Domingo

Me despierto. Doy veinte mil vueltas en la cama y acabo mirando al techo medio muerto. No hace falta tener una resaca [de tres pares de cojones] para notar que estoy más espeso que mi propia boca. Las paredes se abalanzan contra mí para comerme vivo. Ya no sé si subirme por ellas o comerme el techo porque parece que voy hasta las cejas de pensamientos. Vuelve a ser domingo.

Hago el esfuerzo sobrehumano de levantarme a mí mismo (no de levantarme) y arrastro los pies con cuidado de no tropezarme con una cara larga que arrastro por el suelo. Voy al baño y amenazo con la mirada un punto fijo que parece ser el culpable de que me sienta así.

Pero realmente, ¿cómo me siento? Quiero decir, estoy como mal pero tampoco hay razones para estarlo. Es posible que tenga que ver sólo conmigo, con los dramas que me monto, pero no me funciona la fórmula de vivir tumbado, de encender Netflix, de comer hasta reventar, de manta y peli. Quizá no si estoy solo. Pero, cuando estoy con alguien y hago eso, ¿hago de mis días un domingo?

El momento de preguntarse si se es normal ha quedado ya tan atrás que se vive en la convicción de que se es diferente. Y entonces, ¿qué me queda? ¿Vivir odiando los domingos resignándome a hacer lo que todo el mundo hace sintiéndome diferente? Mejor no, eso ya lo hago cada día. Es quizá hora de pensar el porqué.

La suerte y maldición del que no trabaja. Emplear el tiempo libre sin tener jefe ni de uno mismo. Y puede que ese sea mi problema, aceptar las cosas como irremediables mientras se vive en la comodidad de la resignación. Querer cambiar el mundo sentado en el sofá lo llamo yo. Se quiere cambiar el mundo, pero se está tan calentito aquí dentro…

El móvil se está quedando sin batería y a mí no hay frase de Coelho que me levante. Se me está cansando el dedo de darle al replay a la misma canción. Me pasa siempre que encuentro una canción que me atrae. La escucho, la escucho en exceso, pero lejos de odiarla, lo que ocurre es que va perdiendo su identidad, y poco a poco va adaptándose a cualquiera de mis estados de ánimo. Más bien parece que acabe abusando de ella.

De nuevo doy gracias al botón de aleatorio de mi reproductor, que sabe perfectamente y decide hacer una selección de mis canciones desgastadas. Justo se trata de una canción vieja, además de desgastada, vieja. Pero el encanto de esta es que por muchos años y muchas veces que la escuche, siempre tiene una nueva lectura. A veces pienso que es una canción perfecta, luego, lejos de ello, pienso que soy yo encantado como si de un juguete viejo de la infancia se tratase, que ve en él el paso del tiempo en el sentido más subjetivo de la experiencia y por lo tanto va más allá de un adolescente rapeando lágrimas.

No voy a hacer excesivo énfasis en la canción, para ello necesitaría una entrada por tema. Pero este, este en especial habla de ruinas. De vivir entre escombros pero de no ver más allá de ellos. Se trata de eso, la contraproducente rebeldía adolescente enfrentada a la comodidad de la subordinación adulta. Sin embargo, entre tanta comedura de cabeza, hay una frase que atraviesa todo el discurso quejica anterior:

“Es que un cabrón puede hacer cambiar el mundo, pero no hay uno en este mundo que cambie a este cabrón” — Crema.

Quizá sea sólo eso, una respuesta más a la polifacética visión de un adolescente de sus problemas. Pero también me sugiere que, a pesar de vivir entre ruinas, uno tiene que seguir haciendo su camino, a pesar de no saber a dónde ir, seguir avanzando.

Empezar a escribir este blog es salir a ese frío, dar un paso desde la inconformidad hacia la decisión. Quiero dejar de debatir entre si es impuesto o algo normal y pasar a pensar qué es lo que quiero hacer. Y es posible que me arrepienta, pero entonces será de haberlo hecho.

Este ha sido un domingo dedicado a escribir, que es algo que me da la vida y sin embargo tengo abandonado por creer que tengo otras cosas que hacer. Al final se trata de eso, aunque las cosas no vengan dadas, poder elegir hacer siempre lo que se quiera. Poder elegir escribir los domingos.

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