prefacio

Un día salí de Chile para hacer un viaje y no me resultó. No es queja. Muy por el contrario, pues al final mutó en algo mucho mayor. Con todo, creo que ha sido la experiencia más importante de mi vida. Han pasado casi dos años desde el día aquel en que salí y aún sigo en la misma. Si por esos primaverales días de octubre de 2014 me preguntaban acaso pensaba en estar todo este tiempo fuera de Chile, seguramente la respuesta era “estai loco”. Lo consideraba una locura, una irresponsabilidad tremenda. Y es lo que seguí pensando por harto rato más, hasta que la experiencia misma me terminó liberando de todas las ataduras y rigideces que le traspasa la máquina a un chileno común que vivió mucho tiempo haciendo lo que le dijeron que tenía que hacer. Y no, no me volví yuppie, post new-age, viajero eterno, millennial hedonista, ni nada de eso. Estoy cada vez más consciente de la vida en el mundo material, de mi humilde rol en dicho mundo, de las cosas en las que creo y hasta donde puedo llegar con ellas.

Hasta ahora quedé con pocas cosas pendientes. Tomé todas las oportunidades que podía tomar, y en todas puse todo lo que había que poner. Aprendí mucho de otros, y más de mí mismo. Prácticamente no tengo hubieses rondando en mi cabeza. Sin embargo creo que me pena un poco la falta de socialización de mis vivencias, siento que fallé en no compartir este proceso con los cercanos, acercarlo a los lejanos y hacerlo visible a los anónimos. No fue por falta de material pues documenté muy bien casi todo lo que hice, fue más porque simplemente a veces no pude, y cuando pude, no me animé completamente a compartirlo. Formas y fondo.

No pude cuando, increíblemente en esta era, estuve por varios y largos períodos sin acceso a internet, lo que le quitó fluidez a todas las comunicaciones y a cualquier proyecto digital que se me haya podido ocurrir. No contento con eso, en los últimos dos años rompí un teléfono y perdí otros dos. Con ellos perdí todos los contactos de la vida, muchas fotos, algunos videos y unos podcast muy entretenidos que grabábamos con la Javi. También me quedé sin computador varias veces. Una de ellas por un robo, en el que además, los ladrones se llevaron consigo un disco duro con los registros visuales de un año en Nueva Zelanda. Todo eso entorpeció mis ocurrencias hasta el nivel de la inmovilización.

No quise, cuando un extraño ataque de pudor y culpa me tuvo mucho tiempo casi sin publicar nada. Mi pudor fue una reacción a la super-exposición que alimenta las redes sociales en estos tiempos: me daba vergüenza mi vergüenza ajena. Por otro lado, siempre sentí la tonta culpa de estar viviendo un supuesto placer burgués — lo que en mi caso nunca ha sido tal — mientras la mayoría creía — y en algunos casos aún sigue creyendo — que en Chile viven en algo así como Baghdad. Me incomodaba mostrarme muy feliz mientras los demás se odian los unos a los otros — aparentemente.

Y bueno, para ser completamente justo, no pocas veces disfrutaba tanto de las cosas que hacía que ni siquiera se me ocurría dejar alguna huella en el ciberespacio — Tuve la decencia de no llamarlo paja.

Con todo este aprendizaje a cuestas, y las lecciones que me dejaron las terribles pérdidas de nuestros registros, me decidí a probar si podía escribir sistemáticamente en este espacio sobre las cosas que me pasaron, las ideas que se me ocurrieron, las reflexiones que surgieron y lo que fuera que sirva para ir dejando esas pequeñas huellas que no me gustaba dejar en internet. Un pequeño experimento personal con pretensiones muy limitadas. Más adelante veremos si con menos pudor y sin culpa afloran cosas más grandes.

N. del E.: escribí esto hace cinco días. No lo publiqué por el ajetreo de dejar Melbourne. Traté de publicarlo durante una escala en el aeropuerto de Kuala Lumpur, pero ahí me di cuenta que Malasia bloqueó la plataforma Medium. Partí con desfase.