El romanticismo alemán, la dictadura y el teleférico más alto del mundo
Pero el extravío ayuda, fuertes y reposados nos vuelven la noche y la pena.
- Hölderlin.
En orden ascendente, es así: Barinitas, La Montaña, La Aguada, Loma Redonda y Pico Espejo. Cualquiera que haya estudiado educación básica o media en Mérida, puede afirmar haberse aprendido de memoria los nombres y alturas de las estaciones del teleférico más alto del mundo. Con cuánto orgullo repetía yo de niña palabras, números e historias. Nunca había subido al teleférico hasta ahora; desde que se re-estrenó me frenaba quizás el rechazo a ver los ojos del ex presidente mirándome incluso allí, o a toparme con el grotesco letrero “Aquí no se habla mal de...”. El día que fui, fue una pareja de extranjeros, a quienes los cajeros querían cobrar en dólares. “Con pasaporte no sirve, si no tienes cédula son 50$”. Una estafa monumental considerando que el ticket cuesta 8000 bolívares, menos de 1 pinche $ -al cambio actual-. Los chamos no eran venezolanos pero si pilas y se fueron. La pinga, diría mi papá. Primera indignación del día; qué vergüenza, qué desgracia este gobierno, qué asco, qué todo, mira cómo se corrompe la gente por el chavismo, no.
Subimos al andén, no sin antes ser revisados por unos guardias nacionales -porque se te puede olvidar el cumpleaños de tu mamá, pero no que vives en un estado militarizado-. Ese viernes había despertado particularmente triste, luego de una noche de conversaciones oscuras y terribles sobre el presente y futuro de Venezuela; pero al ver el río a mis pies, las montañas casi en la cara y el cambio de vegetación, todo fue alegría. Un domo de paz a dos semanas de la Constituyente y durante la represión más violenta en la historia de nuestro país. Nada importaron los tonos rojizos de la cabina; ni el uniforme sugerentemente oficial de los empleados; ni el hecho de que el personal guía no tuviera dicción decente, ni conocimientos muy amplios. Por primera vez en meses fui feliz y, por unos minutos, fui libre. Disfrutar la vida que nos han querido robar es también un acto de rebeldía.
De Loma Redonda a Pico Espejo sucede lo maravilloso: las montañas verdes quedan atrás, ahora solo hay piedras negras y nieve. Pausa para un corazón que contempla lo Sublime. Sentí ganas de llorar, pero de ese llanto raro que solo se da frente a las grandes bellezas. Entre la neblina, aparece Francisco de Miranda; quien desde la cima de un risco, sostiene una bandera tricolor y saluda. Hola, soy la estatua de Miranda, quizás me recuerdes de películas como El Caminante sobre el Mar de Nubes, de Friedrich. Lo que de inmediato el inconsciente trae a la cabeza son las nociones que asociamos a ese nombre desde la infancia: héroe, independencia, libertad, prócer. Mi llanto a punto de ebullición. En momentos así uno no puede creer que algo tan hermoso pueda estar tan jodido. Paradoja. Y toda paradoja es, en esencia, romántica.

Al iniciar del descenso del pico, nos asignaron un grupo y no nos permitieron estar más de 30 o 40 minutos en cada estación. Lo usual es que cada cual baja cuando quiera y permanece cuanto quiera; pero ese día, nos confesó la guía, un alto funcionario estaba en Mérida e iba a usar las instalaciones. La orden era desalojar todo antes de las 4 pm. Segunda indignación del día; debieron avisar, debieron cobrar la mitad, qué asco, qué todo, chistes y cantos, llevo tu luz y tu aroma en mi piel. Porque si, la gente en el vagón -suspendido en medio de la nada- comenzó a cantar esa canción que es a la vez cursi y chauvinista y bella y segundo himno. También yo canté, aunque no sepa cómo.

Hoy, ante los últimos días de la dictadura o en las puertas de un destino terrible que no me atrevo a imaginar, en mi espíritu permanecen la cordillera andina y la libertad que me brindó. Indómitas e imperturblables.
