Enajenados

En un estado de incomprensible emoción violenta Boca salió a jugar un superclásico de verano en busca vaya uno a saber de qué revancha, como si existieran cuentas pendientes entre uno y otro, como si fuera necesario tomar venganza por un pasado que ya debería haber quedado sepultado, como si el carácter que alguna vez se le reclamó en un cruce copero fuera sinónimo de prepotencia y violencia.

Desencajados, con los ojos desorbitados y sumergidos en una estúpida ferocidad, el partido duró trece minutos hasta el planchazo criminal de Jonathan Silva a Gabriel Mercado. Silva, quien se sumó como refuerzo para jerarquizar el lateral izquierdo, se fue expulsado antes de que demostrara por qué los dirigentes y el cuerpo técnico apostó por él. No fue el único que perdió el control en una noche de desequilibrio, como tantas otras que ha tenido el equipo de Rodolfo Arruabarrena. Los problemas disciplinarios han sido una constante en el plantel y el Vasco, como líder del grupo, no parece ser capaz de controlarlos.

En tal grado de locura estuvieron involucrados los jugadores que incluso Pablo Pérez pareció un monje tibetano en la noche de Mar del Plata. En su reestreno, Daniel Osvaldo apenas dejó destellos de su calidad y una parva de reclamos y foules innecesarios. Tal vez preso o contagiado de ese sentimiento quedó Carlos Tevez, autor de un penal amateur que le terminó dando el triunfo a un River que jamás pudo superar a Boca ni con diez ni con nueve ni con ocho jugadores.

Después del gol y la primera expulsión, el partido no tuvo sentido. Un Boca bravucón improvisó con Meli de cuatro hasta el entretiempo, cuando ingresó Jara. Peruzzi también se fue antes a las duchas por una infracción que podría haberse solucionado con una amarilla y el quisquilloso Patricio Loustau también le mostró la roja al Cata Díaz por un supuesto insulto. Antes había perdonado a Osvaldo y Cubas pero como corolario de la noche, cuando por primera vez demostró equidad en la toma de decisiones, expulsó a Maidana tras un cabezazo a Tevez. Ya era tarde y su decisión devino en una tangana. El partido se le había ido de las manos hace rato.

El resultado, una lección aprendida en carne propia durante los amistosos estivales del año pasado, será una mera anécdota. Gallardo, aún victorioso, se habrá ido preocupado por una bajísima performance de un equipo que no pudo capitalizar el desequilibrio emocional de un rival que futbolísticamente volvió a apostar por la jerarquía de individualidades involucradas en una ridícula batalla. Apenas el coraje de Meli y la sobriedad de Tobio merecen ser destacadas. Del resto, poco y nada para un equipo que deberá reflexionar, un plantel repleto de talento que debe dedicarse a jugar al fútbol. Para lograr tamaño objetivo, primero deberán serenarse los referentes que tras haber perdido el clásico frente a un rival pobrísimo, sin patear al arco y con tres expulsados se fueron haciéndole gestos a la platea rival.

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