the place to be

Cuando recién llegamos a Melbourne nos cargó. Pese a lo maravilloso que fue para nosotros volver a estar con familiares y a lo bien que nos trataron, no nos podía gustar la ciudad. Llegamos a vivir a un barrio de migrantes cuicos en la zona este, a unos veinte kilómetros de la City. Casas grandes, autos de gama alta, autopistas, strip-centers, malls, opulencia y mucha gente vestida igual. Era como la sumatoria de muchos barrios altos del mundo, que si bien — obviando la lucha de clases— no tiene nada de malo que existan, claramente no son los lugares que elegiríamos para vivir. En la casa leían el The Australian, que es el equivalente a nuestro El Mercurio, y como llegamos en la fecha del multi-atentado en Paris, los titulares eran derechamente fascistas. También hubo una marcha nazi y a la Javi un tipo le profirió insultos racistas en el metro. Nos creamos una idea de que estábamos en una ciudad medio facha.

Un rayado de “bienvenida” a los musulmanes en la City Library. Por esos días Melbourne no era amigable

Luego de las primeras impresiones, que nunca son certeras, empezamos a hacer nuestra vida normal. Eso implica hacer trámites en muchas partes, buscar trabajo y todo eso, y al parecer nos tocó la gente menos amable del estado de Victoria. Casi en todas partes nos trataron de regular a mal. También pasó que hallábamos en mucha gente ese gen desagradable hipster de “yo soy único y tú una mierda”. Los barrios alternativos nos parecían llenos de millennials hedonistas e intelectuales pos-modernos. Una lata. Andábamos cruzados con Melbourne.

No obstante todo lo anterior, las cosas empezaron a cambiar cuando nos movimos a la casa de otro familiar a la zona oeste, en un barrio en proceso de gentrificación. Teníamos que tomar tren — al barrio cuico no llegaba el tren — y como se podía subir a éste en bici, volvimos a hacer todo en bicicleta, que es casi lo mismo que volver a ser felices. Yo ya tenía un trabajo y al rato la Javi encontró el suyo, por lo tanto volvimos a ser solventes económicamente. Si bien esto es muy importante, lo mejor de todo eran nuestras jornadas laborales. Por primera vez coincidíamos en los horarios y ambos terminábamos a las 3.30 de la tarde, o sea, teníamos el resto del día en nuestro poder. Algo inaudito en nuestras vidas. Empezamos a usar ese tiempo libre en actividades de diversa índole que casi siempre terminaban convergiendo al activismo.

Nuestra primera gran marcha: el día de la invasión — australian national day para el resto de los australianos

En esos días encontramos casa. Encontramos nuestros barrios, nuestros parques, nuestros bares, nuestros cafés, nuestros amigos y nuestras actividades más entretenidas. En definitiva, nos encontramos con nuestro estilo de vida y con nuestro lugar en la ciudad. Al tiempo de vivir ahí me di cuenta que mis prejuicios de chileno hater, como casi todos los prejuicios, estaban muy equivocados. Nuestros barrios eran muy militantes, muy activistas, muy metidos en los asuntos de la polis, y por supuesto, muy solidarios. Da lo mismo que usaran lentes de marco grueso y beanies de marinero, o que el barrio se haya vuelto caro, si al final, era la gente la que hacía que las cosas buenas pasaran. Si había viviendas sociales en el corazón de los barrios era porque ellas protestaban para que no se terminaran. Si habían refugiados viviendo en dichas viviendas era porque ellas le exigían al gobierno que los recibieran. Si habían clases de feminismo en las escuelas de la comuna era porque ellas las dictaban. Y así un millón de iniciativas más que transformaban a la ciudad en una ciudad vibrante e inspiradora.

En Fitzroy se comparte en los cafés, en los bares, pero también en la calle — tal como en mi barrio de origen

Al final nos tragamos todo lo que pensamos en nuestras primeras semanas y nos terminó gustando mucho vivir en Melbourne. Porque así como existían barrios residenciales acomodados, clásicos de derecha, también había otros muy vanguardistas y progresistas. Y eran éstos últimos los que le daban el toque a la ciudad. Porque era una ciudad de más de cuatro millones de personas que prácticamente venían de todo los rincones del mundo, y al final del día, lograba ser amable para la mayoría. Porque no había nadie coaccionando al resto a seguir una única filosofía o estilo de vida. Porque la cultura, el arte y los asuntos de todos eran muy importantes, pero también lo era el deporte y la vida al aire libre. Por la identificación de la gente con sus barrios. Por los parques y las reservas. Por el café y la cerveza craft. Porque a fin de cuentas, tal como dicen las placa-patentes en Victoria, Melbourne es “the place to be.

Espero no tener que echarla mucho de menos.