Nunca he durado tanto. Nunca había durado con nada tanto tiempo. Nunca he sido tan constante como lo estoy siendo ahora. Nunca he sido tan paciente. A por los 6 meses. En la vida. Por amor. A distancia.

Ahora me gustan los niños.

De creer que la revolución se hacía en una noche a entender que se hace con paciencia y cariño. Con compromiso, eso de lo que tanto huía. Con mi teoría de la emancipación al respecto. Como todo adolescente revolucionario que se está buscando y que durante el camino justifica los vuelcos que da con tesis para digerir que, cada vez más, aquello en lo que creía se va a la mierda conforme más vive. Cabalgar contradicciones.

Estamos más preparados para que nos dejen de querer que para querer a los demás.

Todo salta por los aires en los primeros meses con pareja. En una conversación con ella me dio por reducir a lo infantil estos rollos de verano, festis y discotecas varias. En un mes pasé de verlo como un resquicio libertario dentro del sistema a una consecuencia del sistema. En esos meses justifiqué mi ataque reaccionario al hipismo como algo asociado a mi condición de opresor como hombre y al estado de enamoramiento de los primeros dos meses, aunque con la diferencia de que con ella ya había tenido una relación anteriormente que recién arrancada se quedó sin gasolina por los dos. Pero me preocupaba. Sobre todo porque me consideraba que la pareja estaba edificada por personas independientes antes de estar en pareja y que eso debía ser motivo para que yo aplaudiese esa especie de amor libre. Pensaba que por no pensar eso estaba forjando una relación de dependencia. Tóxica. Aunque jamás fue una realidad.

Repensar tanto aquella conversación tiene que ver con que tengo un pensamiento recurrente en el que creo que siempre hago daño a las mujeres. No por el argumento tonto del auge del feminismo, sino porque a mi madre la amenazó de muerte su antigua pareja en mis narices y sé de lo que podemos ser capaces. Hasta qué punto podemos llegar a exprimir a la mujer.

Desde los 10 años me llevo rompiendo la cabeza para querer o sentirme atraído y demostrarlo sin que duela. 2010, justo el año en el que me pasé con mi madre un día entero con la Guardia Civil. El año en el que le preguntaron a mi madre en el juzgado si disfrutó mientras le daban una paliza. El año en el que empecé a besar pidiendo permiso tres veces. Risas.

¿Seguro? Quizá sea lo correcto.

La relación me rompe los moldes día tras día. El primer paso fue entender que decirle a ella te quiero o te echo de menos -todavía más en una relación a distancia- todos los días no me hacía dependiente. Jodía ser trasparente y no lo entendía. Ser una persona independiente es una utopía y además duele. Todo por la idea de que podemos vivir sin que los vínculos afectivos determinen cómo puede ser nuestro día. Compramos que podíamos sentirnos realizados sin que nadie nos saludase por la calle al comprar el pan. Una idea capitalista disfrazada de revolucionaria que además ha colado en cierta izquierda. De ahí el auge de los partidos de extrema derecha en Europa. Porque son populistas, porque promulgan que es necesario sentirnos vinculados a algo. Lo que aterra es que han cogido la identidad nacional y no de clase por bandera, nunca mejor dicho. La dialéctica de buenos y malos patriotas. Eso crea vínculos y seguridad, lo más preciado en estos tiempos líquidos. También lo da el amor. Por ello es revolucionario.

Hablar del amor aún está mal visto y no entiendo por qué. Todo amor es político. Nuestras intimidades, nuestras heridas, también lo son.
- Anna Pacheco

Este texto surge después de una conversación con ella tras pasarle una entrevista publicada en PlayGround* a la activista y escritora Brigitte Vasallo realizada por Anna Pacheco. Se trata de una intelectual no monógama que gusta y he de reconocer que me pensé entrar en el artículo para no darle más vueltas a mi relación. Realpolitik en época de exámenes. Lo que encontré fue que mi relación estaba más cerca del poliamor que ella defiende que no tanto de una relación dependiente con la que yo pensaba que jugueteaba. Sobre todo porque tanto mi pareja -abrazo la senectud- como yo entendíamos desde el primer momento que la relación sólo duraría si nosotros estábamos bien con nosotros mismos. Comprendiendo que estar bien con uno mismo pasa por no reducir los vínculos afectivos a una persona, sino aumentarlos y fortalecerlos. Sobre todo teniendo tantos lugares comunes como en una facultad. Eso pasaba por que la pareja no fuese la estrella, sino un satélite. Que nos acompaña, pero no nos persigue. Como la Luna. Sobre todo en una relación a distancia, que te obliga para poder seguir a desnaturalizar el amor romántico y machista que conocemos. La distancia exige confianza, tiempo y echarse a un lado. Sale caro. El amor puede ser contracultural.

Otro concepto que asoma en las conversaciones es la atracción hacia otras personas. Pasar de una relación abierta a una cerrada y mucho tiempo para entender que lo que ha cambiado estos meses no es que dejemos de sentir atracción por otras personas, sino que esa atracción tiene unos fines que nunca habíamos experimentado. Un fin que no mercantiliza. Una atracción sin fin. Conocer por instinto. Cambiar de perfil porque nos gusta más el momento de esa foto y no tanto si salimos bien o mal.

Se puede follar más que nunca y se quiere menos que nunca.

A partir de la simbiosis de estas dos reflexiones propias encontramos las razones para entender que lo que experimentamos en festis o tras una discoteca no era ni poliamor ni algo revolucionario. Como todo, no era algo libre. Traumático. Nos encontramos más lejos que nunca de follarnos las mentes. Enganchados a follar cada semana con alguien diferente y a levantarnos jodidos cada domingo. ¿Es esto un estilo de vida contracultural o a lo que nos lleva el sistema en su máxima expresión? El sistema confunde, porque asocia la cantidad a la calidad de nuestras vidas. Nos lleva a la acumulación. Tanto de las relaciones sexuales como del dinero. A inculcarnos que si un placer no es inmediato no merece la pena. A no diferenciar el amor de la atracción. Lo que hacíamos era follar, sin más. Mucho.

Machismo que el neoliberalismo disfraza tan bien como la mayonesa a los guisantes en la ensaladilla.

Follar mal. Porque despertaron todas las inseguridades. El sexo hoy en día es un contrato, en el que se firma que cada uno hace su parte y luego cada uno se marcha a casa. El problema es que el sexo no funciona como la cadena de montaje de una ETT. No está en nuestras manos que la leche acabe en el brik. El ejemplo es que si se produce un gatillazo se piensa en ir al médico antes de ir a un psicólogo, cuando la mayor parte de estos casos se producen por un problema psicológico. Los conceptos relacionados -rendir, por ejemplo- con el rendimiento en el sexo lo muestran. Puro porno. Nada de empatía. Ponerse nervioso porque el sexo del porno no me excitaba pero, en cambio, las chicas que había conocido lo ofrecían. No libremente, por imposición. Sumisión generacional. Machismo que el neoliberalismo adorna tan bien como la mayonesa a los guisantes en la ensaladilla.

  • Gracias a mi compañera, sobre todo, por darme el contrapunto con su gran conocimiento sobre feminismo y por darme mil temas sobre los que discutir cada día. Hay que follarse a las mentes.
  • Ánimo, compas de PlayGround.