Camboya

«¡Esto es Camboya!»

Era nuestro grito de guerra preferido, el momento que esperábamos a lo largo de todo el año, la primera noche de los fuegos artificiales de San Fermín. Nos colocábamos en la Vuelta del Castillo, muy cerquita de la zona de la muralla de la que salían los cohetes, y esperábamos en tensión a que fuera la hora programada. Todos más o menos a una distancia prudente, todos menos nosotros, que queríamos sentir el olor de la pólvora y los pedazos de goma y cartón quemado lloviéndonos en el pelo.

Entonces salíamos corriendo agarrándonos la barriga por la risa y por las caras de Mikel, esa voz de camionero veterano, gritando desaforado, «¡Esto es Camboya! ¡Corred! ¡Corred por vuestras vidas!». Y corríamos, huyendo de las explosiones y soltando toda la risa que llevábamos conteniendo toda la tarde, que digo la tarde, todos los meses desde el último «pobre de mí». Aquello era Camboya, sí, y también era el paraíso, la isla a la que me pasaba once meses soñando con ir. Yo, desde Sevilla, en un colegio de sólo chicos, donde el momento preferido era la misa de domingo, detrás del todo, cerca de la puerta de la iglesia de la Trinidad, donde estaban las chicas de las Trinitarias que venían a comulgar pero en realidad venían a lo mismo que nosotros, a ver a gente del otro sexo y a tocarnos un poco, a besarnos un rato en las mejillas, al menos el tiempo que dura el permiso de darse la paz durante la ceremonia.

Pero Pamplona era otra cosa, era vivir en la calle, era ver a los primos después de un año, era reencontrarse con sus amigos, que durante quince días eran los tuyos, frescos, crujientes y recién desenvueltos. Yo los miraba como un salón lleno de regalos de reyes y sé que mi forma de mirarlos cambiaba la forma de mirarlos de mis primos, que fingían que también ellos estaban de viaje y que también aquellos eran amigos nuevos y relucientes. Todos ellos ingeniosos y ágiles, encantados de verte, encantados de verlos, con una batería de bromas acumuladas durante un año que esperaban mi llegada. Y ellas eran estupendas, con el pudor furioso de las navarras, buscando que alguno diga una inconveniencia para poder responder con un puñetazo defensivo y a la vez sentir el calor de ser deseadas. Ellas que ponían mohínes, que se reunían en camarilla privada hasta que decidían que merecíamos su compañía, que al final aceptaban jugar a nuestros juegos y así poder empujarnos y apelotonarnos legalmente. Ellas, que eran chicas, y eran todas bonitas.

Y Marisa, la más bonita de todas.

Era rubia de ojos casi grises, aunque me gustaban las de pelo negro, y era blanca lechosa, que es una piel que me da escalofríos de pensar en tocar. La suya era más blanca que la de mis peores pesadillas, llena de pecas, casi transparente. Si la imaginaba me repelía, si la veía quería pegarme a esa piel sin parar y con toda la mano, extendiendo toda la palma, llenándola entera de la piel blanca de Marisa. Estaba casi siempre de mal humor y se escondía bajo ropa oscura y del tamaño de sacos de verduras de veinte kilos. Era el blanco de los comentarios más guarros de los chicos y la que respondía más violentamente, con collejas secas y amenazas de puntapiés con sus botas negras de punta de hierro.

Estaba prohibida, por la ley de las novias de los amigos, que con catorce años no pueden siquiera ser imaginadas. Ella no era novia de Xabi pero se habían besado el año anterior, y alguna vez más, y siempre a escondidas, aunque todos lo sabían. No era novia de Xabi pero legalmente era como si fuesen marido y mujer consagrados. Él no te pedía que te alejaras de ella, es más, jugaba a ser desapegado y a apostar con cuál del grupo se enrollaría primero. Pero no se enrollaría con ninguno porque le pertenecía, silenciosamente, sin tener que aclararlo. Yo no sabía si al revés era lo mismo, si Xabi no podía tocarse. Con ellas, con las demás, eso no se sobreentendía. Ni se hablaba, pero entre nosotros tampoco cruzábamos palabra sobre el tema. Marisa era fruta prohibida y yo estaba loco por ella, y todavía no sé por qué, pero quería besar esa boca pequeña, descolorida y puntiaguda que apenas sonreía, que casi siempre estaba en un rictus furioso de labio fruncido.

Nos escribíamos durante todo el año, una carta al mes, poco más de un folio por las dos caras, cara y media a lo mejor. Un resumen de noticias, ella me contaba qué hacían todos, yo sólo comentaba sus noticias, no contaba nada de mí, ni del mundo que me rodeaba mil kilómetros al sur. Mi correspondencia no era más que una glosa a la suya, una respuesta constante, nada que se pareciese a un diálogo de verdad. Pero yo era feliz viendo su letra redondeada y torcida, de minúsculas bien unidas en cada palabra, y su nombre en el remite, matasellos de Pamplona. Otra carta con casi nada dentro, pero con el nombre «Marisa» escrito bien visible por fuera. Es posible que para ella fuese una mera obligación, algo que tocaba hacer, una disciplina bien aprendida; te escriben, respondes, eso es todo, esa son las reglas, así es como se hace. Pero para mí era la certeza de haber gozado al menos de cuarenta y cinco minutos de su tiempo, más comprar y pegar el sello, más escribir mi nombre, su mano izquierda dibujando las letras de mis apellidos, ella toda mía en ese momento tan corto.

