Mucho miedo, poca vergüenza

Ha vuelto a ocurrir. Al igual que pasó hace ya casi dos años, en mayo, Podemos conseguió un resultado inesperado que pillaba por sorpresa a todos los medios. Sin ni si quiera salir en las encuestas, consiguió 10 diputados en las elecciones europeas. El stablishment, por medio de los partidos tradicionales y los medios de comunicación (mass media), nunca pierde y lanzó un órdago en forma de campaña contra la formación morada. Dicen que un pueblo que olvida sus errores está condenado a cometer los mismos. Pero en esta ocasión el poder no nos ha dejado ni siquiera esa satisfacción. No nos ha dado tiempo a olvidarnos.

Podemos repitió el gran resultado en las pasadas elecciones generales, el 20D, sobrepasando por mucho los resultados que vaticinaban las encuestas. Y la maquinaria, que ya pensaba que Podemos estaba muerto, –no podemos culparlos, lo parecía- ha sido engrasada, otra vez. La campaña ha vuelto esta misma semana por medio de portadas del El País, El Mundo y el ABC que ponen de relieve la heterogeneidad del nuevo Parlamento. Como si, puertas para afuera, el conjunto de los españoles no lo fuéramos. Sí, lo somos. Este, y no otro, es el aliciente del partido que sí parece hecho por gente de la calle y no por personas trajeadas y encorbatadas las 24 horas del día.

Pero no a todo el mundo le gustan las diferencias. No nos han permitido que se nos pase de largo, mientras ayer la polémica se cernía sobre Carolina Bescansa por llevar a su hijo al trabajo, cosa que Fernández Díaz tildó de lamentable, hoy es el turno para Alberto Rodríguez. El pecado del diputado de Podemos, que por no tener no tiene ni página en la Wikipedia, no es otro que el de llevar rastas. Sí, rastas.

A Celia Villalobos esto le inquieta más que una partida de Candy Crush y ha declarado que “me da igual que lleven rastas, pero que las lleven limpias para no pegarme piojos”, como si el hecho de llevarlas llevase implícito carecer de higiene. Pilar Cernuda ha querido echar un capote a Villalobos y en Espejo Público se ha lanzado al agua –al parecer sin nadie de Podemos- manifestando que “hace falta limpieza” en las filas de Podemos y que “la progresía no está reñida con el baño”. Por supuesto, nos fiamos de ella porque tal y como ha expresado: ella misma lo ha olido.

En fin, acudimos una vez más al lamentable circo de los horrores, la máquina del fango vuelve a funcionar de mano de la caverna mediática más atemorizada al cambio que jamás hayamos observado en este país. Sus ataques son una ofensa contra un sector de la sociedad que sí se ve representada y sí cree que una nueva política es posible. Su miedo no es más que la llama que prende la mecha del cambio.

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