En defensa de nuestros padres y abuelos

Los que rondamos los cuarenta (y ni hablar aquellos que despuntan los 30) tenemos una fascinación/aversión por el entramado social que existía durante la dictadura. Algunos la vivimos en el jardín de infantes, otros siquiera habían nacido y algunos ni eran proyectos de nadie, por eso se nos hace tan difícil entender el accionar de todos nuestros conocidos.

“No entiendo, Pa! Vos sabías que había desaparecidos?” “Y entonces, tia? No se quejaban por miedo?” y miles de preguntas así hicimos una y mil veces. Las respuestas, nunca nos llenaron. El “qué hizo pepito durante la dictadura” se multiplicó tanto que lo terminamos usando como meme irónico.

Cuando para entender fuimos a las historias construidas en cine o libros, nos encontramos con un callejón sin salida: los malos eran muy malos y los buenos muy inocentes. Todos los 80tas fueron una sucesión de impactos. Historias de terror que nos enmudecían: “cómo pudo una sociedad bancar a los militares”?

Y empezamos a hablar con más frecuencia de “Dictadura cívicomilitar” porque los militares no pudieron solos, eh? Porque vinieron de algún lado, eh? Porque la sociedad rural y Martinez de Hoz, eh? Porque Zorraguieta nanananana, eh?

Y listo! Pim pum pam! Agarramos a los malos más malos, le sumamos los malos más típicos y (Oh! proverbial frase atribuida a Einstein) el miedo de los buenos es igual a treinta mil torturas, asesinatos y robos de niños. Cerremos la mesa 4 y al canon. A pasar a otro tema.

Pero sabés que? No. No me cierra. No nos cierra. No alcanza el miedo. Porque aún con miedo se puede hablar. Se puede plantar banderas. Ahí es donde le pedimos auxilio a las ciencias sociales. La microsociología tiene mucho para aportar al respecto.

Claro, disculpen los prolegómenos pero este es el puto problema de las ciencias sociales: necesita del testimonio directo y hasta donde sabemos, responder cuestiones privadas sucedidas en un pasado que nos avergüenza es un camino lleno de mentiritas piadosas y autopreservación. Volvemos a las primeras preguntas con la que encabezamos esta columna: “Mamá que decías cuando todo se puso oscuro”?


Pasito a pasito, suave suavecito

El otro día un tweet de Mariana Moyano me llamó la atención.

Claro, a su manera (a veces exagerada, a veces justa) estaba preguntando lo mismo que yo: Dónde está la biblia de las ciencias sociales que explique la actuación de los buenos? Todo cruzado por la gran discusión de Agosto 2017: es o no es un desaparecido Santiago Maldonado?

Pero las sociales cantaron ausentes en este punto fundamental. Los posibles autores están muertos, se exiliaron en ese momento o su instinto de autopreservación les impidió avanzar al respecto.

Desde Medium no vamos a intentar hacer ciencia, pero si aprovechar la herramienta de recolección de datos más poderosa desde la creación de las ciencias sociales haciéndonos una pregunta: Qué podemos aprender del pasado con el presente?

Para eso recorremos una serie de puntos de lecturas de “los buenos”.


1) En el nombre de la rosa, está la rosa

El primer punto para que los buenos sean buenos es negar el status. Discutirlo. Aclarar que no entra en la figura correcta. Que no es un desaparecido, por más que haya desaparecido. Porque ciudadano modelo, todos sabemos: desaparecido no es alguien que desaparece. Desaparecido (así, en castellano) es una categoría que se usa en el mundo entero para designar la desaparición forzada de personas por motivos políticos. Claro, no es nueva la discusión. ¿Son Marita Verón o María Cash desaparecidas? La obviedad nos responde que si, pero no. Según el canon ellas ESTÁN desaparecidas, no SON desaparecidas.

Ahora, podemos intentar hacer un buceo semiótico de la construcción del término desaparecido. ¿Por qué lo usamos? Por el mismo motivo que ahora evitamos usarlo. Porque en el 77, no tenía la carga que tiene hoy y era mucho más barato e inocente que decir torturado, asesinado y tirado al mar.

Entonces, empezamos a descubrir una punta. Nuestros “buenos” se acostumbraron a usar un término soft. Igual que ahora cuando intentamos por todos los métodos evitar la categoría repleta de sentido horroroso.

2) La hoja en las veredas de otoño

¿Dónde esconder una hoja de árbol, sino entre cientos de ellas? ¿Dónde esconder a un desaparecido, sino entre cientos de ellos? Este punto es central para entender a nuestros padres y abuelos: La desaparición forzada de una persona nos aterra. La desaparición masiva nos abomba y insensibiliza. Para eso están los grandes números. Desde los 6 millones de los Nazis a los 30.000 de nuestros Buenos. Cuando somos historias, somos todo, cuando somos números, somos nada. No tenemos cabeza para entender los números. Por eso es baladí la discusión de 30.000, 8.000 u 11.263. Hablame de uno. Hablame de su historia y su sufrimiento. Hablame de sus particularidades y será imposible no empatizar. Al igual que hoy, nuestros buenos masivizaron los relatos hasta hacer razonable el hecho de que desaparezcan.

3) Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana se encontró convertido en un monstruoso insecto

Maldonado es sucio, es hippie, es kuka, es caca, es terrorista y es falso mapuche. Maldonado es todo lo que nos permite no ser él. Las interacciones de empatía operan así. Nos acercan a Axel Blumberg o a Santiago Maldonado depende como tengamos instalado el relato en nuestras vidas. Un Axel con barba desprolija o un Santiago afeitado alcanzan para intercambiar reclamos. Si, así de previsibles y ganado somos los buenos. Empatizamos con quienes nos sentimos cercanos y cosificamos al otro. La Patria no es el otro, la patria somos nosotroslosbuenos.

Otro punto para entender a nuestros abuelos: Los desaparecidos eran los otros. Incluso cuando compartían núcleo social o familia, se llenaban de otredad. Una de las operaciones más fascinantes es la que unió al rock nacional con una supuesta resistencia al regimen cuando está bien documentado que los pelilargos que iban a recitales se encontraban en veredas separadas con el militante político. Salvo excepciones puntuales (el primer, primerísimo Spinetta, por ejemplo) no existieron vasos comunicantes hasta muchos años después, donde la primavera alfonsinista se ocupó de escribirlo.

4) Al día siguiente no murió nadie

Nuestros buenos no eran malos. De hecho buscaban fervientemente ser buenos. Y los buenos buscamos salidas plausibles. Porque somos buenos y creemos que el mundo puede serlo. Santiago Maldonado, al igual que creían nuestros padres buenos, puede estar o no desaparecido. Porque alguien lo vio. En las Ramblas de Barcelona escapando del atentado o hippeando por Entre Ríos. De vuelta, hoy nos indignamos cuando alguien dice esto, básicamente porque se convirtió en meme de eufemismo. Decir “están paseando por Europa” hoy, tiene una carga mayor que hace 40 años. Sin embargo hoy los buenos pueden decirlo, imaginen entonces nuestros tíos.

5) Y en el 2000 también

Los buenos pueden ser muchas cosas. Pero no son políticos. Los políticos y los militares son los que nos llevaron a la situación en la que estamos. En el 76, en el 2001 también. Que siempre habido chorros, maquiavelos y estafaos y nosotros, los buenos aguantando la carga sobre el lomo. Nos quieren arriar a nosotros, que seremos buenos pero no boludos. Quieren usar la muertDIGOdesaparicDIGOnoencontramiento de este pibe para levantar su banderita política. Lo usan de carne de cañon. Yo no se si al pibe lo tienen ellos o si a alguien se le fue la mano, pero se notan los hilos, che! Ahí tienen al martir que tanto buscaban.

¿Les suena? Nuestros buenos tíos decían lo mismo en los almuerzos de 1978. Es mentira que no se hablaba de. Es mentira que no se sabía. Se justificaba con el mismo entusiasmo que hoy. Corran la política y dejen que los buenos vivamos en paz.

Empecemos por pensar que si alguien muere haciendo política, su muerte no solo puede, sino que debe ser politizada. Aunque sea a propósito. Aunque se inmole para que se hable de eso, aunque sea forzado. Todo muerto político, es político. Por cierto, la estructura del buenismo no queda en manos de derecha alguna, es inherente a todos nosotros y los otros. Me he cansado de escuchar a Kirchneristas decir que el PO consiguió con Mariano Ferreyra el martir que buscaron por años.

6) Ellos son el odio, el odio cósmico

Hay que entender que los militares no nacieron de una burbuja, pibe. La verdad es que ya estábamos podridos de los quilombos entre peronistas y todo eso. Ojo, no te digo que estuvo bien lo que hicieron, eh? Pero había cada nene! Vos sabés todo lo que se habían robado? y las bombas que ponían? No es que había ángeles y demonios…

Todos escuchamos alguna vez, con variaciones este mensaje. Y es, precisamente el que hace que los buenos puedan negar sin movérseles un pelo la desaparición de Santiago Maldonado.

La historia argentina está plagada de asesinatos y desapariciones con el hashtag #SeñoSeñoEllosEmpezaron, tanto ahora como nuestros padres.

Alegato final

Nuestros padres y abuelos hicieron y dijeron cosas aberrantes. Fueron cómplices y partícipes de la locura más racional de todas, la que sesgó a una generación y marcó a fuego el destino de nuestro país.

Podemos empezar a entenderlo al ver como nosotros somos tan buenos como ellos y hacemos las mismas atrocidades envalentonados en el contexto.

Sin embargo ellos tienen un morigerante que nosotros no contamos. Sus declaraciones y actos eran privados y como tal, salvo excepciones no quedaron registros de ellos.

Nosotros somos los buenos públicos. Tallamos en roca digital cada una de las agachadas, idioteces, soberbias tonterías y humillaciones que decimos a diario. Por primera vez en la historia una generación deberá hacerse cargo de las crueldades que produce.

Dista mucho esta columna fallida de una equiparación entre la dictadura y hoy. Justamente es muchísimo más entendible que alguien diga y haga estos 6 tipos de mecanismos horribles presionado por el miedo o las armas. Y si vamos por el lado del número es peor aún: La defensas sociales, como las vacunas funcionan en el primer caso o no funcionan. Así como para un corrupto es más importante la primera coima por 5.000 pesos que la última de 20 millones, si ante UN desaparecido ya desplegamos todo el listado de estrategias, levanten los teléfonos y los que los tienen llamen a sus padres: les debemos una disculpa por tantas preguntas incómodas que nuestra propia vida puede responder.