Arreglar(se)
Mi madre tenía una (una) barra de labios rojo coral pero no la recuerdo saliendo a la calle sin pintárselos. Una vez me dijo que era para disimular los dientes. También tenía pero no usaba eso que ahora llaman BB cream y entonces crema de color y un lápiz gris para pintarse un poco las cejas porque apenas tenía. Se cortó el pelo cuando hizo la primera comunión y nunca lo volvió a llevar largo. Mi madre era muy guapa (lo era) pero no se maquillaba, sólo se pintaba los labios para salir de casa, así fuera a pasear al perro.
Cuando ella murió yo tenía 20 años y cuando estaba triste (algo que pasaba mucho), hacía algo parecido a maquillarme, a echarme una cosa de esas que te tapan los poros y alisan la piel, me pintaba los ojos (como si me hubieran dado un puñetazo, pero lo hacía) y me dibujaba una flor de cinco pétalos en la mejilla izquierda. También me preocupaba mucho de que los rizos me quedaran definidos, llevaba seis años usando lentillas en lugar de gafas y, aunque no hacía nada para cambiarlo, arrastraba el complejo de niña gorda que ya no lo era tanto pero lo había sido mucho. Odiaba profundamente mi cuerpo y mi cara y me habían dicho millones de veces una variante del “hija, tu cabello, tu única belleza” que le dicen a Jo en Mujercitas cuando se corta el pelo.
Había un consenso a mi alrededor en que yo no era guapa y que además de no ser guapa, no había posibilidad de que lo fuera. Nunca oí el “si te arreglaras” o el “lo guapa que eres de cara” pero sí que debía arreglarme más. No sé si somos todos conscientes de que se arreglan las cosas que están estropeadas.
La semana que murió mi madre yo cumplí 20 años. Antes de morir, había estado enferma casi seis y además no se maquillaba, así que malamente iba a enseñarme. Medio aprendí de mis amigas y todas nos pintábamos igual de mal con más o menos exageración. Mi sobrina adolescente sigue haciéndose en los ojos lo único que sé hacerme yo en los míos. Mi sobrina adolescente es muy guapa.
El dolor de la muerte de mi madre no lo solucionaba de ninguna manera verse un poco menos fea en el espejo y, aunque la flor se quedó, aunque los rizos siguieron definidos, yo fui dejando de taparme la piel con algo que ya era de su mismo color. Luego os miro a las demás y ay, qué envidia de cutis. Qué daría por tener los ojos así de bonitos y no pienso que si aprendiera a pintarlos, a lo mejor se obraba el milagro. Lista nunca fui. Una vez el bibliotecario de mi residencia me vio sin flor y me dijo que no sabía el encanto que perdía cuando no me la dibujaba.
Un día la flor se cayó (siguió años en la foto del DNI) como se me fueron cayendo los imperdibles de las orejas, como los rizos empezaron a desdefinírseme. Como volví a engordar un montón y no me fue importando porque, total, el complejo ya lo tenía. Nadie me enseñó a verme, a quererme, a sentir que servía (en lo mental tampoco pero ésa es otra historia) como era y eso fue clave en aprender a hacerlo.
Hace muchos años que aprendí a que me gustara mi cuerpo. Empecé por el “funciona” y seguí por el “soy muy proporcionada” que me habían contado siempre para convencerme de que adelgazara. Un día alguien me explicó que las gordas bonitas de las fotos estaban igual de editadas que las delgadas y me abrió una puerta a la autoaceptación. Tengo una piel cojonuda y casi no tenía estrías (ahora voy teniendo pero tampoco tantas), bebo mucha agua, como mucha verdura, tengo buena genética, mis amigas delgadas siempre han tenido más celulitis que yo. Tuve unas tetas maravillosas que no supe apreciar y tengo un culo increíble, especialmente si pensamos que me paso la vida sentada. En general estoy bien formada y, aunque me llevó casi 30 años verlo, tengo un cuerpo bonito. Grande, fuera del canon, nada atlético (porque no me echo al fuertecismo, la tendencia a muscular está ahí) pero bonito. Con las piernas bien hechas y ahora hasta me han salido clavículas. Molaría tener la cintura más definida, el contorno de las costillas menos enorme. Llegué a tener la tripa plana y los huesos de las caderas marcados pero michelín lateral. Tiendo más a la forma de manzana que a la de reloj de arena y soy más compacta que estilizada. Un día los muchachos empezaron a confesarme que les gustaban como yo “pero la presión social” y no tardé más de unos meses en pasar del sentirme secretamente orgullosa al “gilipollas” pero el verme en el espejo y encontrarme las curvas bonitas se quedó para siempre.
