Máxima

Me desperté al alba, asqueada del ruido de la vida, deseando un destello de calma y el silencio absoluto que sólo el sepulcro podía ofrecerme…

Estaba harta de todo, cansada de tener que lidiar con la miseria humana y pensé: Morir. Silencio. Morir. Descanso eterno. Morir. Delicioso suplicio. Morir, morir, morir… instante eterno…

Abrí los ojos y me hallé sola. Sola frente al espejo; observando la imagen confusa de aquella hija predilecta de los dioses, de la fatalidad, la agonía, la angustia y la venganza, dueña de la vida, invocada, aclamada, temida, siempre todo poderosa, caprichosa, inmutable, interminable, ama del destino de la humanidad entera, adorada y temida. Incorruptible: PERFECTA MUERTE.

…morir, morir, morir… instante eterno. Morir. Delirio. Morir. Embeleso. Morir, morir, morir… deseo inalcanzable.

Salí a ala calle a buscar desesperada aquel silencio, aquella calma, aquella agonía que todos gozaban, menos yo, aquel éxtasis momentáneo, espontáneo, delirante, único…

Lo busqué de todas las formas posibles; lo invoqué mientras mis entrañas se consumían con el fuego del veneno. Le pedí que viniera con el frío de la navaja punzándome en lo profundo del alma. Le exigí que llegara mientras el ardor de la bala entraba a mi cuerpo reventándome las víceras. Llamé, grité, supliqué, imploré y exigí revolviéndome en la desesperación pastosa de la inmortalidad.

Azorada, subí a un puente; convencida en mi demencia de que llegaría después de un “corto vuelo”.

Me dejé caer. Sentí el viento ondulando por entre todo mi ser, el ruido de la precipitación me ensordeció, veía acercarse la tierra como un gran imán adherido a mi cuerpo: cerca, más cerca… escuché el ruido seco y atronador que produjo mi cuerpo al estamparse y luego un dolor fulminante…

— “Despierta, tienes que ir hoy a recoger a tus múltiples presas.”

Abrí los ojos y mi ser superior agradeció todo. Él, mi amado y perfecto creador al fin me había concedido un deseo:

Sentir el ensueño del moribundo.


Este cuento fue expresamente escrito para día de muertos, con la finalidad de ser leído en atril en voz alta. La idea que giró mi mente en ese tiempo era, ¿qué sentía la muerte inmortal, sin poder probarse a sí misma?

Tenía simplemente 14 años al escribirlo y no podía dejar de hacerme preguntas sobre aquello que no comprendía.