Estirar la agonía

Arruabarrena sufre por la dura derrota de su equipo.

El 0–4 ante San Lorenzo en Córdoba fue la final peor jugada por Boca en la historia del club en los más de 110 años de la institución. El papelón en la Supercopa se suma a varios disgustos que se acumulan en lo que va de este ciclo: la apatía en las series contra River, las derrotas contra Racing, otras caídas con San Lorenzo… El carácter fue siempre la materia pendiente en este plantel, algo irreconciliable con la historia y la estirpe xeneize. Sin embargo, Rodolfo Arruabarrena seguirá al frente del equipo: Daniel Angelici decidió que el duelo contra Atlético Tucumán en la Bombonera sea una nueva chance para el Vasco.

Para tratar de entender la decisión del presidente hay que ser justos y también reconocer los méritos de este cuerpo técnico y del plantel. Arruabarrena, ídolo como jugador, agarró en un momento álgido, después de que Carlos Bianchi demostrara ser mortal de la manera más cruda posible. Recompuso el equipo, lo levantó y lo llevó nuevamente a ser protagonista: los dos títulos ganados bajo su mandato fueron merecidos y festejados. Incluso hasta pueden ponerse condicionantes a los cruces contra River: en 2014 el equipo estaba claramente en formación, en 2015 la serie quedó inconclusa y en ambas hubo un arbitraje tendencioso.

Pero lo más preocupante del ciclo y lo que demuestra que su final está al caer es la involución en la que se involucró el equipo. Mientras el optimismo de fines de 2015 hacía imaginar un plantel más confiado y seguro después de la doble corona, el verano mostró totalmente lo opuesto: Boca cayó en los mismos errores e incluso más graves en el verano. No preocupaba ya el rendimiento en partidos preparatorios, si no la creciente inmadurez y nerviosismo de un plantel que en vez de crecer con los trofeos se deprimía con amistosos de poca monta. Los días previos y el partido ante San Lorenzo terminaron de confirmar que, a menos de tres meses de ser bicampeón, el Xeneize se había despojado de todo tipo de seguridad en sí mismo: cambios de formaciones, declaraciones cruzadas, dudas sobre el once inicial y ningún plan de juego ejecutado en cancha.

Suena a ridículo que después de tamaña decepción, un triunfo como local ante Atlético Tucumán (sin desmerecer al Decano) pueda servir para recomenzar con este ciclo. Si el hincha pudo soportar golpes anteriores fue por la confianza en un Arruabarrena que sin dudas quiere al club, pero que ha profundizado cada vez más sus errores hasta llegar a un punto cúlmine en la Supercopa. Atrás quedó la esperanza de un Boca que se forje como gran equipo después de los títulos: el desconcierto y la inseguridad empezó a asomar en el verano. Continuar con este ciclo es estirar la agonía hasta llegar a un final que puede ser incluso más doloroso.

Por Lucas Guerrero