Sergio

La primera vez que me habló, fue para contarme que había hecho el camino de Santiago: no el francés, el inglés o el portugués sino uno que yo le jodía diciendo que lo habían inventado para él. “Desde Alfonso el Casto sólo tú has ido a Compostela por ese camino, Sergio”. Luego coincidíamos fuera de clase en la pausa, nos sentábamos por la misma zona. Empezamos a quedarnos un grupito de 5–6–7 según el día los sábados después de clase para tomar cervezas y comer pizza y siempre quedábamos de últimos, borrachos como piojos. Se reía mucho cuando yo hablaba del choque cultural en lo amatorio, cuando decía de los muchachos argentinos “mira, fóllame o no me folles pero por favor no me marees”. Sé que nunca se tomó esa falta de histeriqueo por mi parte como una invitación sexual, que entendía que yo manejaba códigos distintos, que realmente vivía desconcertada al respecto.
 
 No le gustaba el feminismo, como a tantos onvres. ¿Está bien llamar onvre a un muerto? Sé que siempre que salía a debate, yo terminaba diciéndole, borracha y contagiada de la vehemencia autóctona “te prometo que algún día lo entenderás”. Estaba segura de que sería así.

Había vivido en el barrio donde yo vivía entonces, justo al límite donde la gente respiraba aliviada cuando explicaba “no, pero no es Pompeya-Pompeya, es a una cuadra de donde empieza Parque Chacabuco”. Me había ofrecido llevarme a Pompeya-Pompeya para que viera la diferencia. Nunca fuimos. 
 
 Un día terrminé de cursar y no quedé más con la gente de las cervezas de los sábados después de clase, que sospecho que dejaron de celebrarse.

Murió el jueves. Sin avisar, como se muere la gente. La noticia me llegó desde su teléfono, al grupo de whatsapp que sigo teniendo con la gente de aquellas cervezas de los sábados.

Hoy no fui a su velatorio porque no conocía a nadie cercano a él y tenía pavor de llegar siendo galleguísima y cagarla estrepitosamente. Sé que él se hubiera reído mucho de este miedo y me hubiera dicho que hiciera lo que quisiera, que a nadie le iba a parecer mal que no supiera bien qué se esperaba de mí en un velatorio ajeno a mi contexto cultural. Supongo que él también preferiría que le recordara lleno de vida (y de cerveza) como le recuerdo. Contando anécdotas de juventud, hablando del hermano que tenía en ¿Ibiza? De otro hermano que se suicidó. Llenándonos el whatsapp de fotos de sus viajes.

No sé si llegamos a comentar, en tantas veces que hablamos de Galicia y su camino de Santiago, lo de “está a morrer xente que nunca morrera”. Vaya mierda que hayas tenido que ser tú, amigo.

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