Caballería

Os voy a contar una cosa que ya os había contado otras veces: de qué van en realidad las historias de caballeros, doncellas y ogros. Dragones en las mías es que casi no había, qué le vamos a hacer. Los señores feudales tenían hijos, ¿sí? Bastantes, porque la mortalidad infantil era alta y a veces sobrevivía más de un hijo varón. El primogénito hereda y se queda ahí, siendo señor feudal, con sus caballeros. El segundo, con suerte se va a la Iglesia, hace carrera y vive como un cura. O como un obispo, como un cardenal y hasta, quién sabe, como un Papa. Esos dos ya están colocados, no necesitan promesas. El resto… bueno, el resto son un problema. Normalmente se van a casa de un tío (hermano de la madre) con su propio castillo a que les instruya en la caballería, les arme caballeros (el verbo no es casual: las armas -eso incluye la espada, la lanza, el peto, el yelmo, todo- la pone él) y los suelta al mundo a buscar fortuna. Son los famosos caballeros errantes, protagonistas de uno de mis géneros literarios favoritos. ¿Por qué erran? Porque no tienen fortuna, hijos míos. Porque necesitan ganársela. Porque no van a ser caballeros compitiendo en torneos (que eran, por cierto, más como un partido de fútbol que lo que se ve en cosas como Juego de Tronos, eso son justas) toda la vida. Y además, en los torneos, el que pierde, pierde todo, caballo incluido. Y un caballo no era como perder hoy la casa, era peor. Algunos no se colocan y terminan, ¿sabéis dónde? En la Iglesia también. Esos suelen ser los de la épica, otro de mis géneros favoritos pero no tanto. La épica son las películas de acción y la narrativa cortés las comedias románticas de su tiempo. Así tal cual. Hoy vamos a hablar de los romans, lo de cortar caballeros por la mitad con caballo y todo, tocar el olifante tan fuerte que te sangran los oídos y todas esas cosas tan bonitas lo dejamos para otro día.

La narrativa cortés, siempre en octosílabos pareados, es el único género medieval sin música. La épica se canta en las plazas, la narrativa se lee en las cortes. Las mismas cortes de los trovadores, sí. Los que tienen ya interiorizado el amor romántico que nos cuenta Hollywood. Los que se lo inventaron. De los estadios trovadorescos también os hablo otro día, que si no esto queda largo. ¿Quién está en las cortes? Las damas casadas, único objeto posible para ese amor cortés (otro día, en serio), las doncellas solteras, intocables para el trovador y todos esos caballeros errantes que decíamos. Una de las principales virtudes de los señores feudales en la literatura es la generosidad: llega un caballero por la puerta y hay que darle de cenar y donde dormir. Y que contarle cuentos, que no es ya que no haya internet, es que los libros escasean y la gente no sabe leer.

Y tú te asomas hoy a esos cuentos (deberíais, de verdad) y todo bellas doncellas indefensas y guapísimos caballeros descritos exactamente igual que ellas (tan efébicos, ay), llenos de virtudes y errando de castillo en castillo, de torneo en torneo, demostrando su valía. Y de pronto, en uno de esos castillos hay una hermosa doncella huérfana. O viuda. En mi roman favorito (El caballero del león, de Chrétien de Troyes) la cosa se pone tan loca que la pobre Laudine, que así se llama, enviuda porque a su marido lo mata Yvain, que es el prota. Y sí, se casa con él porque Lunette, su doncella, la convence de que tan bueno no sería si el nuevo lo venció, sales ganando con el cambio, mujer. Luego Yvain se va de torneos y ella se enfada y lo manda a la mierda (que sí, que es el siglo XII, que no os miento) y bah, estoy hablando de las características del género, no de Yvain. Doncella. Huérfana o viuda. Sola. Sin capacidad para defender el castillo. Enemigo oportuno. Caballero que vence al oportuno enemigo y doncella agradecidísima que se le mete en la cama desnuda (eran muy pudorosos: desnuda quiere decir “en camisa” que es lo que llevaban debajo de la ropa, pero para el imaginario es lo mismo), caballero que se casa. Se casa y, ojo, se queda con el castillo. Abandona la vida errante y la posibilidad de quedar (más) arruinado y tiene su casita, a una chica guapa (son cuentos, siempre son guapas) y una vida próspera por delante. Happy end.

Que como salen hadas y cosas cursis y Perceval embobado contemplando las gotas de sangre en la nieve que se derrite y pensando en los delicados colores del rostro de su amada Blancaflor (El cuento del Grial, otra belleza y mi primer contacto con la literatura artúrica) nos parece que son historias para que sueñen las doncellas por la noche pero no: son cuentos para los pobres muchachos sin fortuna. Porque ser caballero errante, más que algo envidiable, debía ser una buena mierda.

Todo muy bonito, sí, pero te salvaban por el castillo. Que sí, que también auxiliaban a las que iban por el mundo adelante, que el código caballeresco muy bien. Y además son cuentos y los ogros son mentira. Pero la promesa de pórtate bien y verás lo que consigues, se la hacían a ellos, no a ellas.

Estamos en el siglo XXI, para mi dolor los muchachos ya no van a caballo y nosotras, además de no ser doncellas, no necesitamos protección. ¿Sabéis lo que sí necesitamos? Que no todo sea proteger los sentimientos de los señores y ser amables para no hacerles daño y a la primera que necesitamos un mínimo de apoyo ay, no, ahora es difícil, mejor me voy. En eso sí podían aprender de los caballeros medievales.

Hasta la crica estoy.

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