Cari, ¿qué coño has estado haciendo estos últimos 3 años?


Como se habrá enterado hasta mi (esquizofrénica, esquizofrénica, esquizofrénica) vecina de abajo, AL FIN he depositado la tesis. Empecé a escribir este post mientras escribía las conclusiones. Ese es un momento muy cóctel-Carmina-Ordoñez-Lexatín-&-coca: por un lado te da la bajona de estar terminando, y por otro, es un parraque máximo porque ahí (en teoría) va lo verdaderamente valioso de tu tesis. Te toca mojarte y dejar algo de tí, de la intuición que (se supone que) tienes después de estar batiéndote el cobre con la literatura y la matemática del tema. El caso es que me daba muchísima pena porque ahí no podía poner algo que me hubiera encantado leer en las tesis de los demás: cari, ¿por qué esta paranoia? ¿Pero ha habido algo bueno? ¿Estás contentico? (feat. @Sirocoma).

Llámame Doctor Mario porque…

Subfigura A. El tráfico wireless que generábamos con el Teletrébol de Telecinco. Subfigura B. Tráfico generado por una reunión de amiguis cualquiera con Instagram.

…he hecho cosicas para que podamos ver vídeos de perretes más rápido cuando estamos fuera de casa. El título de mi tesis es “Coexistence Policies in Cognitive Radio” (¿te la quieres leer? -> HERE). Resumen rápido: imaginad que las comunicaciones inalámbricas son vehículos en una autopista, con carriles reservados para cada servicio: uno para taxis (en la analogía, por ejemplo, televisión), otro para Vehículos de Alta Ocupación (VAO) (e.g. móviles), etc. Al principio viajaba poca gente, con lo que había carriles de autopista de sobra (Subfigura A). Pero en esta equivalencia, Youtube en el móvil sería un camión que necesita 3 carriles pa’ el sólo (Subfigura B). No podemos reservar tantos carriles porque la autopista no tiene tantos. Además, algunos de estos carriles se siguen usando de uvas a peras, pero se usan. ¿Por qué no dejar al camionazo-youtube que vaya cambiando de carriles (y/o a los demás vehículos), colocándose en los que pueda, siempre que estén libres, sin chocar con los vehículos reservados para cada carril? Pero claro, no íbamos a estar nosotros conduciendo el camión manualmente (imaginaos tener que ir cambiando un dial de radio para ir recibiendo los datos, según nos vamos moviendo). Yo he investigado qué mecanismos pueden usarse para que el camión circule sin chocar por esa carretera, sin conductor, de manera inteligente.

¿Por qué te dio esta paranoia?

Me encantaría marcarme un pegote a lo iluminado y decir que desde que tenía 3 años ya soñaba con “aplicar inteligencia artificial al acceso dinámico al espectro radioeléctrico” #NOT. A lo Ed Catmull, el presi de Pixar, que te suelta en su libro Creatividad S.A que “EN EL INSTITUTO me impuse el objetivo de hacer sin prisas la primera película de animación por ordenador y trabajé sin descanso durante veinte años para lograrlo”. No es el único, también John Carmack y John Romero, los creadores de Doom, el tito Amancio (Ortega)... Menos mal que luego viene peña un poco más seria como Malcom Gladwell en “Outliers” a contarte que la mayoría de estas personas vivieron una serie de circunstancias especiales que codicionaron sus intereses y por tanto, sus objetivos y su éxito. O Mihaly “Never-ending-surname” (que diría mi amigui Iria), que te cuenta en “Creativity: the psychology of discovery and invention” (capítulo 7, “The Early Years”), como un sesgo cognitivo lleva a estos triunfadores a transformar su historia vital en un todo-conectado con coherencia desde la infancia hasta la actualidad, cuando no ocurrió así.

Lo mío fue una pequeña carambola: me gustó bastante hacer el proyecto final de carrera (que fue un pequeño contacto con la investigación), y ante la que se estaba liando con la crisis, imagínate que vienen y te dicen “holi, te aseguro un sueldo durante 4 años, estudiando cosas chulis, y acabas de doctor, que tienen un 1% de paro”.

