Embrollo de un lector en el transporte público

Sí querido lector, tú que has interpretado en carne propia las peores historias (o mejores) aunque aquí me ocuparé de lo primero, sabes mejor que nadie lo que es leer o tratar de leer tu libro con no sé, digamos, 60 personas a tu alrededor en un vagón. Obviamente depende del transporte el tipo de embrollo del que estamos hablando. En mi caso, vaya que me han sobrado las ganas de gritar para que nadie que se encuentre comiendo se me acerque y así eliminar por completo el riesgo de salpicadura de mango con chamoy en mi libro. Esa es una de las pocas ocasiones en las que envidio a los lectores kindle. Really guys, ustedes solo pasan el trapito de los lentes y ¡listo!

El bello lector durmiente

Has llegado al final de la historia o terminado algún capitulo, y de pronto se va mezclando el cuento con el ruido de la ciudad. Te quedas profundamente dormido. ¡Traz! azotas a consecuencia de una mala maniobra del ecobus por llegar mas rápido a su destino (a el suyo, porque no creo que el de los pasajeros le importe mucho) el libro vuela pero termina por ser pasta o páginas terriblemente dobladas o víctima del suelo polvoriento. Ahí quedo su alma. Intentas desesperado limpiarlo, sacudirlo, planchar con 50 enciclopedias sobre éste y no morir en el intento. Esa sensación de pánico por breve que sea es una de las peores. Dulces sueños. O no.

El lector kindle

¿Qué si soy old school? quizá, compraría un e-reader solo para leer precisamente en el transporte público. Pero no todo es miel sobre hojuelas para este tipo de lector pues estoy pasando por alto una variable muy importante. ¡Es un lector kindle en México, Mexique, Mexiko! O sea, si bien la cuestión de los accidentes con comida o cualquier otra sustancia extraña se vuelve relativamente fácil de limpiar los asaltos no son tan sencillos de librar.

El lector hipocondríaco

Estas sufriendo en el MB parado porque sus asientos son incómodos o sus agarraderas no evitan que choques involuntariamente contra otros pasajeros mientras sostienes tu libro con la otra mano y tratas de volver al párrafo donde te quedaste. Todo parece bajo control. Eres un equilibrista, a tu acto sólo le faltan 2 Km para concluir, puedes hacerlo. Puedes terminar el capitulo sin ningún rasguño o al menos para tu libro hasta que se planta al lado de ti un señor con una gripe infernal. Oh, oh. ¡Todos, rápido cúbraaaanse!

Estornudo. Escurrimiento nasal. Todo al lado de ti. Felicidades has salvado a los demás pasajeros de contagio. No puedo decir lo mismo de tu libro infectado. O si has tenido suerte con los reflejos y ahora tu espalda merece el titulo al héroe del día. Llegando a casa descubres un mosquito aplastado, no tienes idea cómo llego allí, te convences de que será útil como separador pero en realidad quieres de nuevo gritar. Whyyyyyyyyyyyyyyy?

El lector come niños

No malentiendan a este extraño, pero peculiar lector. Le pueden gustar los niños, le parecen simpáticos. Pero no en su biblioteca, mucho menos sentados a su lado en el micro. El nivel de peligrosidad aumenta si tiene una paleta. Peor si todavía no pasa del metro veinte de altura y sus piecitos cuelgan con unos tennis prueba de que ha pasado el día entero jugando o sus manitas escurriendo de jarabe de grosella. Con una carita que pregunta ¿qué lees?, ¿me lo prestas? o se levanta del asiento o sube sus pies, todavía no es lo suficientemente fuerte para no balancearse o caerse por la imprudencia del conductor, no le queda más que sostenerse de tu brazo escurriendo una gota de grosella sobre tu frase favorita o de plano dejar la huella de su mano en un elegante tono grosella quedando plasmada para la eternidad. Llega a su destino, te quedas inmóvil de no creer lo que acaba de pasar. Ánimo hombre, que ahora podrás poner esa mano en un cuadro y adornar un poco tu escritorio.

