Corazón arrugado de tinta negra

Edward Hopper Habitación de hotel, 1931

Entre sueños, acababa de escuchar el murmullo de las montañas, viajando constantemente su tristeza de un lugar a otro. Abrió los ojos, aún era de noche, el sueño aún dibujaba sobre la piedra de la realidad. Encendió la luz. Abrió la maleta de piel y creyó entrar en otro sueño, al leer las cartas que había dentro. En una de ellas pareció encontrar el aire viejo de un patío vacío, en una de las fotografías. Pensó que nada parecía real en aquella habitación de hotel. La última noche (después de viajar de ciudad en ciudad, de calle en calle, de un pueblo a otro pueblo) él encendió un cigarrillo y abrió las ventanas. Los perros ladraban la vieja luna llena. El reloj marcaba las seis.

Ella aún dormía.

A su lado, lo único que tenía era una página arrancada de un libro. En aquella casa extraña. Ni reloj, ni brújula. La noche había caído sobre el rostro de sol de la luna. Estaba confundida y vacía. Él ya se había ido hacía un buen rato. Ruidos en las escaleras la habían despertado. Estiró el papel arrugado y leyó:

Su departamento era pequeño, interior y totalmente impersonal. Podría haberse pensado que acababa de mudarse esa tarde. Frente a un duro sofá de color verde fuerte había una mesa encima de la cual se amontonaban una botella de whisky medio vacía, un recipiente con hielo derretido, tres botellitas vacías de soda, dos vasos, y un cenicero de vidrio lleno de colillas con y sin huellas de lápiz labial.
En la habitación no había ninguna fotografía u otro objeto de carácter personal. Podía haber sido una de estas piezas de hotel que se alquilan para una reunión o una despedida, para tomar unas copas o para una cita de amor. No parecía un lugar donde viviera alguien. […]
Tampoco mencionó el hecho de no tener trabajo, ni perspectivas de conseguirlo, ni que su último dólar se había ido en pagar la cuenta en The Dancers para una sedosa muñeca de alta sociedad que ni siquiera se quedó el tiempo suficiente para asegurarle que un auto no le pasara por encima.

Encendió un cigarrillo, se vistió y cerró la puerta, sabiendo que no volvería a ese lugar.

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