Entonces, why so serious?

Porque me pegué el hostión del siglo.

Hasta llegar al doctorado, prometo que era el típico motivado que pensaba que cualquiera puede conseguir lo que quiera, siempre que lo quiera lo suficiente. Que todo era una cuestión de tiempo y motivación. Esto todavía lo pienso, sólo que ahora tengo súper presente que el tiempo no es infinito y la motivación aún menos.

Reconozco que iba hiper-confiado porque siempre he sido muy buen estudiante, con lo que la hostia ha sido doble. Dice Matt Might en su blog: “If you have an ego problem, Ph.D. school will fix it. With a vengeance”. Entonces ni se me pasó por la cabeza lo que supone resolver problemas no acotados: el requisito para publicar un trabajo, y finalmente depositar tu tesis doctoral, es que hagas una contribución original a tu campo, algo que no haya planteado antes nadie y que funcione. Tampoco tenía ni idea de que la tasa de abandono fuera tan bestia (del 50% entre los que consiguen mi beca). Otra cosa que tampoco piensas es que, obviamente, la peña que se decide por estudios doctorales (y contra la que pasas a competir) son, por cojones, buenos estudiantes también.

Vaya panorama, amiga. Cuéntame algo bonico.


Afortunadamente, aparte de atravesar el valle de la mierda como dice The Thesis Whisperer (varias veces, y revolcarse en él), también puedo decir que ni siquiera soy la misma persona que empezó. Por nombrar algunas:

  • Metodología, un cambio a nivel de proceso en el pensamiento. Todo muy sistemático, hacer orden del caos absoluto en poco tiempo, saber qué pasos ir dando para hacerse un pseudo-experto en cualquier cosa, incluso cuando no tienes ni remota idea. Retorcer los modelos y las argumentaciones como si fueran cubos de Rubik hasta que “medio-encajan”.
  • Curiosidad, hasta un punto casi problemático. Va a llegar el día en que me interese TODO. Me falta vida ahora mismo para leer, aprender y probar todo lo que me apetece. Esto es un poco una putada porque parece ser que es importante aburrirse de cuando en cuando.
  • Resiliencia. Llega un cierto punto en que te das cuenta de que las tareas nunca se acaban, que las fechas de entrega nunca son realistas (al menos para la calidad que te gustaría darle a las cosas), que casi nunca encuentras la solución a la primera (ni a la segunda, ni a la tercera…). Es más, hay semanas que aunque has pasado 8–10 horas diarias formulando, probando y leyendo, el progreso es literalmente cero. Por una cuestión de supervivencia, te quedas con un rollete en plan “bueno, pues que venga lo que venga, que aquí estoy yo”.

¿Estás contentico?

Sí, pero a pesar del doctorado, y no gracias a él (así que, en verdad, la respuesta es NO). Es verdad que me ha reportado cosas muy importantes a título personal. También que le pillé el punto y hacia el final acabé disfrutándolo ampliamente. Pero el coste en angustia por la incertidumbre no lo ha merecido. Y quizá esas aptitudes positivas las hubiera adquirido con otra actividad profesional o simplemente con el tiempo a través de mis hobbies. Lo que es peor, creo que este esfuerzo puesto en otra actividad hubiera reportado mucho más beneficio.

¿Y el futuro profesional? Pues en princpio tan feo que, probablemente acabe cambiando de actividad. Los puestos son poquísimos, la competencia es altísima y estar a la altura (me) requiere algo que no parece psicológicamente muy sano: jornadas diarias constantes de más de 10 horas (que no es que sea duro ya por el hecho de que sea mucho trabajo, sino por el hecho a que tienes que renunciar a cualquier otro interés: familia, amigos, deporte), sábados y domingos. También implica no pensar en quedarse en España (no temporalmente, sino para siempre). En resumen, como leí en algún lugar (creo que en A PhD is Not Enough: a Guide to Survival in Science) “sé investigador sólo si no eres capaz de ser feliz haciendo cualquier otra cosa”.