A 40 años del debut de un distinto

Las malas lenguas decían que era muy individualista. Muchas voces coincidieron en tildarlo de hosco, huraño y poco afecto a unir el vestuario. Señalado incluso a veces por compañeros que lo veían pelear sus premios en forma individual y no grupal, siendo un referente del plantel. ¿Cruces con los directores técnicos? Un montón. Anotemos. Rattín, Marzolini, Dino Sani, Di Stéfano, Pastoriza y no sé si alguno más. En el medio de todos esas peleas, bajones anímicos que lo llevaban a tomarse un tiempo refugiado en su campo de Carlos Tejedor para tomar sol y recargar las pilas. Presentado así, parece que estuviéramos hablando del hijo de Belcebú (?), pero no. Es Hugo Orlando Gatti, uno de los arqueros más grandes de la historia de Boca.

Llegó en 1976 a pedido del Toto Lorenzo tras haber jugado en equipos que, mas tarde o mas temprano, descendieron a la B. Pero poco importó ese pasado en Gimnasia, Atlanta, Unión y River. Su personalidad se impuso inmediatamente en Brandsen 805. Y de ahí al romance hubo un paso.

Hay que decir que esta historia de amor tiene un arranque soñado. Su primer año en Boca lo coronó con el bicampeonato Metropolitano y Nacional en donde fue actor clave. No por sacar un centro con los puños frente a All Boys. Gatti cierra el año en la final con River sacando lo que mucho años después definiría como la pelota mas difícil de su vida. Un pelotazo de Jota Jota López bombeado al ángulo. El pitazo final nos muestra un Gatti eufórico en un abrazo interminable con el Puma Armando. Probablemente una de sus mejores fotos.

Si 1976 fue clave, 1977 no sería menos. En sus manos muere el último penal de Cruzeiro en el Centenario y Boca gana en ese tiro su primera Copa Libertadores. Tranqui. De ahí al altar boquense fue llevado por grandes y niños. ¿Quién no imitó al Loco jugando en una plaza? Sus medias bajas, bermudas y vincha fueron marca registrada por años.

En 1981 la llegada de Diego y un verdadero pelotón de refuerzos de jerarquía lo puso tal vez en un lugar incómodo. Ser uno mas. ¿Celos? Probablemente. Lo cierto es que el Loco perdió la titularidad y parecía mentira pensar en un Boca campeón sin él. Hasta que faltando pocas fechas, las flojas actuaciones de la Pantera Rodríguez más la mochila de plomo que cargaba Marzolini le abrieron la puerta para que acuñara una de sus grandes frases: “Si querés salir campeón, poneme a mi”. Y así estaba destinada la historia. Gatti vuelve contra Estudiantes, sale del área, gambetea y arma una jugada que termina en el gol del triunfo. Gran golpe anímico para todo aquel Boca que venía sintiendo la presión de tener que ganar ese campeonato.

Gatti fue único y difícilmente haya alguien así otra vez. ¿Cómo definirlo? Imagino un arquero con el optimismo de Palermo, la desfachatez de Osvaldo, la técnica de Navarro Montoya, el carisma de Tevez y el potrero de Guillermo. El Loco no era sólo un arquero. Atajaba, pero al mismo tiempo montaba un show en cualquier cancha. Dando vueltas carnero, haciendo malabares o pasándole la pelota por arriba de la cabeza a Passarella en el Monumental. Haciendo también algo que venía en su ADN. Arriesgar en cantidades industriales.

El Loco no era infalible y en ese afán de arriesgar coleccionó un verdadero prontuario de goles comidos. Los de Olimpia en el 79, los dos de caño desde 30 metros contra Central Norte en el 82, el de Almirón en el 1–5 con Ñuls o el de Alzamendi en un superclásico en la Bombonera. Seguro hay más. Pero Gatti compensaba eso con una virtud que vale oro: aparecer en las finales y partidos clave. Cuánto más difícil la parada mas se agigantaba Hugo al abrir los brazos en cruz y tirar “la de Dios”. Esa jugada que aun hoy lo identifica.

Su final en Boca no fue el soñado, desde ya. Abruptamente relegado por el DT de turno, el mundo Boca se partió en dos en aquel verano de 1989. Estaban los que asumían que sus mejores días habían pasado y estaban los que asumían que sus mejores días habían pasado pero querían seguir viéndolo en el arco boquense.

Retirado casi a la fuerza, lo que quedó en los años venideros fue una versión de Gatti-periodista con cierta adicción a tirar frases bomba que peguen de lleno en el corazón del hincha. Pero muchos de esos corazones, llegado el caso, preferimos recordar siempre al otro Gatti. El que se tomaba un vasito de vino tinto en el vestuario de la Bombonera y salía corriendo encorvado por el túnel. El que evitó goles de codito en Liniers, de palomita en cancha de Huracán y de chilena en Córdoba. Ese Gatti es imposible de olvidar.

Imborrable Boca

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