La Sonrisa De La Muerte

No hay un recuerdo exacto del día que todo empezó. Hay tres breves fragmentos, pero los tres son de distintas estaciones del año.

El primero ocurre posiblemente a principios del verano de 2010. Se decidió empezar YA, sin planificar, porque eso de empezar los Lunes parecía un cliché demasiado horrible. El experimento duró dos minutos. Fue una experiencia aterradora, ésta fue la primera vez que vio la muerte, e increíblemente, al verla siguió corriendo hacia ella. Un minuto después no tuvo otra opción sino detenerse.

En aquel entonces vivía en Aachen, hermosa y pequeña ciudad ubicada en el centro de Europa, justo en el punto de encuentro de Alemania, Holanda y Bélgica. Un sueño de ciudad. Verde. Hermosa. Amable. Aachen fue la ciudad dónde se sintió realmente feliz por primera vez luego de 27 años de vida. Vivía en ese entonces con quien luego sería su esposa y con su perro, en una zona llamada Burtscheid. A un par kilómetros de Burtscheid se encontraba un pequeño bosque, espléndido y verde durante la primavera y el verano. Majestuoso durante el otoño, y espectacularmente frio y blanco durante el invierno. Hermoso de maneras muy distintas durante cada estación. Este sería el principal escenario de este inicio. De esta nueva etapa.

Luego de unos 10 minutos en bicicleta llegaron al bosque. Enérgicos y dignos, dispuestos a empezar. Intentó correr como solía hacerlo, empezó a la velocidad que acostumbraba, o a la que al menos recordaba. Un paso tras otro. Después de un minuto, empezó a ver manchas, paso a paso todo fue empeorando hasta llegar a verlo todo borroso. Esa imagen borrosa era una visión muy clara de la insalubridad, la visión borrosa de una vida indigna y vergonzosa. Luego de saludar a la muerte se detuvo.

Conforme pasaba el tiempo la visión se aclaró. Empapado de sudor, y parado en el medio del bosque se recuperaba poco a poco, sintió que la muerte se alejaba, y al hacerlo casi pudo ver como la maldita le sonreía. Ver como pasaba el peligro en lugar de alegrarle, le enfureció. No por querer morir, sino por la súbita vergüenza de no haber podido completar ni dos minutos de trote. Ese sentimiento de vida indigna le motivaría innumerables veces después, solo que en ese momento no se lo podría haber imaginado. Esa terminó siendo su carnada perfecta para encontrar motivación.

Nunca olvidaría el contraste entre su nauseabundo cuerpo, incapaz de dar más de tres pasos seguidos, y ese hermoso bosque. Ese recuerdo estaría ahí más adelante. Años después aún sería una inagotable fuente de motivación.

Guardó silencio, y ya tan recuperado como molesto, regresó a la bicicleta. Angelika a su lado, bastante desconcertada. Regresaron a casa.

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