El lector incomodo

Que se te ha olvidado el libro, la revista o en su caso las copias.

Piensas, como de alguna manera puedes resolver este embrollo. Que puedes ver a través del reflejo de la ventana para tratar de leer lo que es de tu vecino colectivo. O mejor cambiarte de lugar a aquel asiento vacío donde un señor que se nota bonachón esta leyendo el periódico, tal vez si giras tu cuello delicadamente compartiría sin saberlo su lectura. Pero también podría ser economista, quedando tus planes frustrados para terminar leyendo sobre cosas que para ser sincero después de 8 horas en la oficina no quieres tratar de entender. No, buscas algo de ciencia ficción (quizá las lecturas de nuestro amigo economista no se alejen mucho de ese género solo que sin naves espaciales). La pregunta es: ¿dónde?

Después de una sobre elaborada maniobra logras al fin resignarte a leer los whatsapp del tipo que discute en el grupo de padres sobre el color de la cartulina que llevaran mañana sus hijos.

El lector sándwich

6.00 de la tarde. Viernes.

Has salido del colegio, tienes hambre pero quieres llegar lo antes posible a casa a tirarte los zapatos y tumbarte en la cama. Compras un sándwich. De jamon. O de queso. De jamón con queso, más berenjenas. Listo.

Bajas hacia el andén cuando te percatas que no puedes bajar más pues hay un montón de gente. Pasan 1, 2, 3, 4, 5 trenes antes de que puedas bajar al menos a la linea de mátese ahora o nunca. Al lado una oferta del 50% en planes funerarios. Gayosso. Aún mejor, piensas: Mátese ahora o pagué a meses sin intereses. Una sonrisa burlona aparece en tu rostro como es usual. No. Not today.

Pim. Pim.

Se abrieron las puertas del vagón, te ha pillado el tiempo y te quedaste sin lugar por estar pensando. Vale, que de todos modos ya estabas cansado de estar sentado después de seis horas en el cole. Sientes como una avalancha de gente no deja de entrar. ¿Carritos de payasos? ¡Que va! si esto le da la vuelta.

Ok, aceptas que es hora pico pero ¿escuchas? sí es la sirena de la ambulancia que desearías viniera en camino para salvarte de morir pero de asfixia. Ya no te hace gracia. Entre todo el embrollo recuerdas que tenías planeado leer en el camino y que has puesto tu bocadillo en la mochila. Misma mochila donde traes el libro. No, yo tampoco creo que sobreviva. El libro.

El lector 0 decibeles

Estos lectores tienen todo mi respeto y admiración.

Imagínate estar en el clímax de la historia cuando…

Y si con otro pasas el rato 
Vamos a ser feliz, vamos a ser feliz 
Felices los 4 
Te agrandamos el cuarto

Y si con otro pasas el rato 
Vamos a ser feliz, vamos a ser feliz 
Felices los 4 
Yo te acepto el trato

En una bocina junto a tu oreja derecha. Durante tres o cinco minutos tratas de seguir leyendo pero optas por disociar, abstraerte. Sale. Continuas un poco estresado hasta que te plantan un paquete de tres chocolates por diez pesos, mira que no te los han puesto en las piernas o encima de la mochila. No, encima de tu libro, el cual estabas leyendo. Levantas la mirada y tu álter ego dice: ¡Carajo!

Tú devuelves el paquete.

El lector vs los paraguas del mundo

El lector sale del café y cruza el puente. Se dispone a esperar apacible el RTP.

Llueve.

