Syriza contra la Troika, una tragedia griega moderna

Una reflexión sobre Storytelling y política.

El pasado domingo, 26 de enero, se celebraron elecciones al parlamento griego. Durante las semanas anteriores se barajaron distintos escenarios, a partir de las encuestas y sondeos de opinión de voto. A pesar de que los comicios eran una cuestión nacional y de que, en teoría, los interesados debían ser los ciudadanos y residentes en el país, todo el mundo estaba pendiente del asunto.

Y no sólo eso. Fueron muchas las voces que se permitieron especular sobre los resultados y, lo que es peor aún, intentaron influir en ellos. Desde el BCE hasta la canciller de Alemania, Angela Merkel, pusieron todo su esfuerzo en demonizar a Syriza, el partido que según las encuestas podía ganar las elecciones.

El discurso, plagado de amenazas más o menos veladas, advertía a los griegos de que votar al partido liderado por Alexis Tsipras les podía salir muy caro. ¡Como si no estuvieran pagando ya un precio muy alto!

Desde distintos países, como España, otros dirigentes políticos se sumaron a ese discurso del miedo, en realidad temerosos de lo que pudiera pasar si Syriza se alzaba con el poder.

Y el miedo (por mucho que la política internacional se empeñe en ejercerlo) no es nunca un buen aliado.

Antes de que los colegios electorales cerraran sus puertas ya se sabía quién era el ganador: tan solo se trataba de una cuestión de cuantos escaños conseguía. Dicho más claro: de si obtenía directamente la mayoría absoluta o necesitaba establecer algún tipo de alianza para crear un gobierno estable. En cualquier caso, las peores pesadillas de la Troika se habían cumplido, a pesar de todas sus amenazas y descréditos.

El pueblo griego, extenuado por la presión económica, había hablado. Y su mensaje era muy claro. Habían abrazado el discurso de Tsipras y su gente: recuperar la dignidad, recuperar la ilusión, plantar cara a la dictadura económica del norte de Europa y, sobre todo, dejar de creer que sólo hay un camino hacia el futuro.

Ayer lunes leí la prensa con especial interés, no por los resultados ni las declaraciones de los políticos de aquí o de allá, sino porque buscaba algo que sabía que más pronto o más tarde aparecería. Y, efectivamente, di con ello. El primer lugar en el que lo encontré fue en esta noticia de “El País” (y aunque luego lo localicé en otros diarios, con este artículo como muestra es suficiente).

El texto empieza así: “La palabra del año en Bruselas es contranarrativa.” Me gustaría explicar qué entiende el articulista por este término. Contranarrativa se supone que es un relato que opone su significado a otro relato anterior, la narrativa. Aquí, por relato no se entiende una historia, sino directamente una visión de la política (del mundo).

Hace tiempo que entre los periodistas, asesores políticos y demás profesionales afines a estos temas, se ha instalado la idea de que “tienen que contar historias”. Alejados de su idea original (el periodista informa, el asesor aconseja…) parece que todos tienen la obligación de convertir en un relato lo que sea: una nota de prensa, un discurso político o una decisión económica, lo que, dicho sea de paso, resulta profundamente estúpido.

La idea de la que surge este despropósito es, sin duda, la de que “hay que llegar a la gente” (para que hagan lo que queremos) y que eso se consigue “emocionándoles”. El último paso en esta cadena de ideas sin sentido es, por supuesto, que las historias emocionan, por lo tanto ahora todos tenemos que contar historias.

Bueno, todos, todos, no. Sólo políticos, economistas, banqueros y sus voceros, la prensa oficial. Los demás tenemos que quedarnos muy quietos, escuchar, asentir y, eso sí, emocionarnos.

Durante los últimos meses, desde distintos lugares de Europa, se ha emitido un mensaje único sobre el “demonio” griego. La idea era espantarlo metiendo el miedo en el cuerpo a todos los europeos y, por descontado, al pueblo heleno, que era quien iba a votar.

Entre otras cosas, insistieron en que “no se podía romper con lo pactado anteriormente”. Cuando dijeron eso, no comprendieron que la frase tiene varios significados y que se puede aplicar a situaciones muy diferentes. Por decirlo claro: les ha salido el tiro por la culata.

Syriza ha ganado las elecciones y, mal que les pese, los políticos tienen que seguir jugando a la política según las reglas del juego. Porque eso es algo que no habían imaginado: que ellos también están obligados a seguir adelante, a dialogar con sus interlocutores, aunque ahora tengan la cara del populismo y, cuando hablen, digan cosas que no les gustan.

De ahí lo de la contranarrativa. Deben cambiar su discurso (ese que han defendido como único) y demostrar con los hechos que no lo era. Como dijo Winston Churchill: “Un político debe poseer la habilidad de predecir lo que pasará mañana, la semana que viene, el siguiente mes y el año que viene. Y tener la habilidad de explicar después porque no sucedió”.

En versión del refranero castellano: “donde dije digo, digo Diego”.

A eso es a lo que llaman contranarrativa. Desgraciadamente, esta nueva visión será tan ineficaz como la primera. ¿Porqué? Por la sencilla razón de que: uno, lo que cuentan no son historias, y si lo son carecen de la solidez mínima para llamarlas así… y dos, una historia debe ser integradora.

El buen storytelling brinda espacio para los errores y las contradicciones, pues errar es humano y una buena narrativa debe estar imbuida de ese espíritu que nos caracteriza como especie.

En realidad, esto no es nada nuevo. Ya lo dijo Publio Terencio Africano en el siglo segundo antes de Cristo: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, que traducido significa “Hombre soy; nada humano me es ajeno”.

Sin duda queda mucho por hacer en la política, y mucho, pero que mucho, en aplicar correctamente el Storytelling (en éste y otros campos) para lograr disfrutar de los beneficios que esta disciplina nos puede aportar.

(La imagen que abre el post es obra de Dirty Monkey)

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