El último año perdí mucho peso, del que demasiado en los últimos cinco meses. Se me descolocaron cosas y se volvieron a colocar. Se descolocaron otra vez. Empiezo a tener un drama donde tenía aquellas tetas que de adolescente no supe apreciar, tengo estrías nuevas, ¿he mencionado que me salieron clavículas? Mi cintura sigue igual de sin definir que el resto de la vida pero ya no me importa porque no sólo aprendí a querer mi cuerpo como es sino que en realidad todas queremos cambiarnos algo. Y sí, muchos todos, lo sé.
La cara es otra batalla, una mucho más ardua. Porque siempre fui grande aunque proporcionada y sí, siempre hubo el “el tipo que tendrías si adelgazaras”. Y porque descubrí con los años que no me imagino, no me concibo flaca y estilizada, como no me concibo bajita y de huesos frágiles. Pero los rasgos, ay. Y eso no se soluciona con la dieta que no hice para que me gustara mi cuerpo.
Por temporadas me lo propongo: “me voy a mirar al espejo y no voy a pensar en lo fea que soy”. “No eres tan repulsiva, eres una exagerada”. “A la gente le gustan los ojos azules, no es cierto que den grima”. Una vez un muchacho me dio la razón (esto tiene un contexto más amplio en que él estaba en pleno brote psicótico, yo no lo sabía, me dijo cosas horribles sin parar de acariciarme ni de culparme a mí por las cosas que decía) en que sí daban grima y, de paso, yo con ellos. El muchacho no puede haber pasado (por otros motivos) a darme más igual pero muchas secuelas aún me quedan y esa, la más difícil de rebatir, un poco más. Porque no soy ninguna de las cosas que me atribuía pero sí tengo los ojos azules, sí dan grima, sí soy fea. O eso me han dicho siempre.
Aprendí la palabra teratología ya en el doctorado (mi primer tema de TIT fueron los monstruos en la literatura artúrica y, por cierto, nunca me doctoré) y me gusta más que otras para referirse a la abominación. En el colegio (y en el instituto y de campamento y en la residencia de estudiantes que odiaba donde había tantos compañeros de clase del instituto) me llamaban Monster. Sí, a todos nos han llamado cosas. Me alegro mucho si vosotros habéis superado el bullying pero yo no del todo, no todo el tiempo. Ahora mismo es uno de esos todo el tiempo en que no, qué le vamos a hacer. Llevaba, en aquella época, muy lejos de estar en las filas del feminismo, muy “ay, qué pesadas las feministas”, mucho tiempo diciendo que la primera reivindicación del feminismo debería ser la del derecho de la mujer a ser fea. Siempre digo que a mí me ganaron por el humor, por los chistes pero también cuando descubrí que era verdad. Que me consideraba válida igual siendo gorda, siendo fea, siendo vieja si lo fuera. Que el problema no era mío sino de quien sólo ve valor en la belleza. Que no importaba aunque no fuera posible hacer un milagro, que no hubiera forma humana de hacerme parecer guapa ni de lejos porque yo servía igual.
Pero yo me miro al espejo y veo al resto y ojalá ser guapa también. Vuelvo a ser esa niña que no sabría que era fea si no se lo dijeran porque (y esto es cierto), jamás se hubiera fijado tanto en ella misma hasta que tuvo que buscar rasgo por rasgo, con lupa, qué era aquello tan distinto que hacía a los demás normales y a ella monstruosa.
A lo mejor lo del verbo arreglar(se) no es tan mala elección después de todo.