Además era secreta, tan secreta que no la contaba en voz alta, y la sustituía por cualquier otra, cualquier otra era válida, cualquiera a la que nunca le escribía. Mis sueños con Marisa me avergonzaban porque eran de verdad y porque no los comprendía.

El año en que se besó con Xabi apenas intercambiamos palabras, y yo creo que me enamoré de los dos a la vez, de los dos que podían besarse, que es algo que yo no sabía hacer. Yo era el primo de Sevilla que pasaba los veranos en Navarra, ella me saludaba y se mantenía seria y distante, acentuando cualquier prejuicio que pudiese tener al conocerla. En cuanto me marché de Pamplona y terminé el verano en las playas de Huelva cogí una postal de las marismas de Isla Cristina y le mandé cuatro líneas con un abrazo como firma. Ella respondió sorprendida, pero respondió, y supe que con esa postal había corrido más que con quince días de compartir el mismo espacio. Para cuando volví a Pamplona, otro San Fermín pero nos reunimos los mismos, me recibió algo encogida y de brazos cruzados, pero me dio igual. Fui y la besé fuerte en la mejilla y ella me pegó en el hombro y luego pegó a Mikel y a Jon y a Xabi más que a ninguno, porque todos reían de mi beso. «¡Apuesto por él!», reía a gritos Xabi, y luego me explicaban que llevaban meses apostando por el próximo que lograría hacerse con el favor de Marisa, que desde el verano anterior se había convertido en una columna de hielo. «¡Apuesto por él!» y yo me sentía orgulloso pero también sabía que las cartas en realidad no decían nada, aunque para los demás fuesen cartas que llegasen todos los meses, y sabía que yo la había besado en la mejilla porque en el sur nos besamos, pero que ella se había puesto rígida como una esfinge y que yo fui el único que emitió calor. «¡Apuesto por él!» se reía Xabi y me daba un abrazo de machote, que era el modo mejor para advertirme que no podía cruzar esa línea, y yo me sonreía y decía que sí con la cabeza, que apostasen por mí y que no la cruzaría.

Así que ya estábamos todos, doce meses después, y esa noche nos íbamos a Camboya, que se había quedado esperándonos inmóvil un año atrás.

Nos colocamos en el césped delante del foso, como siempre, sentados en el suelo, escuchando a Mikel y Jon darse réplicas y contrarréplicas sin parar, disfrutando del estar ahí, en ese momento. Yo los oía mientras me deslizaba como un ratón hasta sentarme en el perímetro de seguridad de Marisa, cerca pero sin invadir, cerca como para que el movimiento involuntario rozase su brazo con el mío y el vello se erizase al mínimo contacto. Sentado en el suelo, miradas de reojo y ella firme con los ojos hacia el frente, divirtiéndose como los demás pero siempre con el ceño fruncido, los sentidos alertas por si tiene que pegar a alguno desmadrado. Pero no tuvo que pegar a nadie porque todos esperábamos el momento de los fuegos, teníamos los gritos y la risa contenidos en el estómago a punto de estallar, con una ansiedad desesperada por que todo comenzase y poder así culminar nuestro momento.

A las once de la noche llegamos a Camboya. O más bien Camboya llegó a nosotros.

Primero fue un silbido largo que al mismo tiempo calló todas las conversaciones de la Ciudadela y las transformó en algo parecido a un «oh» sostenido. Luego un fogonazo blanco aislado y un sonido seco, el del primer cohete que avisa de que comienza la guerra y que marca el camino a los oídos para que se preparen para lo que se les viene encima. Luego los pequeños cañones situados a lo largo de la muralla empezaron a escupir alternativamente los cartuchos llenos de colores y de figuras iluminadas, sin pausa, acompañados de un ruido continuado e imparable. Trozos de cohetes empezaron a llover y una densa niebla blanca y polvorienta rodeó a todos los que estábamos allí. Nos levantamos de un salto y empezamos a correr como locos, avivados por el grito de guerra de Mikel. «¡Esto es Camboya!», aullaba, y todos los demás reían con todos los pulmones que no usaban para huir corriendo; todos reían menos yo, que me volví para mirar a Marisa, porque quería verla reír a carcajadas.

Pero Marisa estaba parada con las manos en los ojos y sin reír, con la boca entreabierta, como emitiendo un quejido sin sonido. Frené mi carrera y volví a su lado; se tapaba un ojo con una mano mientras que un dedo de la otra intentaba hurgar por debajo, buscando el trozo de fuego que se había alojado en el lagrimal. La cogí del brazo con fuerza, usando toda la mano extendida, con toda la palma sobre su piel transparente, notando cada vello rubio sin equivocar ninguno. Me miró y me reí, de pura felicidad, me reí de que no apartase el brazo y de tener una excusa perfecta para tocarla. «¡Tenemos un herido, han sido los charlies, necesito ayuda!», grité para ella, porque los demás ya habían desaparecido, y la obligué a incorporarse y a correr. Y entonces sí la oí reír a carcajadas, risas limpias y plenas como las de todos los demás, entre las que intercalaba «ay ay ay mi ojo», y se soltó el brazo y me dio la mano y corrimos así cogidos, como dos novios de San Fermín con toda la noche por delante. Y soñé despierto mientras corría, agarrado de la mano de Marisa, buscando una fuente de las de la Vuelta del Castillo para echar agua fría en su ojo, soñé con que no iba a soltarle la mano para que se enjuagase el lagrimal, sino que se lo enjuagaría yo y luego se lo secaría con mi camiseta, justo antes de besarla, mientras las bombas estallaban a nuestro alrededor, bajo el cielo infinito de Camboya.

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