La epifanía Millennial. Sí, con mayúscula

Menos mal, desde que decidí escribir “algo” todos los días, me he encontrado con motivos inspiracionales para hacerlo — tampoco es gran triunfo, tomando en cuenta que llevo tres jornadas recorridas con este propósito— . Hoy, a mis móviles se unen los cinco minutos de paz entre el trajín electoral en los que leí la columna de Enrique Krauze.

El título inmediatamente llamó mi atención: “El misterio de los Millennials”. La mayúscula es seductora para cualquiera de nuestra especie, es ya consabido que nos gusta sentirnos incluidos e importantes. El que tomen nuestra opinión en cuenta nos derrite. Sobre todo en un mundo en donde las jerarquías de la generación X y de los baby boomers creen tener la panacea para la jaqueca que acecha al mundo. Está claro que no es así.

Entiendo que el misterio del que habla Krauze es: ¿por qué los millennials (mexicanos) estamos tan poco interesados en la política? ¿por qué no hemos creado plataformas similares a las que existen ahora en España, que tratan de ser un contrapeso a los partidos tradicionales?

Voy a hacer el intento por responder a estas preguntas. Hablaré por momentos en plural, aunque mi opinión no es universal, pero me sigo identificando con el grupo “millennial”.
Me permito ponerle una nota al pie a la columna de Krauze: él excluye, y da sus razones, a la subespecie… perdón, a la subcultura que conocemos como “mirreyes”. A ese término sí le quito la mayúscula original. Para dejarlos de lado, el columnista habla de aquellos que tienen un ideal más allá del dinero o del alcohol, así que, por default, también remueve de la discusión a los jóvenes que ni siquiera pueden pensar en un ideal como este, el debate, por tanto, se centra en millennials de clase media o media alta que tienen las posibilidades y la educación suficiente como para crear argumentos alrededor de temas políticos. Es decir, aunque tengas 24 años, si a duras penas obtienes el salario mínimo y tienes que ver por una familia de 8 personas… la política no queda en un segundo plano por decisión, sino por sentido común. 
¿Es la política ocio puro?… Supongo que “más o menos”, pregúntenle a Maslow sobre el tema.

Una vez aclaradas estas salvedades…

Uno de los ejemplos que Krauze da acerca del poco interés en la política de los millennials es el fracaso del movimiento YoSoy132. O si no fracaso, por lo menos consumación efímera.

Y aquí va mi primer punto, ¿no será que los millennials simplemente estamos muy decepcionados? Y que, además, el desencanto político es algo cíclicamente generacional. Recordemos el movimiento estudiantil del 68, que también acabó rápido, en circunstancias distintas, porque el Estado fue un tanto más represor — apunto que durante las movilizaciones del YoSoy132 sí hubo coacción, tuve amigos metidos en este meollo —, pero al fin y al cabo, luego de ambas manifestaciones de casi 40 años de diferencia, hubo una generación que quedó en silencio. 
Esta decepción también nos llevó a ser reticentes y poco crédulos ante el poder de las redes sociales. Estuvimos a punto de tener una primavera social mexicana, mas el invierno le llegó, y con él, los tuits se congelaron sin ver su nacimiento en la práctica.

Segundo. Entre más conozco a la política y a los que de ella viven, más me doy cuenta de que es un rubro de vida tradicional. Muchos de los jóvenes que hoy están en el PRI tienen familia en el partido, lo mismo ocurre con otros grupos parlamentarios. A la mayoría de los millennials la tradición nos causa bastante conflicto. Respetamos lo antiguo pero creemos que lo novedoso puede comerse sin problemas al status quo. La partidocracia es dinosáurica, pasamos sin ver.

Tercero. No ha aparecido un líder que conecte con la audiencia millennial. México no ha tenido un fenómeno Bernie Sanders. Esto se debe, tal como bien apunta Krauze, a que la legislación actual no hace más que poner candados: nada nuevo bajo el sol. No veo a un dirigente político de 70 años mexicano que diga: los jóvenes son la onda, apostemos por ellos. Lástima.
¡Vaya! Hasta los intelectuales siempre traen un sesgo, nos damos cuenta y no nos gusta: ya nos causa bastantes problemas identificarnos con izquierdas y derechas. Fuera las ideologías rumiadas.

Cuarto. Nos creemos ciudadanos del mundo. Hay demasiadas voces en el planeta y a todas las queremos escuchar. Nos comprometemos a medias con causas que, nos parece, tienen más futuro que las del país. Consumir local es algo más importante y que genera más impacto — según nosotros — que salir a votar. ¿No me creen? Ya se verá el gran fracaso del voto joven para la Asamblea Constituyente.

En pocas palabras, somos inventivos, pero también estamos abatidos. ¿Qué invención se nos puede ocurrir para un sistema putrefacto?

¿La esperanza? ¿Lo que puede reapretar nuestro botón de “stand-by”? Tengo la sospecha que la generación que nos sigue. Ellos aún no se han dado de topes contra unas elecciones en las que gana el PRI pese a la inconformidad general.
Di clases un tiempo justo a gente que nació después de 1998. Son curiosos y muchos de ellos traen una decisión implacable. Cuando tuve contacto con ellos aún no les interesaba la política, pero creo que con el tiempo pueden verla como una necesidad ante el hambre que tendrán por tener un país ideal. Es cierto, confío en que ellos son todavía más idealistas que nosotros. Si apareciera un líder entre la generación Z, los millennials, con nuestras ganas de ser reconocidos, de pensar diferente, respaldaríamos la exigencia de un país que precisa un cambio urgente de sistema.

Tendríamos, al fin, la epifanía Millennial que le hace falta a México.

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