Conversaciones profundas mientras uno desayuna tacos de suadero frito.
Si hay unos tacos que me fascinan y me enloquecen son los tacos de suadero frito que están a una cuadra del Metro Normal; en el corazón de la guadalupana y fanática de la Santa Muerte: Colonia Tlaxpana.
Desafortunadamente la familia de taqueros, conformada por padre, madre e hija no han visto durante más de 10 años que lleva el negocio lo beneficioso que sería para ellos y para mí comprar más de un kilo de carne al día. Por lo regular se les termina antes de las 10 a.m.
Atribuyo esta actitud mediocre no a la posibilidad de que se les quede. Chicos, por favor, estoy seguro que no se les quedaría nada; los que vivimos a los alrededores del puesto somos de buen diente. No dejaríamos ni rastro de la carne; es más, yo lamería el comal y me bebería el aceite de ser posible; atribuyo esto a que seguramente piensan que: “si tenemos más carne, significa más trabajo, y ¿cómo? Seguir trabajando a la una de la tarde nos metería en un hoyo negro en el tiempo y el espacio por cruzarse con la siesta de las 12 del mediodía”. Yo creo que si al menos compraran otro kilo, en palabras de Lory Money “El agente del Senegal”: ya venderían más discos que “50 Cent”. (Lory Money — Santa Claus)
Alguna de esas veces que llegué a desayunar todo crudo, escuché una conversación entre los taqueros y una pareja de ancianos en la mesa al otro lado del comal.
-Me das dos de suadero y una coke, por favor — dije mientras me quitaba los audífonos y me sentaba en la típica silla roja de famoso refresco de Cola.
*N.del A.: No puedo negar que ya me relamía los bigotes de ver y escuchar cómo se freía la carne.
Hablaban de que la hija, de 22 años, ya estaba muy grande para no tener esposo ni hijos. Yo solamente pude tomar mi taco y permitirme disfrutar ese momento de bañarlo en salsa de habanero y tomate mientras escuchaba tremenda estupidez.
- Si, es lo que le digo: que ya está grande. Pero bueno, al menos ya está aprendiendo el oficio. — Dijo la mamá mientras le agregaba papas y nopales a mi siguiente taco. Yo babeaba enchilado al fondo como bulldog.
- Pues apúrate, mija, porque se te está yendo el tren — escuché que le decía la anciana a la joven mientras ésta me destapaba un refresco de esos que están al fondo de la hielera.
- ¿Quieres popote?… — me preguntó; no escuchó mi “No, gracias” porque aun así me lo trajo y siguió con la conversación: — …yo no quiero tener novio porque me va a quitar tiempo. Prefiero concentrarme en la escuela.- Percibí un poco de esperanza y honor en la voz de la pequeña taquerita mientras se daba la vuelta para empezar a cortar unos jugosos limones.
Sus padres y los ancianos diabólicos la siguieron presionando durante ese lapso en que uno se baja la enchilada con medio refresco y otro taco caliente y bien enlimonado.
El papá fue el primero en caer en en la resignación de ver el futuro de su hija totalmente perdido. Al final, después de un suspiro, sentenció: -Bueno, mija: ya sabes que todo esto es, y va a ser tuyo.
Muy bien, queda claro que cada quien su vida, y cada quien sus hijos.
Pero de algo estoy seguro: mientras la solterona quedada de 22 años aprenda a preparar y freír de esa manera los tacos y la salsa, no me importa que no se case en los próximos dos años ni en siglo y medio.
Sigue así, pequeño saltamontes, aprende el oficio — pensé mientras me limpiaba las barbas sucias.
Menos mal que el suadero y yo pudimos tener un momento íntimo cuando la pareja de ancianos se levantó de la mesa. Mientras pagaban y se despedían, pude cerrar mis ojos y alcanzar con mi lengua la gota de salsa, grasa y limón que corría por mi muñeca.
Tal vez para ustedes esa imagen sea desagradable, pero para mí, fue el beso más rico que me he dado.
Fue un segundo a solas en este mundo raro y sabroso.
Bon appétit.
