que debajo de ella había una de esas remeras de moda que jamás usaba pero que hoy, parecía estar ahí por una razón. Dejó sus lentes de marco grueso junto al resto de su ropa y se levantó.

Nadie en el bar preguntó nada mientras salía por la puerta. Caminó apaciblemente por la calle sin mirar atrás. De a poco su figura extraña se mezcló con la muchedumbre y ya no llamó la atención. Se vio a sí mismo sonriendo y saludando personas que no conocía y jamás conocería y yéndose de aquel bar para jamás volver. Sintió cómo el peso del mundo se alivianaba de sus hombros mientras su cabeza se llenaba de preocupaciones como la posición de su equipo favorito en la tabla del campeonato de fútbol, o la mejor forma de pasar un fin de semana con amigos. Sintió la suavidad de la piel, hastiada por el roce del papel y las manchas de tinta, regresar poco a poco. Y olvidó por completo cómo eran las reglas de estilo, concordancia y composición. Sonrió aliviado.

Quizás el mundo no es lugar para personas como el Maestro de las Palabras.

O quizás, el Maestro de las Palabras jamás existió.