Pan
Lo que más me gusta de mi trabajo, es ver cómo amanece. Mirar a la calle todo calladito, esperar a que el tiempo amaine; que el calor llegue despacito con el solecito; meterse por todas las calles de esta ciudad que todos los días parece hormiguero y darte cuenta de que son pocos los locos descarriados que a esas horas todavía andan dando tumbos.
Pero todo eso se tuerce cuando me tengo que subir a la troca con el Juan que no para su arguende; que si los huevos cada día salen más caros, que si los kilos de harina ya no vienen completos como antes; que hay que cobrar más caro para poder sacar lo que ahora cuestan las materias primas…
Y yo que lo único que quiero es meter las manos en la masa; hundirme hasta los codos; bañarme con ese fino polvo de color blanco hasta quedar como pambacito o fantasma, pintadita completa de blanco…
Pero el Juan no se deja de quejar, nada que lo calla “despierta tú que el diablito no se mueve solo…” y el jaleo sigue completo por toda la Central de Abasto, arrastrando de acá pa´llá el montón de chismes, dimes diretes, gritos de oferta y cómo no, mi preciada harinita con todo el triquitín de trastos e ingredientes en el montón que jalamos…
No importa cuán temprano me levante, cuántos kilos cargue o todo lo que tenga que lidiar al Juan con sus necedades… Sé que el día ha valido la pena cuando veo al viejo sentado en la mesa, con la tacita de café frente de él sopeando sabroso y diciéndome: “Mi´ja ´hora sí te quedo buena la conchita”.
Tomado de una improvisación oral rápida en taller de Verbo Mata Carita el 24 de Noviembre de 2015