Mar

Comimos pizza e hice que caminara unas 30 cuadras bajo lo que para mí es llovizna y para las personas normales, lluvia para terminar comiendo un helado que era una torre sobre un barquillo enclenque (frutillas con crema y pistacho el suyo, mascarpone con mermelada de algo y frambuesa el mío). Justo después nos tomamos un fernet en una pizzería a la cual, a la una de la mañana, llegó un ejército de niñas prepúberes producidísimas con idénticos plumas de un rosa entre chiche y fucsia y varias madres o entrenadoras. Me prestó su esmalte de uñas plateado (“muy robótico”), me acarició la mano mientras lloraba, me abrazó mucho, me contó sus primeras impresiones en esta ciudad del caos, quedamos en ver American Gods el lunes, le cayó una araña en el helado y comparó la espuma del fernet (tras decir que le encantaba) con la que tiene el mar cuando está sucio (y sí). Confirmó que abulto la mitad y que qué mierda, se rió muy alto cuando bromeé con que voy camino de tener huesos en la cara (no). Me abrazó mucho. Me acarició mucho mientras lloraba. Sé que está repetido, es que sucedió varias veces. Y que ayer, más que comer, más que la cerveza o el fernet, más que caminar con o sin lluvia, era lo que más necesitaba.