América

Agosto, 2016

“Pero ¿qué es la historia de América toda

sino una crónica de lo real maravilloso?”

Alejo Carpentier

“Ella enseña cómo ordenar la casa del alma.

Infunde en el ego un orden alternativo,

en el que la magia puede ocurrir.”

Clarissa Pinkola

Siempre me sorprendió el nombre de mi abuela. De pequeña no entendía -ignorando a Vespucio- por qué una persona se llamaba como un continente. América Alicia Deceda tenía 98 años cuando murió, hace unas semanas. Tengo muchas, muchísimas cosas que decir sobre ella, pero para decir todo lo que quiero y debo sobre América (y todas mis abuelas y abuelos) tendría que escribir libros y hacer películas. Empezaré por acá.

Gracias a un intento de documental aún no terminado, tengo horas de archivos de audio con la voz de América contando historias: de su vida, de la vida de sus hijos, de las personas a las que mató su padre, de despertarse embarazada en la madrugada y presenciar un duelo de armas en el páramo, de cuando cantaba tangos y boleros con su hermano José Celestino, del mar y de su propia abuela. Suelo hacer el chiste de que usaré esa voz para todo audiovisual que haga, porque es increíble: dramática, cinematográfica. El tono adecuado, la pausa correcta, las palabras justas, los silencios. Voz e historias permanecen entre los recuerdos más apreciados -y el olor a bay rum del cuarto, siempre perfumado-.

América nació en Guanta, un pueblo costero de Anzoátegui que no conozco. A los 14 años, su padre Isaac la separó de su mamá y se la llevó obligada a las montañas de otro pueblito, más pequeño y remoto, de Mérida. La travesía de playa a páramo duró varios meses y su relato me recuerda a ese pasaje de El Amor en los Tiempos del Cólera, cuando Fermina Daza es llevada a San Juan de la Ciénaga para librarla de los amores de Florentino Ariza. Pero abuela no huía del amor sino que iba a él, o a algo parecido. Allá conoció a Vicente Alí y se casó con él, porque “era lo mejorcito que había”. Eran primos hermanos. Con él tuvo 8 hijos, de los que vio morir a 2.

Su vida adulta transcurrió entre ciudades y casas distintas, parcialmente separada de mi abuelo -personificación de la infidelidad-. Lo único constante eran los jardines: a donde llegaba sembraba un jardín que florecía grande y hermoso. Rosas, pies de bailarinas, cayenas, crotos, pinos, violetas. Hace años que el jardín dejó de serlo. Se notaba la ausencia de la abuela; todo se fue secando y no volvieron a nacer las enredaderas de flores lilas en las ventanas. La familia se marchitó un poco, sin darnos cuenta.

Deceda era el apellido de su mamá y el de la mamá de su mamá. Es rumano y viene del verbo decedere, que se traduce como morir. Me encanta el significado de nuestro apellido y que venga de la línea materna; como si la muerte -que es parte de la vida- fuese de naturaleza femenina. Pienso en las Moiras, que tejían vida y muerte en Grecia. Pienso en el acto de tejer y en los tapetes, manteles y cosas bellísimas que América hacía. Yo aún no domino ni una aguja y eso me pesa.

También -sé que es normal- me pesa todo lo que no hice, ni dije. No le dije que muchas de las entradas de mi diario son sobre ella, o llevan su nombre en algún lugar; tampoco le dije que cada vez que nos despedíamos me iba llorando en silencio en el carro; que en mis sueños siempre es joven y fuerte y sonríe; que adoro sus vestidos de botones y cinturón y hace tiempo que quiero hacerme unos iguales. Tampoco le dije que hay días en que me siento muy triste y maldigo la vida que escogí; pero es también en esos días cuando la recuerdo y le pido perdón. ¿Cómo puedo estar triste si vengo de ti?

Pienso en la historia del continente, en nuestra condición barroca y en esa realidad maravillosa imaginada y jamás alcanzada por los surrealistas. Si algo tiene sentido luego de su muerte, es que ella -con su piel infinitamente arrugada, con sus venas hinchadas, con su memoria magnífica- se llame América.