Ella baila sola


Ella baila sola, creando su hipnotizante danza con la que logra sobrevivir en esta gris y sucia ciudad. Aquel baile contorneante, sucio, encelado. Aquel que promete abandonar cada mañana, pero que se encuentra realizando cada noche.

Ella baila sola, al compás de los bajos retumbantes que producen sus tacones de tachas negras.

Caminando a paso entrecortado con el astro padre hirviéndola en sopa de pescado, tabaco y alcohol. Con corona. Corona de tristeza y vergüenza pegada al cuero cabelludo que aprieta cada vez más. Como un tumor inoperable, irremovible.

Tocada por aquella marca que tienen las que han visto a Dios en la cara y le han escupido en ella, riéndose de su condena. Riéndose y agradeciendo al viento de no ser aquel Ente al que culpan de todo el mal de esta existencia y de las anteriores. Aquel que está condenado a observar toda la mierda que se pudre en cada esquina, en cada puerta cerrada, en cada ataúd aún por llenar.

Aún por llenar o aún por vaciar. Ella siempre estuvo mitad muerta.

Aún recuerda aquellos efímeros instantes donde fue completa alguna vez. O cree recordar. A estas alturas no sabe diferenciar si lo que se encuentra dentro de su tumoroso cerebro son recuerdos o historias que ella creó como soga con lazo colgada en el techo en caso de emergencia.

Y los bajos retumbando por las calles de Lima. Y otra vez inmersa en erizantes sonidos y figuras que respiran y mutan. Es ese Amor el que con tantas ganas quiere revivir. Y es que estar medio muerta puede ser algo beneficioso, se dice a menudo. Ella baila sola.

Y es que un espejo puede ser el arma más poderosa. Arma de doble filo que representa la realidad y lo que quieres que sea. Ataúd medio vacío y medio lleno.

De cuando en cuando logra escuchar murmullos de sujetos a su alrededor. Murmullos que deciden sembrarse dentro de ella. Un tumor más del montón. Las bestias engendran bestias que por dentro carcomen hasta estar satisfechas.

Ella baila sola. Y se da cuenta que estar medio viva también puede resultar ameno. Se permite saborear aquellas gotas de maná que trae la briza de los noctámbulos. Aquel néctar por el que valdría la pena quedarse. Aquel que se escapa de sus labios cuando el cielo se pinta de furia. Ella siente que las mañanas le roban un poco más la vida. Odia los comienzos, sabe que no traen nada bueno. Nada que comienza es bueno porque significa que tendrá un final y es por eso que le gusta pensar en la muerte. Nunca termina.

La muerte aparece cada vez que se ve al espejo. La sabia muerte que susurra a su único oído vivo. Le dice que ella nunca será completa. Está confinada a vagar por aquel purgatorio de lozas y cemento.

Ella baila sola. Y mientras baila remembra aquella parte de ella que se fue hace mucho tiempo. Y engulle otra pastilla. Y baila como si estuviera completa, ondeando su cuerpo en ciclos infinitos de recuerdos y vivencias del pasado. De aquella mitad que entre nubes regresa sólo para recordarle que se fue, que ya no está. Que sólo retorna para hacerle darse cuenta que nunca será completa otra vez. Que nunca lo fue. Que todo es un recuerdo o una historia creada como una cuerda con un lazo colgada en el techo en caso de emergencia.