15 minutos después pasa el RTP afortunadamente algo libre. Un asiento lo espera. Sube, se queda un rato mirando, se da cuenta que no esta soñando y lo toma antes de perder la oportunidad. Saca su libro, mientras lo lee la lluvia se convierte en tormenta tropical o al menos así le parecía a él. Se llena el pasillo de paraguas escurriendo, chocando entre sí. Pareciera que danzaran. Un tipazo inconsciente trae uno de mano que se lo ha dejado en la muñeca mientras se sostiene del tubo va mojando a media gente. El lector le pide por favor que baje el paraguas. Pero llegan más, muchos más, unos que apenas van siendo cerrados por sus dueños, algunos casi le sacan el ojo, otros tratan de hacerle un nuevo peinado o jalan los pocos pelos que le quedan. De a poco se va desalojando el área.

Se libra el lugar a su izquierda, el señor del paraguas de mano se sienta. ¡Cuidado! le reclama, una gota asesina cae en su mano, por poco en el libro.

El insensato pide disculpas haciéndose el ofendido. Cae una gota en el libro.

Venga señor, que no me ha escuchado que le he pedido tenga cuidado. Cae otra. ¡Escúcheme! ¡Que yo no le he tirado nada, ya he guardado mi paraguas paranoico! Otra más. ¡Cínico, pero mi libro me lo va a pagar! Tarado, que no te has dado cuenta que te cargas una gotera sobre ti. Imbécil.

El lector sin amigos

Tocan el timbre y Ana apurada abre la puerta. Hola Teo, Laura, ¿cómo han estado?

Bien Vale, bien, bien. Qué gusto. Pero pasen, ¿quieren chai o earl grey?

Agua esta bien. Enseguida. Menuda colección que te has montado Valeria. Gracias, la verdad no fue algo deliberado, un día vi que necesitaba un librero. Era yo o mis libros en la habitación, además en la sala quedan bien.

Un día me tienes que prestar alguno. Claro Lau. El que quieras. Pero mira Teo es el de Foster Wallace que no encontramos por ninguna parte. Infinite Jest. El mismo. Ana se acomoda en el sofá, pasa su mano por su oreja dejando detrás su cabello. Sí, me costo mucho trabajo conseguirlo. Un amigo me ayudó. Pero que buen amigo, no como nosotros que casi no te vemos. Pero no es culpa nuestra, Vale nunca está, replica Teo. Y si está no nos abre. Risas.

¿Están seguros que no quieren un earl grey?

He cambiado de proveedor, no tengo de que quejarme.

No, estamos bien.

Valeria se rasca la cabeza y sonríe a Teo. Frota sus manos contra sus rodillas y finalmente se levanta del sofá. Mira pero que bonitas uñas. Gracias Vale, si quieres te paso el número de la genia que las hizo. Me encantaría. ¿Quieren saber algo gracioso? Encontré unos guantes de látex perfectos para leer. ¿Quieres probarlos? seguro te quedan bien. Mientras ansiosa Valeria le pone los guantes a Laura, se asegura de que están sudosas al hacer el cumplido sobre sus uñas. Teo no deja de pasar las páginas de varios libros sin cuidado. Listo, pero que bien te van. Vale, estoy viendo qué me vas a prestar para leer no apuntándome a la escuela de medicina. Tienes razón, por qué no nos sentamos. Porque me apetece seguir viendo tu colección, pero si tú no quieres solo dilo. Es absurdo, yo soy la que te he dicho que te presto lo que quieras. Pues estoy comenzando a pensar que es una broma. No, sólo tengan cuidado. Pero si no tengo las manos llenas de pastel, tranquila Valeria. Pero sí sudan. ¿Qué? que te sudan las manos. ¿no me tocaste las manos para ver mis uñas, cierto? No. No puedo creerlo. Solo déjalos. Si querida, y a ti también.

Soy algo así como el tío escrito por Juan Villoro en El Libro Salvaje. Creo que soy éste y todos los anteriores. Excepto el lector sin amigos, ése es un mamón.

P.D. Sí note que el lector sin amigos no viaja en transporte público, pero me pareció que valía la pena dejarlo. Después de todo, si lo quitaba ¿cómo advertía a los demás de llevar guantes cuando van a visitar a sus amigos?