El jardin de las delicias de Bryan Ferry

Alex Serrano
Jul 20, 2017 · 4 min read

Bryan Ferry. Noches del Botánico. Madrid

Lo de Bryan Ferry anoche en el Botánico. Para quien no lo sepa, el ciclo de Noches del Botánico, que recorre la canícula madrileña a golpe de variopinto concierto, se celebra en el Jardín Botánico de la Universidad Complutense. Un escenario en condiciones, con un amplio espacio y una grada instalada para la ocasión constituyen la zona de conciertos per se. A su alrededor, césped (artificial y del bueno), pallets y hamacas, food trucks de todo tipo y una hilera de tiendas en las que se vende desde ropa de inspiración ibicenca a gafas de sol pintadas a mano y, menos mal, merchandising y discos del artista que actúa. No todo está perdido.

No nos engañemos, la propuesta es golosa y el marcos incomparable para hacer frente a los rigores veraniegos en la ciudad. Muchos maduritos lo entendieron así y decidieron acudir a la llamada del ex líder de Roxy Music, sempiterno dandy, aún en el otoño de su existencia. Había ganas e intención de verse y dejarse ver en el variopinto público, que incluía a gente bien, bronceados treintañeros y treintañeras, zorros plateados, nostálgicos de los ochenta y algún que otro jovenzuelo con camisetas de Slayer (real story). Desde el perfect fit de Luis Medina a la camisa estampada de Antonna, se pulsaban en el ambiente un moroso hedonismo y una serena expectación totalmente ad hoc con la filosofía y maneras del monarca de Avalon.

A eso de las diez de la noche saltaba al escenario Bryan Ferry, escoltado por un nutrido acompañamiento sobre las tablas, una comitiva ataviada de riguroso negro de hasta nueve músicos, incluido el talentoso guitarrista británico Chris Spedding, mercenario de lujo al servicio de artistas que van de Elton John a Tom Waits o Paul McCartney, amén de rumbosos coristas con bien de lentejuelas, una saxofonista y una violinista, etc. etc. Ferry, elegante con su melena estudiadamente descocada, estiloso pese a su americana un par de tallas grande, bello pese a que el tiempo no ha sido clemente con sus afiladas facciones, empieza la noche inquieto y arranca con una melange de canciones de Roxy Music (The main thing, Ladytron, Out of the blue), un hit de cosecha propia (Slave to love) y la primera versión de la noche, una sorprendente Simple twist of fate de Bob Dylan. El británico alterna la faceta de frontman, con sus bailes y una elegante afectación, con pasajes a los que se enfrenta sentado frente a un teclado.

El sonido fluye de manera sedosa ante un aforo numeroso pero no demasiado apretado. Puede uno moverse y respirar. La voz de Bryan Ferry es un pecado de terciopelo que se ve acompañada de una agradable brisa nocturna. El público baila, conversa o retrata el momento con el teléfono móvil mientras desfila un bloque de composiciones made in Ferry, entre las que destacan Bête Noir y Zamba, dos de esas canciones en las que el solista, entre las brumas de instrumentaciones deliciosamente ochenteras, parece hacernos complices de un secreto peligroso, irresistible y, cómo no, sexy. Esquivando el tópico, el público, incluso el de apariencia más diletante, ese que accede invitado y/o se dedica a hacer tiempo entre hit y hit, conoce, corea y disfruta del repertorio. Una pequeña gran victoria.

El gentleman de la tierra del Brexit vuelve a saltar la banca de las covers ( y, aviso, no será la última ocasión a lo largo de la noche), esta vez con una estimulante versión de la canónica Like a hurricane de Neil Young. Una auténtica delicia que abre las puertas de Babilonia, un pasaporte a los fastos y el maná que constituyen un amplio bloque de canciones de Roxy Music avisadas con una intensa Remake/Remodel para, con la audiencia ya totalmente desarmada, entrar a matar enlazando More than this, Avalon y Love is the drug. Bryan Ferry, quizás algo ausente al principio del espectáculo, saluda, presenta a la banda, se contonea, agradece volver a Madrid y, en definitiva, hace gala de los encantos que se esperan y suponen a Bryan Ferry. Allá donde otros darían por cubierto el expediente, el ex Roxy Music, envalentonado pero no desafiante, se permite cerrar la noche con tres versiones, tres. Un (no podía ser de otra forma) vacilón acercamiento a Let’s stick together de Wilbert Harrison y unas What goes on (The Velvet Underground) y Jealous Guy (John Lennon) totalmente asimilados a la verdadera religión ferryana. La liturgia acababa ahí con una última caricia, con un adiós que las bronceadas muchachas, los abigarrados jóvenes de polos impolutamente planchados y los emocionados cuarentones con gintonic en mano solo quieren interpretar como un hasta luego. Pero no hay nada que hacer. El hechizo del mago de las camisas blanquísimas y el flequillo rebelde ya se ha perdido entre las sombras de las acacias y los rododendros.

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    Alex Serrano

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